Perelada entre el bel canto y el Barroco
ISRAEL DAVID MARTÍNEZ AGO. 11, 2026 (Fotos: ©Miquel González)
El Festival Perelada ha cerrado los días 8 y 9 de agosto el núcleo estival de su 40.ª edición con dos programas que, desde presupuestos estéticos muy distintos, han sintetizado algunas de las líneas maestras que han definido históricamente el certamen. La centralidad de la voz, la atención al patrimonio y la capacidad de los intérpretes para reconsiderar y renovar el repertorio estuvieron presentes en los recitales de Sara Blanch y Michael Spyres, con Giulio Zappa al piano, y de Núria Rial junto a Jordi Savall, Lina Tur Bonet y Les Musiciennes du Concert des Nations. Dos veladas con resultados artísticos suficientemente contrastados para permitir una lectura que trascienda la celebración conmemorativa.
La velada del 8 de agosto en la Iglesia del Carmen poseía un componente simbólico evidente. Sara Blanch regresaba al Festival diez años después de su participación como artista residente en 2016, ahora convertida en una soprano de trayectoria internacional. Frente a ella, Michael Spyres, uno de los cantantes más singulares de su generación por extensión, flexibilidad y heterodoxia de repertorio. Entre ambos, Giulio Zappa desarrolló una labor pianística fundamental para articular un programa deliberadamente plural.
La sucesión de Rossini, Donizetti, Puccini y Ambroise Thomas junto a Sorozábal, Chapí, Giménez, Nieto, Penella, Gastaldon, Bracco o Agustín Lara podía haber desembocado fácilmente en un catálogo de números de lucimiento. El resultado tuvo mayor interés. La diversidad del programa permitió observar cómo dos voces de naturalezas diferentes negociaban lenguajes que exigen relaciones también distintas entre palabra, línea vocal y teatralidad.

Spyres estuvo espléndido, particularmente en Offenbach y Rossini. En este último encontró un terreno especialmente fértil para desplegar aquello que hace excepcional su canto, con una administración inteligentísima del fiato, una agilidad plenamente integrada en la frase y, sobre todo, una extraordinaria capacidad para modificar el peso y el color de la emisión sin fracturar la continuidad del discurso. Su virtuosismo adquiere así una verdadera función dramática. En Offenbach, esa misma ductilidad incorporó una dimensión teatral, irónica y comunicativa particularmente eficaz.
Blanch, por su parte, atraviesa un momento interesante de exploración. Su evolución actual apunta hacia nuevas posibilidades de repertorio y caracterización vocal más allá de los territorios que han cimentado su carrera. No todas esas incursiones producen todavía el mismo grado de identificación estilística, aunque precisamente ahí reside parte de su interés. Existe una voluntad evidente de ampliar su instrumento artístico, probar colores y densidades diferentes y diversificar su identidad vocal. Esta aproximación a repertorios diversos deja entrever una evolución que convendrá seguir de cerca. En los dúos, especialmente en “Caro elisir, sei mio!” de L’elisir d’amore, la diferencia entre ambos instrumentos funcionó como un eficaz estímulo dramático.
El 9 de agosto, Perelada cambió radicalmente de paradigma. El barroco italiano en tiempos de Vivaldi, coproducido con el Festival Jordi Savall, reunió a Jordi Savall, Núria Rial, Lina Tur Bonet y Les Musiciennes du Concert des Nations en torno a Albinoni, Ferrandini, Vivaldi y Geminiani. El planteamiento resultaba musicológicamente sugestivo por su voluntad de situar a Vivaldi dentro de una constelación más amplia de prácticas instrumentales, sacras y vocales. Concierto, aria, música religiosa y reelaboración de materiales preexistentes aparecieron así como manifestaciones complementarias de un mismo ecosistema musical.

Sin embargo, el comienzo reveló importantes problemas de proyección y equilibrio. A Lina Tur Bonet le costó considerablemente encontrar un sonido que se integrase y, al mismo tiempo, emergiese con claridad del conjunto. El Concierto para violín en La Mayor, op. 9. Nº 4 de Albinoni resultó apenas audible en buena parte de la intervención solista. La impresión remitía a una problemática relación entre instrumento, conjunto y acústica. En un repertorio donde articulación, ataque, dinámica y retórica dependen de matices microscópicos, la falta de presencia sonora compromete inevitablemente la percepción de la arquitectura musical.

Núria Rial ofreció un contrapunto mucho más depurado. Su voz mantiene esa cualidad cristalina que ha caracterizado buena parte de su trayectoria, acompañada de una afinación perfecta y una dicción que permite mantener el texto en el centro de la construcción musical. En Ferrandini y Vivaldi volvió a demostrar una comprensión estilística profunda y natural. Con todo, en determinados pasajes se echó de menos una mayor potencia y capacidad de expansión dinámica. La belleza del timbre y la pureza de la emisión no siempre bastaron para imponerse sobre la textura instrumental.
Hubo, además, un problema difícil de justificar en la propia concepción de la velada. El concierto alcanzó una hora y cincuenta minutos sin un solo descanso. Mantener al público durante casi dos horas sentado en una iglesia, en pleno agosto y con el calor consiguiente, sin posibilidad de levantarse, estirar las piernas o atender otras necesidades elementales constituye un error de planificación. La continuidad puede tener sentido cuando responde a una dramaturgia musical específica, pero aquí no existía ninguna necesidad artística que justificase semejante duración ininterrumpida. Como criterio razonable de programación estival, un concierto sin pausa no debería superar nunca los ochenta minutos. A partir de ahí, la fatiga física empieza inevitablemente a condicionar la concentración, la receptividad y, en última instancia, la experiencia estética. Las condiciones materiales de la escucha forman también parte del concierto.
Savall volvió a ejercer como articulador de una determinada memoria sonora. El Concerto grosso en re menor de Geminiani sobre La Folia de Corelli permitió percibir con especial claridad su concepción del patrimonio como una materia viva, susceptible de ser reactivada y resignificada en cada interpretación. En el año en que Savall ha recibido el Premio Ernst von Siemens de Música, su presencia en el cuadragésimo aniversario de Perelada adquiría una coherencia que trascendía lo estrictamente ceremonial.

La dimensión internacional del aniversario se hizo visible también antes del concierto, en el encuentro que la prensa mantuvo con los máximos representantes del Teatro Nacional Croata de Zagreb, institución organizadora del Festival Internacional de Ópera de Zagreb. La reunión, celebrada en el Pati de les Hores, permitió conocer de primera mano un proyecto interesado en reforzar su interlocución con el circuito operístico europeo y su presencia entre los medios de nuestro país. El encuentro puso asimismo de relieve la creciente importancia de las redes de cooperación entre teatros y festivales europeos, fundamentales para favorecer la circulación de artistas, producciones, públicos y proyectos culturales.

El aniversario todavía reserva un último capítulo. Su epílogo llegará el 29 de agosto en el Palau de la Música Catalana, donde la Orquesta del Festival de Bayreuth, bajo la dirección de Pablo Heras-Casado, ofrecerá una selección de Der Ring des Nibelungen. La coincidencia posee una poderosa carga histórica. Los 150 años del Festival de Bayreuth dialogarán con los cuarenta de Perelada a través de Wagner, precisamente uno de los compositores que llevaron hasta sus últimas consecuencias la concepción del festival como espacio artístico excepcional y como lugar para una experiencia musical diferenciada de la programación ordinaria.

Perelada cierra así su verano confrontando tradiciones interpretativas muy distintas. El virtuosismo dramático del bel canto, la recuperación del Barroco desde la práctica históricamente informada y, todavía por llegar, la monumentalidad del universo wagneriano establecen tres formas diferentes de relación con el pasado. En ese diálogo reside buena parte de la razón de ser de un festival que, después de cuarenta años, sigue encontrando su mayor sentido cuando consigue que el repertorio histórico vuelva a adquirir significado en el presente.

