Entre la tempestad y la afirmación
ISRAEL DAVID MARTÍNEZ FEB. 19, 2026
El 14 de febrero de 2026, el escenario del L’Auditori acogió un programa de ambición inequívoca que trazaba un arco expresivo desde la tempestad romántica hasta la afirmación sinfónica de la identidad. Bajo la dirección de Antony Hermus y con la pianista ampurdanesa Emma Stratton como solista, la velada se convirtió en una reflexión sonora sobre destino, lirismo y redención.
La obertura de ‘El holandés errante’ de Richard Wagner abrió la noche con un oleaje orquestal de poderosa plasticidad. Hermus administró las tensiones con pulso arquitectónico, subrayando la dialéctica entre fatalidad y esperanza que atraviesa la partitura. Las cuerdas, incisivas y compactas, dibujaron la marejada inicial con una energía casi física, mientras los metales proclamaban los motivos asociados al destino con una nobleza exenta de estridencia. Hubo en su lectura una comprensión profunda del concepto wagneriano de unidad dramática, esa aspiración a la obra de arte total en la que música y narración se funden en una misma respiración.
El ‘Concierto para piano número 23 en La mayor’ de Wolfgang Amadeus Mozart planteó un contraste de transparencia y equilibrio. Emma Stratton, formada entre Barcelona y Hamburgo y poseedora de una trayectoria ascendente en el circuito europeo, ofreció una versión de refinada musicalidad y fraseo elegante. El Allegro inicial fluyó con naturalidad cantabile y diálogo atento con las maderas, cuidadosamente perfiladas por la orquesta. Sin embargo, en los pasajes de mayor densidad expresiva se echó en falta un sonido más incisivo y profundo, capaz de ahondar en la tensión latente que sostiene la escritura mozartiana. El Adagio, de una desnudez casi metafísica, encontró momentos de sincera introspección, aunque la pulsación podría haber explorado un espectro dinámico más audaz. El Rondó final brilló por su ligereza y claridad articulatoria, sostenido por una dirección siempre atenta a la respiración conjunta.
Tras la pausa, la ‘Sinfonía número 2 en Re mayor’ de Jean Sibelius desplegó un horizonte sonoro de amplitud casi telúrica. Hermus demostró aquí su plena estatura artística, modelando el crecimiento orgánico de los motivos con una visión de largo aliento. El segundo movimiento adquirió una gravedad contenida, mientras el Vivacissimo emergió con nervio rítmico y precisión admirable. En el Finale, la orquesta alcanzó una expansión luminosa que evitó el triunfalismo fácil y optó por una exaltación serena, profundamente humana. La interpretación, de gran cohesión y claridad estructural, confirmó al director como verdadero artífice de una noche que osciló entre la tempestad y la afirmación, entre la introspección y la esperanza.

