Duendes y hadas para un sueño de una noche de verano
JOSÉ MARÍA GÁLVEZ MAR. 21, 2026 (Fotos: ©Javier Del Real)
El mundo mágico, feérico, el mundo real, el teatro dentro de este mundo real y la poesía y magia dentro del teatro, se entrecruzan, planean unos sobre otros y se sobreponen como en los sueños de los que solo somos conscientes y dueños de una pequeña parte. Esta fantasía multidireccional la concibe el dramaturgo inglés William Shakespeare (1564-1616) en 1600 bajo el título A Midsummer Night’s Dream. Una obra que es poesía y música, no solo al oído sino a la vista, no es un reto fácil el hecho de convertirla en ópera, y a esta piscina se lanza el compositor británico Benjamin Britten (1913-1976) con su obra homónima con número de opus 64, realizando igualmente el libreto de la ópera junto a su querido tenor de cabecera, nunca mejor dicho, Sir Peter Pears (1910-1986).
Escena para una fantasía
Los dos músicos inician el libreto ya en el mundo de las hadas, nos despertamos de esa fantasía, irreal para el mundo racional, que interactúa en planos secretos y ocultos con la realidad de las convenciones y de la moral impuesta, lo que es una diferenciación clara con el comienzo del drama de 1600.
El Sueño de Britten llega al Real, donde se interpretó por primera vez en 2006, en una coproducción entre el Coliseo madrileño, la Royal Ballet and Opera de Londres y el Teatro Maggio Musicale Fiorentino, con la dirección de escena de Deborah Warner y la escenografía de Christof Hetzer, un tándem que consigue muy buenos resultados con economía de medios, en los que la iluminación de Urs Schönebaum, un habitual ya en este Teatro, juega un papel muy destacado.
No es fácil con tan solo unos elementos casi fijos en el escenario levantar una estructura, física o cuasi virtual como lo es la pantalla de imágenes difusas del plano de fondo, que conecte con el carácter de cada escena de la ópera, diferenciando a los rústicos, ese conjunto de comediantes-operarios que preparan su actuación del acto final, de los feéricos o seres mágicos, de los reales y regios, valga la redundancia, Theseus e Hippolyta, tal como Hetzer y Warner lo hacen, con una experiencia que convierte en próvida la puesta en escena, no solo material sino del cuerpo de cantantes al actuar identificando inteligentemente sus personajes.
De Oberon a Theseus
Estos personajes se multiplican en escena, y en la producción presente incluso se duplican en algún caso.
Dos parejas principales, que abren y cierran la ópera, formadas por los reyes del inmarcesible mundo de las hadas, Oberon y Tytania y por el duque de Atenas, Theseus y su inminente esposa, la reina de las amazonas, Hippolyta, dan sentido a toda la trama. Los primeros por presencia y acción y los segundos por ausencia y como objetivo. Oberon, encaprichado del duende Puck, servidor de su mujer, hace una de esas cosas que los poderosos, a fin de cuentas es rey, realizan de vez en cuando: subvertir los sentimientos y la moral mediante el engaño de una pócima, en esta ocasión, el jugo de una planta vertido en los ojos de la propicia víctima. En definitiva, el engaño y la mentira para conseguir su capricho, aunque al final el arrepentimiento y la reconciliación se impone y reina la concordia. Es el contratenor Iestyn Davies, al que ya escuchamos en estas mismas tablas como Arsace en la interpretación de Partenope, HWV 27 de Georg Friedrich Händel (1685-1759) en la temporada 2021-2022, y que como entonces conoce el papel que interpreta, siendo en esta ocasión de más alto calado y mayor riesgo, salvándolo con comodidad a pesar de los graves de su registro. Puck, el duende capricho del rey Oberon, está a cargo del actor Daniel Abelson y del bailarín argentino Juan Leiba. Siempre es delicado presentar una dualidad en escena con el riesgo de distraer o dispersar la atención del espectador, pero la labor de Warner consigue un resultado grato escénicamente que, tanto actor como bailarín, firman con solvencia. La engañada reina feérica, Tytania, está a cargo de la soprano Liv Redpath en la que destaca su brillantez generalizada y la facilidad en las coloraturas.
La otra pareja de personajes regios, o casi, el duque Theseus y la reina Hyppolita, más austeros pero no más oscuros están a cargo del barítono neerlandés Thomas Oliemans y de la mezzosoprano británica Christine Rice, partícipe hace 20 años de la primera interpretación de la ópera en el Teatro Real. El holandés, nada errante, fue un sólido y convincente Theseus y la británica destacó por su emisión limpia, colorida y con carácter.
Entre medias las dos parejas de enamorados que cambian papeles, o sentimientos, de forma nada voluntaria. Lysander y Hermia, con el tenor galés Sam Furness y la mezzosoprano Simone Mcintosh como fieles intérpretes, y una segunda pareja, Demetrius y Helena, en las voces del barítono Jacques Imbrailo y la soprano norteamericana Jacquelyn Wagner, hacen gala de sus excelentes instrumentos, con especial mención de las dos mujeres, llegando a escenas tan deliciosas como el cuarteto del inicio del acto III al despertar del hechizo los 4 enamorados cruzados.
Bottom, con o sin cabeza de asno, es dignamente representado, en lo escénico y en lo vocal, por el bajo inglés Clive Bayley. Sólido, divertido y buen conductor de las inflexiones vocales a las que es sometido.
Y por último, en el elenco solista, los rústicos formados por el bajo barítono Henry Waddington como Quince, el tenor Ru Charlesworth como Flute, el bajo Stephen Richarson como Snug, el tenor John Graham-Hall como Snout y el barítono William Dazeley como Starveling. Todos ellos con nombres disparatados, desde membrillo a hambriento, que además cambian por otros en su la representación de su función del acto III, fueron fieles intérpretes en lo musical y escénico, aportando gran dosis de humor y profesionalidad en las diversas caracterizaciones que vocalmente requiere Britten.

Coro, Orquesta y Bolton
A las anteriores hay que sumar las voces de coro de voces blancas que deslumbró, como si esa blancura fuera luz, en todas sus intervenciones. Cuidadísimo y encomiable el trabajo de la directora del coro Ana González a cargo de los Pequeños Cantores de la ORCAM y del Coro y Chiquicoro Algadir-Daniel Martin.
No le andaba a la zaga la Orquesta Sinfónica de Madrid, titular del Teatro, en la que destacaron, por el propio universo britteniano, arpa, glockenspiel, celesta, clavicémbalo o xilófono, junto a flautas y trompas, todo ello bajo la dirección de un querido Ivor Bolton, no solo muy conocido y apreciado entre el público del Real sino, y así lo demostró, muy conocedor del mundo de Britten, el cual cuidó destacando todo aquello que una partitura tan distinta ponía en los sueños y en su despertar al mundo de las normas.
Noche de sueños y de ensueño que desde el siglo XVII pone a los duendes a cuidar, bailando y cantando, nuestro descanso no exento de travesuras anónimas.
