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La Mano Que Lo Contiene Todo

La mano que lo contiene todo

ISRAEL DAVID MARTÍNEZ     MAR. 1, 2026 (Fotos: May Zircus)

La noche del sábado 28 de febrero de 2026 en L’Auditori tuvo ese raro fulgor en el que un programa coherente se vuelve, de pronto, destino. Berlioz enmarcaba la velada como un espejo de doble cara, la obertura de Les francs-juges con su inquietud inaugural y la Sinfonía fantástica como catedral delirante de la imaginación romántica. Entre ambos, Ravel irrumpía como una modernidad herida, una música nacida de la mutilación y convertida en forma.

La primera página de Berlioz sonó como un umbral. Hay en esa obertura una belleza que parece recordar lo que ya se ha perdido, y esa cualidad febril prepara al oyente para el territorio de la Fantástica, donde la experiencia se narra a sí misma como alucinación. La OBC respondió con empuje y color, especialmente en la densidad de las cuerdas y en la teatralidad de los metales. Louis Langrée sostuvo la arquitectura general con oficio, aunque su gesto, poco fluido, tendió a fragmentar el fraseo en algunos enlaces, como si el cuerpo marcara la forma mientras la música pedía respiración más continua. Aun así, la narración avanzó con claridad y con un pulso que no se desmoronó en la larga travesía sinfónica.

Pero la noche giró, con una evidencia casi física, alrededor de Anna Vínnitskaya. Su aparición cambió la temperatura del aire, no por efecto escénico sino por concentración. El Concierto para la mano izquierda de Ravel, concebido para Wittgenstein como desafío y como reparación imposible, encontró en ella una intérprete capaz de convertir la limitación en una plenitud que desmiente la anatomía. Su mano izquierda sonó como un organismo completo, con una polifonía interior que hacía olvidar el artificio. El ataque fue incisivo y a la vez oscuro, el sonido profundo sin pesadez, la articulación de una nitidez casi cruel.

La versión fue descomunal por su control del relieve. Vínnitskaya entendió que esta música es una negociación entre sombra y brillo. El famoso claroscuro raveliano emergió con una lógica de sueño, y en los momentos de mayor densidad orquestal el piano se incrustó como una voz que nace desde dentro de la masa. Hubo ironía, hubo violencia contenida, hubo un lirismo que no pedía permiso. En el contexto de la conmemoración de Ricard Viñes, la lectura pareció también una reivindicación de la modernidad francesa como arte de la precisión emocional.

Al final, Berlioz cerró el círculo con su desfile de obsesiones, y uno salió con la sensación de haber atravesado un siglo entero. Sin embargo, lo que permanece es esa mano única que, por una noche, pareció contenerlo todo.

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