Saltear al contenido principal
La Lección De Vengerov

La lección de Vengerov

ISRAEL DAVID MARTÍNEZ     JUL. 25, 2026 (Fotos: ©Bernard Rosenberg)

El programa presentado por Maxim Vengerov y Sergio Tiempo en Pietrasanta in Concerto proponía, al menos sobre el papel, un recorrido por algunos de los momentos decisivos en la evolución de la sonata para violín y piano. Beethoven y Schubert enmarcaban el núcleo espiritual de la velada: la Ciaccona de la Partita n.º 2 en re menor, BWV 1004, de Johann Sebastian Bach. La disposición de las obras, sin embargo, terminó suscitando una cierta reflexión. Tras culminar semejante cima del repertorio violinístico, el regreso al primer Beethoven dejaba la impresión de que el discurso musical habría alcanzado una mayor proyección histórica si el concierto hubiera concluido con una gran sonata del siglo XX. Es un matiz de programación en una noche de altísimo nivel artístico, aunque precisamente por la excelencia de los intérpretes resulta inevitable pensar en el programa ideal.

La Sonata n.º 4 en la menor, Op. 23, abrió el concierto mostrando a un Beethoven inmerso en un momento de transformación. La escritura abandona progresivamente el refinamiento heredado del clasicismo vienés para construir un lenguaje sustentado en la tensión armónica, la inestabilidad rítmica y una concepción mucho más dialéctica del diálogo camerístico. Vengerov articuló ese discurso con una autoridad extraordinaria, haciendo perceptible la lógica interna de cada motivo y evitando cualquier gesto efectista. Frente a él, Sergio Tiempo confirmó una vez más que el piano beethoveniano exige un interlocutor antes que un acompañante. Su sonido, siempre flexible y cuidadosamente graduado, aportó una transparencia admirable a una escritura de enorme densidad.

La Sonata en la mayor D 574, el denominado Grand Duo de Schubert, desplazó inmediatamente el centro expresivo hacia un territorio completamente distinto. Allí donde Beethoven organiza el discurso mediante fuerzas de oposición, Schubert parece suspender el tiempo en una expansión melódica incesante, donde las modulaciones modifican la perspectiva emocional sin alterar nunca la naturalidad del canto. Tiempo comprendió esa respiración con una sensibilidad excepcional, administrando las resonancias del piano con refinamiento casi orquestal, mientras Vengerov desplegó un fraseo de una flexibilidad admirable, construido siempre sobre el largo arco de la línea melódica. Resulta difícil entender por qué un pianista de semejante categoría continúa siendo un invitado tan poco frecuente en los escenarios españoles. Su musicalidad, su capacidad para escuchar antes de responder y su inteligencia estructural lo convierten en uno de los grandes músicos de su generación.

Tras el descanso llegó el verdadero centro de gravedad del concierto. La Ciaccona de Bach constituye uno de esos monumentos cuya grandeza desafía cualquier intento de explicación definitiva. Bajo la forma de una serie de variaciones se desarrolla un prodigioso edificio contrapuntístico donde la armonía, la retórica barroca y la ilusión polifónica alcanzan una perfección que continúa fascinando tres siglos después. Pocas obras exigen del intérprete una síntesis tan absoluta entre dominio técnico y comprensión intelectual.

La lectura de Vengerov perteneció a esa rarísima categoría de interpretaciones que modifican la percepción de una partitura. Fue una auténtica exégesis musical. Cada voz implícita encontraba su lugar dentro del entramado polifónico; cada resonancia parecía responder a una decisión estructural cuidadosamente meditada; cada respiración obedecía a la lógica del discurso antes que al impulso expresivo. La transición hacia la gran sección en re mayor surgió con una naturalidad desarmante, despojada de cualquier búsqueda de contraste superficial. Todo parecía inevitable. Hacía tiempo que quien firma estas líneas no asistía a una interpretación de semejante autoridad artística. Vengerov no solo ofreció una de las grandes versiones contemporáneas de la Ciaccona; explicó, desde el propio sonido, por qué esta página continúa siendo una de las cimas absolutas de la historia de la música.

La Sonata n.º 3 en mi bemol mayor, Op. 12 n.º 3, devolvió al público al Beethoven más luminoso y todavía cercano al universo mozartiano. La interpretación mantuvo el extraordinario nivel de entendimiento alcanzado durante toda la velada, aunque la impresión de haber escuchado la Ciaccona resultó inevitablemente dominante. Incluso la acogida entusiasta del público y las propinas parecían prolongar esa sensación de plenitud. Desde una perspectiva estrictamente personal, habría bastado una única propina: Vengerov regresando solo al escenario para volver a Bach. Después de una interpretación de semejante magnitud, únicamente el compositor de Eisenach parecía capaz de poner el verdadero punto final a una noche que difícilmente abandonará la memoria de quienes tuvieron el privilegio de escucharla.

Volver arriba