Saltear al contenido principal
La Memoria Como Orfanato

La memoria como orfanato

ISRAEL DAVID MARTÍNEZ     JUN. 7, 2026

En La reina Esther, John Irving vuelve a uno de sus territorios morales más reconocibles: el orfanato de St. Cloud’s, ese espacio donde la infancia no es una edad sino una forma prematura del desamparo. El regreso al universo de Las normas de la casa de la sidra no debe entenderse únicamente como una estrategia de continuidad narrativa, sino como una operación de memoria: Irving no revisita un lugar, sino una herida. Allí donde otros escritores construyen mundos, él levanta instituciones afectivas; lugares donde la ley, el cuerpo, la filiación y la culpa se entrelazan hasta formar una teología laica del cuidado.

Esther Nacht, niña judía abandonada en Maine a comienzos del siglo XX, permite a Irving desplazar su imaginario habitual hacia una zona de mayor densidad histórica. La novela se abre sobre una pregunta decisiva: ¿qué significa pertenecer cuando el origen ha sido borrado, desplazado o entregado a otros? Como ocurre tantas veces en Irving, la identidad se recompone a partir de adopciones, silencios, cuerpos heridos y narraciones ajenas. La Historia, con mayúscula, aparece aquí como una fuerza que atraviesa la intimidad y la deforma.

El gran mérito de Irving sigue siendo su capacidad para narrar la vida privada como si en ella se estuviera decidiendo una cuestión pública. Sus personajes, incluso cuando bordean la excentricidad, nunca son meros artificios novelescos: son criaturas sometidas a una pedagogía brutal del mundo. En La reina Esther, el antisemitismo, la orfandad, el exilio y la tensión entre destino individual y catástrofe colectiva componen una materia narrativa ambiciosa, por momentos conmovedora, siempre atravesada por esa mezcla irvingiana de ternura, ironía y fatalismo.

Sin embargo, la novela también muestra los riesgos de un autor que conoce demasiado bien sus propios mecanismos. Irving escribe con una autoridad narrativa indiscutible, pero a veces parece regresar a sus obsesiones para confirmar su persistencia. El lector reconoce la música, los vínculos sustitutorios, las familias heridas, la sexualidad como campo de conflicto, la infancia como profecía del dolor adulto. Esa familiaridad puede resultar profundamente emocionante, aunque también deja entrever cierta circularidad.

Con todo, La reina Esther posee la nobleza de las obras tardías que buscan reinventar una voz hasta sus últimas consecuencias. Irving escribe contra el olvido, pero también contra la ilusión de que la memoria repare algo por sí sola. Su novela recuerda que toda vida marcada por la Historia carga con una pregunta imposible: no quiénes somos, sino qué queda de nosotros después de haber sobrevivido.

www.planetadelibros.com

Volver arriba