Rito sin fuego en la noche de Abramović

ISRAEL DAVID MARTÍNEZ ENE. 25, 2026 (Fotos: ©Marco Anelli Studio)
El estreno de Balkan Erotic Epic en el Gran Teatre del Liceu el 25 de enero de 2026 se presentó como un gesto de afirmación artística y como un regreso largamente esperado. Marina Abramović, figura fundacional del arte de acción y creadora de una mitología propia que ha marcado varias generaciones, volvía a un escenario que conoce bien y que, en su reciente historia, ha sabido acoger propuestas escénicas de alto riesgo estético. La expectativa, por tanto, no era menor. El anuncio de una obra concebida como culminación de décadas de investigación sobre el cuerpo, el ritual y la memoria balcánica prometía una experiencia liminar, situada en el umbral entre lo ancestral y lo contemporáneo.
Desde su inicio, Balkan Erotic Epic se articula como una sucesión de cuadros rituales que remiten a un pasado mitificado. La figura materna, la evocación de Tito, los lamentos funerarios y los gestos codificados de duelo trazan un eje donde lo íntimo y lo político se confunden deliberadamente. Abramović convoca un imaginario denso, cargado de símbolos reconocibles, y lo despliega con una maquinaria escénica imponente que incluye danza, música en directo, performance duracional y proyecciones de gran formato. Todo parece estar dispuesto para una experiencia total, casi litúrgica, en la que el espectador es invitado a suspender el juicio y entregarse a otro tiempo.

Sin embargo, a medida que la obra avanza, se impone una sensación difícil de ignorar. La reiteración de gestos explícitos, presentados como vestigios de rituales arcaicos vinculados a la sexualidad y la fertilidad, no deriva hacia una intensificación simbólica, sino hacia una suerte de literalidad exhaustiva. El cuerpo, omnipresente, deja de ser enigma para convertirse en evidencia, y aquello que debería vibrar como erotismo primordial se disuelve en una exposición constante que apenas deja espacio para la sugerencia o el temblor interior. El ritual, privado de su dimensión de riesgo, se transforma en ilustración.
La duración de la propuesta acentúa este efecto. Los tiempos dilatados, tan característicos de la estética de Abramović, no conducen aquí a la experiencia del trance ni a la suspensión perceptiva, sino a una prolongación que parece confiar en la acumulación como garantía de profundidad. La música de Marko Nikodijević, de indudable interés tímbrico y conceptual, aporta una textura sonora rica, aunque acaba funcionando más como acompañamiento atmosférico que como verdadero motor dramático. El conjunto avanza, pero no se transforma, y el espectador asiste a una liturgia que se repite sin revelar un nuevo estrato de sentido.

Hay, sin duda, momentos de fuerte impacto visual. La iconografía de sexo y muerte, la referencia constante a la tierra, a los ancestros y a la comunidad perdida, construyen un paisaje reconocible dentro del universo de Abramović. Pero esa iconografía, tan insistente como cuidadosamente subrayada, acaba perdiendo su capacidad de conmoción. El erotismo, invocado como fuerza cósmica y lenguaje sagrado, apenas logra manifestarse como experiencia emocional. En su lugar, emerge una sensación de distancia, como si la obra se contemplara a sí misma más de lo que se ofrece al espectador.
Resulta inevitable pensar en otras propuestas recientes presentadas en el Liceu que, desde lenguajes igualmente híbridos, han sabido articular una relación más fértil entre forma, idea y emoción. Solamente hay que pensar en Alexander Ekman o Romeo Castellucci. En comparación, Balkan Erotic Epic parece confiar en la autoridad de su firma y en la potencia de su imaginario histórico, sin someterlos a una verdadera depuración formal. La ambición es indiscutible, pero el resultado se percibe extrañamente inerte, como si el rito hubiera perdido su capacidad de transformación.

Al final de las más de tres horas de representación, queda una impresión persistente de agotamiento más que de revelación. Abramović propone un regreso a lo telúrico, a lo pagano, a un origen anterior al lenguaje, pero ese retorno se queda en superficie. Balkan Erotic Epic se impone como acontecimiento y como gesto, pero difícilmente como experiencia viva. Lejos de la intensidad radical que definió sus obras más memorables, la pieza deja tras de sí una estela de solemnidad vacía, donde la épica anunciada se disuelve en una sucesión de imágenes que, paradójicamente, dicen demasiado para emocionar de verdad.
