La novia vendida o el regreso del hijo expulsado
JOSÉ MARÍA GÁLVEZ ABR. 27, 2026 (Fotos: ©Javier Del Real)
El Real se vuelve una fiesta en torno al ambiente rural, enamoradizo, de tramas casamenteras y de malas madrastras con la ópera Prodaná nevěsta (La novia vendida), de Bedřich Smetana (1824-1884). Estrenada en 1870 y considerada representación del nacionalismo checo por antonomasia, aunque la primera ópera escrita en checo fue Cráteník (El buhonero), de František Skroup (1806-1862), estrenada 44 años antes, en 1826, la ópera de Smetana es pura vida, desde el río de sentimientos de la obertura, de pleno carácter sinfónico que se prolonga a lo largo de la obra, texturizando con las danzas populares y los cantos del pueblo, bien a pulmón, en susurro o casi en recitativo, en lo que tiene mucho que ver la utilización de la lengua vernácula, todo un desafío frente al uso frecuente de otros idiomas para la expresión operísitica.
Feliz retorno
La venta de esta novia se nos ha hecho muy cara, en ambas acepciones del término, hace 102 años que no se representa en el Teatro Real y 53 años que no se escucha en Madrid, siendo el Teatro de la Zarzuela el afortunado en ponerla en pie.
La producción que ahora se presenta lo es en coproducción con la Opéra National de Lyon, la Opern Köln y el Théâtre Royal de La Monnaie de Bruselas, con la dirección escénica del francés Laurent Pelly y musical de Gustavo Gimeno, titula del Teatro Real. Pelly, junto a Caroline Ginel, responsable de la escenografía, consigue con escenarios casi vacíos, llenarlos de referencias, las que se ven y las que no se ven, y todas en transformación. Desde la amalgama de muebles o mobiliario diverso que flota sobre las cabezas del pueblo, de los protagonistas, del discurrir, hasta la noche estrellada de un circo que se monta a ritmo de danza ante nuestra vista, pasando por esa sutil taberna, no más que el apunte de una caseta, que iluminada por un poste de luz sirve de origen y centro de la escena en el segundo acto. En todo ello hay que resaltar la buena labor de Urs Schönebaum a cargo de la iluminación. No duda, Pelly, en convertir al coro en parte integrante de esa escenografía viva, caracterizados y entregados a ese pueblo que con danzas y bailes nos hablan de cosas muy serias. Cosas serias en clave de comedia nada más efectivo para el alma sensible, para el entendimiento crítico, y del que tuvo una parte importante de culpa en su acertada elaboración el dramaturgo, y también periodista, Karel Sabina (1813-1877). No dudo que fuera su faceta de periodista el que se asomara a ratos a su pluma mientras escribía el libreto, que era el segundo en colaboración con Smetana tras su primera ópera Los brandemburgueses en Bohemia, de carácter totalmente opuesto y escrita en 1863 y estrenada en 1866, año de composición de La novia vendida.
La escenografía dispuesta en los dos primeros actos complementa de manera sutil, casi sin querer ser notada pero llenando parte del imaginario subconsciente de la escena, se transforma en el acto tercero desde la nada más absoluta, la caja negra del inicio de dicho acto hasta la fiesta circense bajo la mirada de las estrellas circundantes.

La venta astuta
El argumento es simple y de carácter cómico, pero quizás por eso mismo es complejo, laberíntico en el inconsciente del personal y profundamente trágico. Es de solistas, Mařenka, Janík y Vašek, pero a la vez es coral, los padres de la novia, los padres del novio, sea cual sea éste, y el pueblo que circunda la acción pero que también es la voz del coro griego, alma de la tragicomedia vital. Mařenka quiere a Janík, el cual es presuntamente un sin patria y sin historia personal, más allá de conocer que fue expulsado de su casa por su madrastra. Los padres de Mařenka, a través de un charlatán casamentero, han convenido su matrimonio con Vašek, realmente con sus padres, que después se sabrá que son el padre y la madrastra de Janík, por tanto los dos hermanos son los destinados a casarse, ya se verá cómo, con Mařenka. El casamentero busca a Jeník con la pretensión de conseguir que venda sus acciones, es decir, a su novia. El primogénito de Micha, aunque esto no se sepa todavía, consigue pactar un contrato en el que su novia es vendida solo si se casa con el hijo de Micha, lo que a la postre se descubre que el casamentero la ha comprado para entregársela a él mismo, lo que, tras un lógico disgusto por las formas, haga feliz no solo a la novia tan solícita, sino al pueblo entero que en las voces del coro entona al final de la ópera věrná láska zvítězila!

La voz del pueblo
No solo el coro tiene la representación del pueblo en esta ópera, sino cada uno de los personajes es un personaje del pueblo. No se trata de reyes, príncipes, dioses, comandantes, ninfas, seres etéreos o gigantes, sino de aldeanos, desterrados, tartamudos y más gente normal, representantes de los vecinos de uno mismo. Los vecinos en las aldeas de la Chequia que recorría Smetana. La novia tan traída y llevada, Mařenka, está a cargo de la soprano rusa Svetlana Aksenova, poseedora de un tesoro vocal que fue sorpresa por su cuerpo, redondez, facilidad de matices y regulaciones, desde el pianísimo, desde el filato toma cuerpo y proyección, sin ser nunca histriónica, y ser capaz de combinarla con el carácter apropiado en cada momento, como el desolado pero recogido de la escena 4 del acto III, además de su presencia en el escenario donde ha respondido muy satisfactoriamente a la teatralidad de su personaje, cosa que ya hizo en la representación de la Zarina Militrisa en El cuento del Zar Saltan, de Rimski-Kórsakov (1844-1908) durante la temporada 2024-2025, mejorando su registro agudo de forma notable. Buena compañía le hace el querido tenor Mikeldi Atxalandabaso personificando al novio obligado Vašek, para el que compone un personaje redondo en todas sus facetas. Desde la vocal, donde su instrumento claro, robusto y conciso, sin titubeos en la caracterización vocal, más que los propios de la tartamudez del personaje, así como en la caracterización teatral, donde el carácter entre tierno y patético de Vašek llega a su perfección en la representación del oso de feria. Los padres de la novia, en las voces del barítono Manel Esteve y de la soprano María Rey-Joly, como Krušina y Ludmila respectivamente, no pueden estar más afortunados, máxime si tenemos en cuenta que la obra se canta en checo, idioma con pocas coincidencias con el español, lengua de los dos cantantes, junto al barítono Toni Marsol y la mezzosoprano italiana Monica Bacelli, el primero como el insulso Micha, padre de Vašek, pero también de Jenik, y la segunda como la madrastra Háta. Cuatro papeles que sin ser principales no son secundarios y a los que cada uno de sus intérpretes consigue colocar sobre el escenario en un nivel de brillantez que solo podría empañarse para un checo que cuidara la pronunciación, pero que en lo musical mimaron la partitura y en lo escénico estaban felices y eso lo transmitían. El otro protagonista, el auténtico afortunado por el amor de Mařenka, es Jeník, el primogénito de Micha, y por tanto hermano de Vašek. Jeník fue representado por el primero de los dos cantantes checos de este reparto, el tenor Pavel Černoch, de voz correcta pero que no consigue emocionar, ni brillar lo suficiente, con escasez en el volumen dificultando el seguimiento en ocasiones de la línea cantora. Buen trabajo teatral el del bajo austriaco Günther Goissböck, conocedor de una técnica que dispensa las carencias que timbre y color podían presentar. No obstante el personaje no se resiente de su representación. A destacar la vitalidad, el color y el carácter que las voces de la triada circense, el comediante principal, la bailarina Esmeralda y el Indio desplegaron desde su aparición, de lo que fueron felizmente responsables el segundo de los tenores checos de la noche, Jaroslav Březina, la soprano madrileña Rocío Pérez y el bajo barítono ucraniano Ihor Voievodin. Completando la bonita noche de circo, fondo de la resolución el enredo amoroso contractual, los actores Haizam Abdala como Payaso Auguste, José Carpe como Payaso blanco, Yoankis Natos como Pippo yt Billy Jackson como el boxeador, que caracterizados con trajes de mala movilidad se movían en las danzas como si fuera su medio natural a la vez que, por si fuera poco, montan sobre el escenario el circo en una asombrosa coreografía.
El afianzamiento
Gustavo Gimeno sigue dando muestras en cada aparición en el foso de su altísimo nivel y compromiso con cada una de las partituras a las que se enfrenta, encontrando frente a sí a una más que solvente Orquesta Sinfónica de Madrid, culpable de tanta buena calidad en interpretaciones de obras tanto de repertorio como ajenas al repertorio, tal cual el caso de este Smetana. Redondeando la versión escuchada y vista por la interpretación comprometida y responsable del Coro Titular del Teatro Real.
Toda esta labor fue correspondida y recompensada por un público que se encontró dispuesto a ello desde el inicio, tal como recogían los aplausos tras la finalización de la obertura, la cual ya constituye una pieza sinfónica sin ambages y que certificaban la fiesta que se vivió en el Real.

