Mozartwoche 2026, el lugar al que se vuelve
(Foto: ©Werner Kmetitsch)
ISRAEL DAVID MARTÍNEZ FEB. 5, 2026
Hay viajes que no concluyen cuando termina el trayecto, sino cuando la experiencia encuentra las palabras capaces de sostenerla. Volver a escribir después de haber escuchado exige una distancia crítica que no siempre es cómoda, porque obliga a separar lo vivido de lo esencial, y a reconocer qué permanece cuando el eco se disipa. En ese intervalo se instala la reflexión, no como balance inmediato, sino como una forma de comprensión lenta.
Salzburg se presenta entonces no como destino, sino como escenario de una tensión permanente entre memoria y presente. La música, lejos de ser un adorno patrimonial, actúa como un principio activo que modela la percepción del tiempo, redefine los espacios y sitúa al oyente en una posición de escucha radical. Nada se impone, todo se sugiere. La tradición no reclama veneración, sino atención.
Esta primera aproximación no pretende todavía ordenar los hechos ni fijar conclusiones. Aspira únicamente a señalar el umbral desde el que mirar lo ocurrido. Porque narrar lo vivido implica asumir que la experiencia estética auténtica no se agota en el acontecimiento, sino que continúa operando en la conciencia, alterando la forma de recordar, de escuchar y, en último término, de regresar. Solo desde ahí es posible empezar a contar lo que realmente sucedió.

(Foto: ©Werner Kmetitsch)
El viaje se abrió con un gesto fundacional. El estreno de la nueva Die Zauberflöte en la Haus für Mozart se presentó como una afirmación de principios. En un año atravesado por aniversarios significativos, la propuesta escénica de Rolando Villazón asumió el riesgo de mirar la obra no como reliquia ilustrada, sino como organismo vivo. Su lectura apostó por una imaginación poética que dialoga con la tradición sin someterse a ella, integrando la historicidad de la partitura con una teatralidad permeable al presente. La ópera se desplegó como un espacio de tránsito entre luz y sombra, donde el humor no diluye la profundidad y la fábula sostiene preguntas esenciales sobre el conocimiento, la verdad y la transformación interior.
Musicalmente, la Mozarteumorchester Salzburg, bajo la dirección de Roberto González-Monjas, ofreció una lectura de gran claridad estructural y pulso dramático, capaz de acompañar la evolución psicológica de los personajes sin perder transparencia. No es necesario decir, lo hago cada año, que al conjunto le faltaba el doble de instrumentos de cuerda para equilibrar las diferentes familias de la orquesta. Por otro lado, el reparto, equilibrado y expresivo, dio cuerpo a ese universo moral en tensión constante. La Reina de la Noche y Sarastro aparecieron como fuerzas complementarias de un mismo itinerario espiritual. La presencia escénica de un Mozart personificado añadió una capa meta teatral que, lejos de la anécdota, subrayó el acto creativo como proceso abierto.
Ese mismo día, el relato abandonó el espacio solemne del teatro para desplazarse a otro registro, más íntimo y por ello igualmente revelador. En el Stiege-Keller, el Wolfsbarsch se convirtió en un lugar de prolongación natural de la experiencia. La cena, acompañada de música en directo, desdibujó las fronteras entre escenario y vida cotidiana. Más tarde, la llegada espontánea de miembros del elenco transformó el encuentro en una celebración compartida, donde las voces escuchadas horas antes se integraron en la conversación, la risa y la cercanía.
Allí, sin protocolos ni distancias, la ópera dejó de ser acontecimiento para convertirse en comunidad. Y fue en ese tránsito, del ritual escénico al encuentro humano, donde la música terminó de cumplir su recorrido.
Camerata de Salzburg y Filarmónica de Viena
El treinta y uno de enero se articuló como una jornada de contrastes fecundos, marcada por dos maneras distintas de entender la tradición y, sobre todo, por dos formas de magnetizar la escucha. Por la mañana, en el Großer Saal del Mozarteum, la Camerata de Salzburg ofreció un programa que se desplegó como un delicado ejercicio de equilibrio entre ligereza, virtuosismo y refinamiento sonoro. Gregory Ahss condujo a la formación con elegancia natural, permitiendo que el diálogo instrumental respirara sin urgencias ni afectaciones.
En ese marco, Avi Avital emergió como una presencia hipnótica. Su manera de abordar la mandolina desbordó cualquier expectativa convencional asociada al instrumento. Cada frase estuvo cargada de intención, cada ataque medido con una precisión casi coreográfica, cada matiz cuidadosamente integrado en un discurso de extraordinaria coherencia. Hubo brillo técnico, sin duda, pero sobre todo hubo encanto, ese raro don que convierte la destreza en relato y la música en experiencia compartida. Junto a él, Xavier de Maistre aportó desde el arpa una sonoridad envolvente y noble, complementando con inteligencia un repertorio que transitó de Dittersdorf a Haydn con naturalidad orgánica. La célebre acústica de la sala actuó como aliada silenciosa, amplificando la sensación de cercanía y claridad hasta convertir el concierto en un auténtico acto de seducción sonora.

(Foto: ©Wolfgang Lienbacher)
Por la tarde, el foco se desplazó hacia otro territorio. La Orquesta Filarmónica de Viena regresó al festival para su tercera aparición, y aunque la expectativa era elevada, el verdadero centro de gravedad se situó frente al teclado. Igor Levit ofreció una lectura del ‘Concierto para piano en do mayor, KV 467’ de Mozart que confirmó su posición como una de las voces más incisivas y necesarias del panorama actual. Su interpretación combinó lucidez estructural y libertad expresiva, evitando cualquier tentación de complacencia estilística. Cada gesto parecía pensado desde la escucha interior, cada silencio cargado de sentido. Hoy, resulta difícil encontrar un pianista que dialogue con el repertorio clásico desde una conciencia tan profundamente contemporánea.

(Foto: ©Wolfgang Lienbacher)
La dirección de Adam Fischer, en cambio, se mostró irregular, y la orquesta cumplió con solvencia profesional sin alcanzar cotas memorables. Esta circunstancia invita a una reflexión más amplia sobre la presencia de la Filarmónica de Viena en el festival. Limitar su participación casi exclusivamente a Mozart empobrece el potencial artístico de una formación que, por historia y autoridad, podría ampliar el horizonte estético del ciclo. La anunciada ‘Novena’ de Beethoven con Thielemann para la próxima edición es una excelente noticia, pero no debería ser una excepción. Integrar de forma sistemática el repertorio romántico enriquecería el relato del festival y ofrecería una experiencia más compleja y estimulante para el oyente atento.
La revelación de lo inesperado
El primero de febrero amaneció con un espíritu exploratorio que se reflejó ya desde el título del concierto matinal. Expedition Mozart se planteó como un mapa abierto de relaciones, afinidades y contrastes dentro del universo camerístico del compositor. Bajo el liderazgo intelectual y musical de Kit Armstrong, la propuesta adquirió una coherencia poco habitual, articulada desde la curiosidad y la escucha activa. Armstrong se situó como catalizador de un tejido colectivo en el que convivieron el Schumann Quartett, el Minetti Quartett, el Quatuor Hermès y un nutrido grupo de solistas que aportaron diversidad tímbrica y carácter.

(Foto: ©Wolfgang Lienbacher)
El recorrido por distintas páginas de cámara permitió apreciar la riqueza inagotable del lenguaje mozartiano, siempre flexible y siempre sorprendente. En ese contexto, la musicalidad natural y el talento absoluto de Kit Armstrong se manifestaron con especial intensidad en el ‘Cuarteto con piano KV 478‘, interpretado íntegramente de memoria. Su lectura combinó claridad estructural y libertad expresiva, con una inteligencia musical que evitó cualquier gesto superfluo. Entre los diferentes conjuntos, los solistas del Schumann Quartett destacaron por una compenetración ejemplar y una sonoridad de gran densidad expresiva. El cierre con el ‘Concierto para piano KV 271 “Jenamy” fue la culminación lógica de un trayecto que había ido ensanchando progresivamente el horizonte de escucha.
Ya entrada la noche, el festival reservaba una de esas sorpresas que no se anuncian, pero que terminan definiendo la memoria de una edición. El concierto de clausura, a cargo de la Havana Lyceum Orchestra bajo la dirección de José Antonio Méndez Padrón, se reveló como una auténtica joya. La ausencia forzada del estreno de una obra de Karim Zech, prevista inicialmente con Rolando Villazón como solista, no restó coherencia al programa, sino que abrió la puerta a una experiencia inesperadamente luminosa.

(Foto: ©Wolfgang Lienbacher)
Daniel Hope se presentó en un estado de gracia difícil de describir con palabras. Su Mozart estuvo marcado por un sonido amplio, una musicalidad sin límites y una técnica que nunca se impuso al discurso. Cada frase respiró con naturalidad, sostenida por una orquesta flexible y atenta. Pero el verdadero tesoro emergió en la obra final. La ‘Sinfonía Concertante para dos violines y orquesta’ de Joseph Bologne, Chevalier de Saint-Georges, permitió a Hope y a Jenny Peña ofrecer una interpretación de una belleza conmovedora, reivindicando una partitura injustamente relegada.
El bis terminó de sellar la experiencia. El arreglo de ‘El Manisero’ para dos violines solistas y orquesta convirtió el auditorio en un espacio de celebración compartida. Colores, matices y un virtuosismo contagioso desataron una ovación que iluminó la sala como pocas veces. Fue una confirmación elocuente de que abrirse a otras épocas y tradiciones no diluye la esencia mozartiana, sino que la proyecta con mayor fuerza hacia el presente.
La promesa de volver
Todo relato que aspire a ser fiel a la experiencia necesita detenerse, mirar atrás y reconocer a quienes hicieron posible el camino. Desde Press-Music, el agradecimiento adquiere aquí un sentido que trasciende la cortesía y se convierte en un acto de reconocimiento intelectual y humano. Nuestra gratitud más profunda se dirige a Blanka Trauttmansdorff de Austria Turismo, a Ines Wizany de Salzburg Turismo y a Christine Forstner de la Fundación del Mozarteum de Salzburg. Su acompañamiento constante, su generosidad y su rigor profesional facilitaron nuestro trabajo periodístico y, al mismo tiempo, nos permitieron acceder a la dimensión más esencial de un legado cultural que se sostiene gracias a la implicación de quienes lo cuidan y lo proyectan con convicción.
Gracias a su apoyo, Salzburg se reveló como una experiencia plena. Recorrer espacios marcados por la presencia de Mozart, asistir a interpretaciones que dialogan con siglos de historia y compartir el pulso cotidiano de una ciudad atravesada por la música fue posible gracias a una hospitalidad entendida como forma de transmisión cultural. Cada sala, cada teatro y cada auditorio confirmaron que aquí la música actúa como una fuerza activa, capaz de renovarse sin perder profundidad. El trabajo silencioso de quienes sostienen esta arquitectura artística desde la discreción merece un reconocimiento particular, pues en él reside buena parte de la continuidad y la excelencia del festival.
Este recorrido quedaría incompleto sin detenerse en la figura que define la identidad actual de la Mozartwoche. Bajo la dirección artística de Rolando Villazón, el festival ha alcanzado una vitalidad singular y una proyección internacional coherente. Su aproximación a Mozart se construye desde el respeto y la audacia, integrando nuevas lecturas que amplían el horizonte interpretativo. Villazón ha sabido generar un espacio fértil en el que conviven tradición, riesgo y pensamiento artístico, atrayendo a intérpretes consagrados, jóvenes talentos y públicos procedentes de contextos muy diversos.
En Salzburg, bajo su impulso, la música dialoga con el presente y mantiene viva su raíz histórica. Cada edición reafirma la vigencia de Mozart como creador universal, cercano y profundamente humano. Sabemos ya que la próxima Mozartwoche tendrá lugar entre el 21 y el 31 de enero de 2027, una fecha que se presenta como continuidad natural de un proyecto sólido y en permanente evolución.
Nos despedimos de Salzburg con la sensación de que este viaje permanece abierto. Regresamos con la memoria sonora de cada acorde, con la intensidad de cada interpretación y con la convicción de que la música, en esta ciudad, sigue tendiendo puentes entre épocas y generaciones. Volveremos, porque hay lugares cuya fuerza invita a ser revisitados para seguir escuchando, pensando y narrando.

