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Manon, Lujo Y Amor

Manon, lujo y amor

JOSÉ MARÍA GÁLVEZ     OCT. 17, 2026 (Fotos: ©Javier Del Real)

Momento propicio, después de más de un siglo de ausencia en este teatro, Manon Lescaut vuelve al Real. Compuesta por Giacomo Puccini (1858-1924) en 1893, no parece que los temas de fondo sean cosa del pasado después de 133 años. Los matrimonios apalabrados, que hoy en día siguen sufriendo varios millones de niñas menores en el mundo, aquí entre Geronte y Manon; la deportación de las presas sin juicio, sobran los ejemplos; el amor como premio y como castigo, castigo de ser imposible, de no ser lo correcto, de estar criminalizada tu elección, lo que le vale el destierro de su hogar. Y para significarlo a los ojos del público estuvo la propuesta del Director de escena Carlos Wagner en una coproducción del Teatro Real con la Oper Köln.

La simbología de Wagner

Wagner, Carlos Wagner, nos propone una escena basada en la transformación de un elemento central sin modificar sustancialmente nada de su entorno, más que lo necesario para identificar un cambio de escena. Elemento central, de cuerpo cilíndrico que es diligencia, es tiovivo, es alcoba, es cárcel, es sol cegador cual agujero negro y es la nada. Ambientando ese primer acto de diligencia y tiovivo en una estética de musical de años 50 que no aporta al libreto nada que este necesitara. Libreto de Domenico Oliva (1860-1917) y de Luigi Illica (1857-1919), aunque los rumores incluyen en la nómina de libretista a varios autores más, eso sí, sobre la raíz de la obra titulada L’historie du chavalier Des Grieux et de Manon Lescaut de Antoine-François Prévost (1697-1763). Conocido como Abate Prévost, este clérigo parece que disfrutaba más con las dichas de la carne que las del espíritu, paradoja que sabe inocular en el argumento de Manon.

Wagner no realza el sentido de la letra, ni el de la música (que no lo necesita), pero tampoco construye una escenografía que dificulte su entendimiento, simplemente acompaña, lo que en medio de otras propuestas no es tan negativo, aunque desaprovecha la oportunidad que ya el libreto define para mostrar los duros contrastes entre el porche con mesas de la posada del inicio del primer acto, con el elegantísimo salón de la casa de Geronte, con puertas vidrieras, lujosas cortinas y tocadores suntuosos del inicio del segundo acto, o con las vistas al puerto desde la ventana enrejada del tercero, junto al viacrucis en solitario de Des Grieux y Manon, que aquí parece estar lleno de fantasmas.

Sin duda seguiremos viendo propuestas que nos arranquen de lo que los autores de la ópera querían, para eso lo escribieron. Y si cuidado hay que tener con las indicaciones del libreto, que aún sirvan de columna vertebradora de las propuestas, más cuidado hay que tener con la partitura, sin que sea admisible en ningún caso, cuando no es el compositor el que deja la puerta abierta a distintas opciones, que se modifiquen las partes interpretándolas en momentos que no son para los que el autor los escribió. ¿Acaso se permitiría que el inicio de Cien Años de Soledad se cambiara a mitad de la novela porque a criterio del editor nos desvela parcialmente esa historia? Gabriel García Márquez (1927-2014) sentiría en sus huesos los auténticos cien años de soledad.

Quizá hay que atribuir a una intención de Carlos Wagner de cambiar el peso de la desgracias y de la ignominia de las espaldas de Manon a su colaborador necesario Des Grieux, igual que la focalización de Manon encarcelada como único animal enjaulado; quizás responda a una intención de focalizar las desigualdades que siguen existiendo, pero quizás, también, Puccini no necesita esto porque ya lo dijo con una claridad demoledora en toda la partitura coronándola con un sola, perduta, abbandonata, que mueve al alma, a la que nada aporta la nueva escena.

Saoia, siempre Saoia

Desde su Un ballo in maschera de 2020 hasta la actualidad, la soprano madrileña Saoia Hernández ha participado en siete producciones, un cherubini, tres verdis y tres puccinis, recordando especialmente a esa princesa sanguinaria con la que el maestro de Lucca cerró su carrera operística: Turandot. En todas ellas ha demostrado ser una soprano de carácter, de instrumento seguro y versátil, acompasando musicalidad y dramatismo, o lirismo cuando toca, junto a una masa orquestal que no siempre permite a las voces mantener la línea clara y audible. Muestra de esa versatilidad la dio en escenas tan contrastadas como el Dispettosetto questo riccio! del inicio del segundo acto como la ya mencionada de Sola, perduta, abbandonata cercano el final de la ópera. Digno compañero fue el tenor Jorge de León, con un Renato Des Grieux, que tuvo momentos muy acertados como el Donna non vidi mai simile a questa! del primer acto, también en claro contraste del Nulla rinvenni…con el que acompaña a la moribunda Manon, donde la carga dramática no deslucía la musicalidad del tinerfeño. El tercero en discordia, ese marido de derecho de pernada, Geronte di Ravoir, que sabe perfectamente que su muñeca comprada no le ama a pesar de todo el lujo que descarga sobre ella y con el que llega a encandilarla para arrancarla de las manos de De Grieux una primera vez, no es capaz de asumir que quiera volver con él, y si no es mía no es de nadie, dirá el viejo di Revoir, acusándola y encarcelándola y desterrándola a la nada del páramo de Nueva Orleans. Tan reconocible personaje está a cargo del barítono italiano Pietro Spagnoli que imprime veracidad en su papel, sabiendo sacar provecho de su experiencia y veteranía. Cerrando el elenco protagonista está el barítono Szymon Mechliński que aquí, como Lescaut, hermano de Manon, no se puedo exhibir como en el Lord Guglielmo Cecil de la Maria Stuarda de la temporada 2024/2025 pero no por otra cosa que por el propio papel que Puccini reserva para él, quedando las posibilidades de este barítono sin poder contemplarse en toda plenitud. No obstante, tejió una interpretación solvente en el carácter y lo musical. Entre los secundarios el tenor catalán Albert Casals nos ofreció un más que intencionado Edmondo y acertados, convincentes y llenos de facultades, con voces ricas estuvieron en sus breves apariciones el barítono Javier Castañeda en su doble papel de posadero y de capitán de marina, el inefable tenor Mikeldi Atxalandabaso también con doblete, así farolero, así maestro de baile, la siempre brillante y breve en sus apariciones en el papel de una cantante, la soprano argentina Mercedes Gancedo y, como cierre, en el papel de sargento de los arqueros el barítono Javier Franco.

Luisotti en el foso

La Manon pucciniana es la primera de las grandes óperas de Giacomo Puccini, antes quedaban Le Villi(1884) y Edgar (1889). En esta partitura coexisten rasgos del joven Puccini con apariciones de ese autor que unos años después alumbraría La bohème o Tosca. Este mural de detalles y matices los dirige con sabiduría y conocimiento el maestro titular, Nicola Luisotti, que desde el foso ha sabido ganarse la confianza del público de forma totalmente justificada. Tanto orquesta como coro respondieron con una interpretación equilibrada que no tapaba las voces y en la que hay que destacar flautas y arpa de forma continua y un tercer acto para los metales.

Momento propicio decía al inicio y ojalá no lo sea más, no teniendo que recordar cada día el destierro de ninguna mujer de su hogar, ni la muerte de ninguna más, ni sola, ni perduta ni abbandonata.

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