Beczała en la plenitud del canto
ISRAEL DAVID MARTÍNEZ ABR. 15, 2026 (Fotos: ©Toni Bofill)
El recital ofrecido por Piotr Beczała y Sarah Tysman en el Palau de la Música Catalana el 13 de abril de 2026 confirmó, con una autoridad pocas veces discutible, que el gran canto todavía puede comparecer ante el público con esa mezcla de nobleza, verdad expresiva y dominio técnico que convierte una velada en acontecimiento. El programa, admirablemente construido, recorría Karłowicz, Moniuszko, Dvořák, Txaikovski y Rakhmàninov, trazando un arco entre canción, ópera y nacionalismo eslavo, justo en la línea que el propio programa de mano proponía al presentar a Beczała como uno de los grandes intérpretes de ese repertorio y como un tenor de referencia en Lenski, el príncipe de Rusalka o Stefan de La casa embrujada.
Pero más allá de cualquier marco conceptual, lo decisivo fue el estado de gracia del tenor polaco. Hubo en su canto una plenitud excepcional, una potencia perfectamente gobernada, una intensidad que jamás degeneró en énfasis y una musicalidad de orden superior. Su voz, ensanchada por los años sin perder tersura ni elegancia, llenó la sala con una naturalidad asombrosa. Cada frase pareció sostenida por una respiración amplia y por una inteligencia verbal que convirtió cada canción en una pequeña escena interior. Se escuchó a un artista en la cima de su madurez, dueño de sus medios y, todavía más importante, dueño de un gusto infalible.

La primera parte fue espléndida. En Karłowicz, Beczała encontró un territorio ideal para desplegar lirismo, melancolía y noble línea de canto. Allí estuvo soberbio. En Moniuszko reafirmó su vínculo profundo con la tradición polaca. Y en Dvořák alcanzó momentos de auténtica grandeza, especialmente en el aria del príncipe de Rusalka, dicha con un fulgor casi visionario. Sarah Tysman, pianista de enorme experiencia en lied y repertorio vocal, acompañó con finura, atención y una flexibilidad siempre al servicio del texto y de la respiración del cantante
La segunda parte mantuvo un nivel muy alto, aunque en las canciones de Txaikovski se percibió un ligero descenso de temperatura artística. Hubo belleza y oficio, desde luego, pero faltó algo de esa combustión interior que había encendido el resto del recital. En cambio, en Rakhmàninov Beczała volvió a imponerse de manera colosal. Allí fue gigante. La amplitud del fraseo, la densidad emocional, el impulso casi torrencial de Vesénnie vody confirmaron que está ante uno de los mejores momentos de su trayectoria. Fue, en suma, uno de los grandes recitales del año, de esos que recuerdan que la voz humana, cuando alcanza semejante altura, tiene todavía algo de revelación.

