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El Violín Como Revelación

El violín como revelación

ISRAEL DAVID MARTÍNEZ     MAR. 3, 2026 (Foto: ©A. Bofill)

Hay conciertos que se recuerdan por la solidez de un programa y otros por la irrupción de una personalidad capaz de reorganizar por sí sola la escucha. La velada del pasado 2 de marzo en el Palau de la Música Catalana perteneció claramente a esta segunda categoría. El debut de la Orquesta Filarmónica Eslovaca en Barcelona, bajo la dirección de Daniel Raiskin, tuvo interés y dignidad musical, pero el verdadero centro de gravedad de la noche fue Alexandra Conunova, cuya presencia escénica y cuya calidad sonora elevaron el concierto a una dimensión mucho más intensa y perdurable.

Desde su entrada en el Concierto para violín en Re menor de Jachaturián se percibió de inmediato una artista de raza. No solo por la seguridad técnica, que fue extraordinaria, sino por una cualidad más infrecuente y decisiva, la capacidad de hacer que la dificultad desaparezca absorbida por el sentido. En sus manos, la escritura del compositor armenio dejó de ser una mera exhibición de virtuosismo orientalizante para revelarse como una vasta escena interior, atravesada por el canto, el fuego rítmico y una sensualidad tímbrica de altísimo voltaje. Conunova tocó con un sonido noble, carnoso, flexible, capaz de expandirse con amplitud sin perder nunca el centro ni la pureza del trazo. Hubo brillo, por supuesto, pero también densidad, gravedad y una inteligencia del fraseo que impidió toda superficialidad.

Lo más admirable fue quizá su manera de habitar la línea melódica. Jachaturián exige impulso, fantasía, contrastes violentos, un tipo de elocuencia casi coreográfica, y la violinista supo articular todo ello sin romper jamás la continuidad discursiva. Cada acento parecía nacer de una necesidad expresiva y no de una voluntad decorativa. El instrumento cantó, ardió, danzó y meditó. El resultado fue una interpretación de gran madurez, en la que la exuberancia de la partitura encontró una forma superior de orden.

La propina, el segundo movimiento ‘Obsession’ de la Segunda Sonata de Ysaÿe, confirmó aún más la singularidad de su arte. Allí donde el concierto había mostrado a la solista en diálogo con la masa orquestal, la página del belga permitió escuchar con mayor desnudez la refinada complejidad de su lenguaje violinístico. Conunova desplegó un magnetismo hipnótico, una sonoridad concentrada y una imaginación expresiva que atrapó a la sala en un silencio de rara intensidad.

La orquesta y Daniel Raiskin ofrecieron un acompañamiento correcto y funcional, tanto en el vigor dramático de Una noche en el monte pelado como en la sucesión colorista de Cuadros de una exposición. Hubo oficio, claridad y entrega, aunque sin alcanzar siempre un nivel de verdadera excepcionalidad. Pero aquella noche, en realidad, todo conducía hacia el violín de Alexandra Conunova, que fue el auténtico lugar de revelación del concierto.

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