James Ehnes y la serenidad de la excelencia
ISRAEL DAVID MARTÍNEZ MAR. 30, 2026
El concierto del 28 de marzo en L’Auditori de Barcelona quedó marcado por la presencia de James Ehnes, una de esas figuras cuya trayectoria se ha ido consolidando con una solidez poco frecuente en el panorama internacional. Formado en la tradición norteamericana y perfeccionado bajo la influencia de Pinchas Zukerman, Ehnes ha construido una carrera que rehúye el efectismo para instalarse en una zona de equilibrio donde la inteligencia musical y el control técnico alcanzan una rara fusión. Su discografía, particularmente en repertorio concertante y en la literatura para violín solo, revela una constante aspiración a la claridad estructural y a la pureza del sonido.
En la Serenade de Leonard Bernstein, esa cualidad se manifestó con una elocuencia extraordinaria. La obra, atravesada por una dimensión filosófica que remite a la tradición platónica, encontró en Ehnes un intérprete capaz de sostener su compleja arquitectura discursiva sin perder nunca la tensión interna. El violín desplegó un canto de una nobleza contenida, sostenido por un arco de admirable estabilidad, en el que cada frase parecía surgir de una reflexión previa. Hubo en su lectura una serenidad activa, una forma de lirismo que evitó cualquier concesión sentimental para situarse en un plano de intensa concentración expresiva.
El público respondió con una atención casi reverencial que se prolongó en los dos bises, ambos dedicados a páginas de Johann Sebastian Bach. En ese territorio, Ehnes volvió a confirmar la amplitud de su universo musical. La desnudez del violín solo permitió apreciar la precisión de su articulación, la limpieza de las dobles cuerdas y una afinación de una estabilidad casi escultórica. No hubo gesto superfluo, únicamente la música desplegándose con una naturalidad que remitía a una comprensión profunda del lenguaje bachiano.

La Orquesta Sinfónica de Barcelona y Nacional de Cataluña, bajo la dirección de Ludovic Morlot, ofreció un rendimiento de notable cohesión a lo largo de la velada. La Sinfonía para metales y percusión de Gunther Schuller abrió el programa con una sonoridad compacta y bien calibrada, mientras que la escritura rítmicamente expansiva de John Adams encontró una respuesta precisa en las secciones orquestales. El cierre con George Gershwin aportó un cambio de registro que la orquesta asumió con flexibilidad y sentido del color.
Más allá de la diversidad estilística del programa, la velada quedó definida por la impresión duradera de un violinista que ha hecho de la integridad artística su principal seña de identidad. En James Ehnes, la grandeza procede de una autoridad interior que prescinde de toda ostentación y se afirma, con una firmeza casi silenciosa, en la calidad del pensamiento musical, en la pureza del sonido y en una madurez expresiva que solo se revela plenamente con el paso del tiempo. El oyente salía de la sala con la certeza de haber asistido a una experiencia de rara autenticidad, sostenida por una inteligencia interpretativa de orden superior.

