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El XX Aniversario De Pietrasanta In Concerto Confirma Un Modelo único De Festival

El XX aniversario de Pietrasanta in Concerto confirma un modelo único de festival

ISRAEL DAVID MARTÍNEZ     JUL. 24, AGO. (Fotos: Bernard Rosenberg)

El Claustro de Sant’Agostino volvió a confirmar, en la noche del 23 de julio, que constituye uno de esos espacios donde la música de cámara encuentra su hábitat natural. La acústica, la proximidad entre intérpretes y público y la atmósfera serena que envuelve cada concierto favorecen una escucha especialmente receptiva, condición indispensable para un programa tan poco convencional como el diseñado por Michael Guttman. La Orquesta de Cámara de Bruselas, acompañada por el propio Guttman, Jing Zhao y Pierre Génisson, ofreció una velada de enorme coherencia artística articulada en torno a un atractivo hilo conductor: los arreglos realizados por Mario Villuendas, violonchelo solista de la formación, concebidos con un profundo conocimiento de la escritura camerística y un absoluto respeto por el lenguaje de cada compositor, teniendo en cuenta los aniversarios de Carl Maria von Weber (1786-1826) y Benjamin Britten (1913-1976).

La Simple Symphony de Britten abrió el concierto con una lectura luminosa, ágil y cuidadosamente equilibrada. La orquesta exhibió un sonido compacto y flexible, capaz de alternar la ligereza neoclásica con una expresividad siempre contenida, cualidades que permitieron apreciar la extraordinaria calidad de una partitura cuya aparente sencillez esconde un refinado trabajo contrapuntístico y una sofisticada elaboración tímbrica.

Desde esa vitalidad juvenil se transitó hacia la introspección de El Cant dels Ocells. El célebre canto popular catalán, inmortalizado por Pau Casals como emblema de paz y libertad, encontró en el arreglo de Villuendas una dimensión particularmente íntima. La melodía respiró con absoluta naturalidad, evitando cualquier exceso retórico y conservando intacta esa mezcla de sencillez y profundidad espiritual que explica su permanente capacidad de conmover.

La gran revelación emocional de la velada volvió a ser Jing Zhao. Resulta admirable comprobar cómo una artista plenamente consolidada continúa ampliando su universo expresivo con el paso de los años. En Le Chant du Ménestrel, de Glazunov, desplegó un sonido de extraordinaria densidad, de una riqueza armónica casi vocal, sostenido por un fraseo que parecía desarrollarse con absoluta libertad. Cada arco encontraba el peso exacto, cada respiración otorgaba sentido al discurso y cada silencio adquiría una elocuencia poco frecuente. Esa misma madurez interpretativa presidió La Muse et le Poète, donde el diálogo con Michael Guttman alcanzó un grado de compenetración ejemplar. Saint-Saëns exige dos solistas capaces de escucharse mutuamente con la misma intensidad con la que proyectan su propio discurso, y ambos ofrecieron una auténtica lección de música de cámara.

Guttman reservó uno de los momentos más personales de la noche para la obra de Ofer Zehavi, cuya escritura permitió apreciar la extraordinaria sensibilidad del violinista belga. Su sonido, siempre elegante y desprovisto de cualquier gesto efectista, encontró en esta página contemporánea un espacio ideal para desplegar un lirismo de gran sutileza. La naturalidad con la que construyó cada frase confirmó una vez más su capacidad para convertir la técnica en un medio al servicio exclusivo de la expresión.

Pierre Génisson volvió a conquistar al público italiano, como ya hiciera recientemente en el Cacciaconti Music Festival. Su interpretación del Quinteto para clarinete de Weber confirmó por qué muchos lo consideran el clarinetista de referencia de la actualidad. La perfección técnica, admirable por sí sola, quedó completamente subordinada al discurso musical. La homogeneidad de los registros, la elegancia del legato, la infinita variedad de colores y una inteligencia fraseológica verdaderamente excepcional dieron vida a una lectura de enorme categoría artística. El entusiasmo del público encontró continuidad en un bis tan brillante como inesperado: una deliciosa versión de Un americano en París, donde Génisson volvió a demostrar una personalidad arrolladora y un irresistible sentido de la comunicación.

Pietrasanta in Concerto posee, además, una cualidad que lo distingue dentro del panorama de los festivales europeos. Al finalizar cada concierto, intérpretes, dirección y prensa comparten la cena en un ambiente de absoluta naturalidad, prolongando la experiencia artística mediante la conversación, el intercambio de ideas y la convivencia. Esa hospitalidad, cada vez más infrecuente en otros lugares, constituye uno de los mayores patrimonios del festival y refleja con absoluta fidelidad la visión artística y humana de Michael Guttman, cuya generosidad y capacidad para reunir a algunos de los mejores músicos del panorama internacional continúan dando forma a un proyecto verdaderamente singular y mágico.

Solo cabría formular una pequeña observación de cara a futuras ediciones. Cuando un programa se presenta sin intermedio, la duración ideal difícilmente debería superar los setenta u ochenta minutos. La intensidad de la escucha también forma parte de la arquitectura de un concierto y administrar el tiempo contribuye decisivamente a preservar la concentración del público. Es un detalle menor dentro de una cita que, un verano más, continúa demostrando que la excelencia musical también puede construirse desde la cercanía, la inteligencia y el placer compartido de hacer música.

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