Lezhneva y la perfección del barroco
ISRAEL DAVID MARTÍNEZ MAR. 11, 2026 (Fotos: © Toni Bofill)
El barroco, cuando alcanza su temperatura exacta, no parece un estilo del pasado, sino una forma especialmente sofisticada de presente. Eso ocurrió el 10 de marzo de 2026 en el Palau de la Música Catalana, donde Julia Lezhneva, Il Giardino Armonico y Giovanni Antonini ofrecieron un programa íntegramente consagrado a Vivaldi dentro de Barcelona Obertura. La selección de arias, conciertos y sinfonías, extraída de títulos como La fida ninfa, Il Giustino, Bajazet, Ottone in Villa, Il Farnace, Ercole sul Termodonte y Orlando finto pazzo, evitó la comodidad del repertorio más transitado y propuso, en cambio, un retrato nervioso, teatral y múltiples veces imprevisible del compositor veneciano.
El centro de la noche fue Julia Lezhneva. Decir que posee una técnica extraordinaria resulta casi insuficiente, porque en su caso la técnica ha dejado de percibirse como mecanismo y se presenta ya como naturaleza. Su instrumento es prodigioso por la pureza del timbre, por la limpieza de la emisión, por la facilidad con que la coloratura se despliega sin dureza y por un control del aliento que le permite modelar la frase con una precisión infrecuente incluso entre los grandes especialistas. En Vivaldi, donde el virtuosismo puede quedar reducido a mera gimnasia, Lezhneva encontró siempre una razón expresiva. Las agilidades tuvieron filo, pero también dirección. Los reguladores y las medias voces aparecieron con una delicadeza casi irreal. En sus manos, o más bien en su garganta, el ornamento recuperó su función original, pensar el afecto desde el sonido.
Hay, además, una inteligencia musical que distingue a las voces excepcionales de las simplemente deslumbrantes. Lezhneva canta las arias como escenas condensadas, con jerarquía interna, tensión y respiración dramática. Esa cualidad dio peso incluso a los momentos de mayor ligereza aparente. El resultado fue una impresión de plenitud poco frecuente, la sensación de escuchar una voz capaz de hacerlo casi todo y, más difícil aún, de saber exactamente qué hacer en cada compás.

Giovanni Antonini confirmó lo que desde hace años parece evidente, que es probablemente el director más interesante del panorama internacional cuando se habla de barroco. No solo por autoridad estilística, sino por imaginación. Su dirección posee impulso, nervio, una comprensión teatral del ritmo y una relación casi física con la articulación. Bajo su guía, Il Giardino Armonico sonó con esa mezcla de aspereza controlada, precisión y electricidad que ha convertido al conjunto en una referencia.
La velada terminó en un clima de entusiasmo general. Hubo varias propinas, con música de Vivaldi, Händel y Broschi, entre ellas Agitata da due venti, Lascia la spina y Armatae face et anguibus. Fue una generosidad poco común, aunque acaso la palabra justa sea otra. Después de una noche así, el público no pedía un añadido. Pedía demorarse un poco más en la evidencia de haber asistido a algo extraordinario.

