Asmik Grigorian, centro de gravedad de Manon Lescaut
ISRAEL DAVID MARTÍNEZ MAR. 19, 2026 (Fotos: ©Sergi Panizo)
La reposición de Manon Lescaut en el Gran Teatre del Liceu el pasado 17 de marzo de 2026 devolvió al escenario barcelonés una de las partituras más abrasadas de juventud de Giacomo Puccini, esa obra en la que el compositor todavía no ha alcanzado del todo la perfección arquitectónica de su madurez y, precisamente por ello, deja al descubierto una temperatura emocional de extraordinaria violencia. En Manon Lescaut todo parece vivir al borde del exceso, el deseo, la humillación, el lujo, la caída, y esa condición exige una escena capaz de acercar el drama al cuerpo del espectador.
La producción de Àlex Ollé, procedente de la Oper Frankfurt y presentada en Barcelona como producción de ese teatro , posee una indudable eficacia visual. La escenografía de Alfons Flores y el vestuario de Lluc Castells configuran un universo reconocible, compacto, de poderosa legibilidad plástica. Hay imágenes de verdadera fuerza y una voluntad clara de inscribir la tragedia en un presente atravesado por migración, explotación, deseo de ascenso y culto a la apariencia, línea interpretativa que el propio programa explicita con claridad. Sin embargo, el encaje de lo que funciona en Frankfurt dentro de la sala del Liceu resulta problemático. La distancia constante entre los cantantes y el público enfría la proyección dramática y reduce esa inmediatez carnal que Puccini necesita para herir de verdad. A ello se suma una serie de decisiones de discutible rendimiento simbólico. La terraza de un McDonald’s del primer acto introduce una literalidad algo tosca, y el vestuario de estética discutible, deliberadamente ordinario, empobrece más de lo que tensa el tejido moral de la obra.
En medio de ese dispositivo escénico emerge Asmik Grigorian, protagonista absoluta de la función en el papel de Manon Lescaut. Grigorian pertenece a ese grupo muy reducido de cantantes cuya presencia reorganiza la jerarquía de la escena. Su voz tiene una riqueza tímbrica excepcional, una densidad viva, dúctil, siempre sostenida por una inteligencia expresiva de primer orden. Lo más admirable en su Manon fue la manera en que supo unir fulgor y vulnerabilidad, capricho y desgarramiento, sin fracturar nunca la línea interior del personaje. Acapara la atención por voz, por belleza y por esa rara autoridad escénica que hace parecer insuficiente todo lo que la rodea.
Junto a ella, el reparto principal cumplió con corrección. Iurii Samoilov, encargado de Lescaut , resolvió con solvencia un papel ingrato, siempre situado entre la funcionalidad dramática y el cinismo moral. Ivan Gyngazov cantó Renato Des Grieux en la función del 17 de marzo y ofreció una prestación digna, de emisión franca y entrega generosa, aunque sin alcanzar una huella verdaderamente singular. Donato Di Stefano, como Geronte di Ravoir, compuso con eficacia la figura del poder envejecido y posesivo. Filip Filipović como Edmondo aportó oficio y claridad en sus intervenciones.
En el foso, Josep Pons al frente de la Orquesta Sinfónica del Gran Teatre del Liceu condujo la partitura con rigor y sobriedad. La dirección fue muy correcta, atenta a los equilibrios, cuidadosa en las transiciones, sin buscar una lectura de especial riesgo. La orquesta respondió con profesionalidad y transparencia.
La noche dejó, en suma, una impresión desigual en lo escénico y sólida en lo musical. Pero dejó sobre todo una evidencia. Cuando una artista como Asmik Grigorian entra en el escenario, la ópera deja de ser producción y vuelve a ser destino.
