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Entre La Transparencia Y El Vértigo

Entre la transparencia y el vértigo

ISRAEL DAVID MARTÍNEZ     OCT. 6, 2026

La inauguración de la temporada de la Sala 1 Pau Casals del Auditori de Barcelona reunió el pasado 2 de octubre a Ludovic Morlot y Jan Lisiecki en un programa que trazaba una sugerente línea de continuidad entre la modernidad catalana de Robert Gerhard, el romanticismo pianístico de Chopin y la radicalidad rítmica de Beethoven. Tres lenguajes alejados en el tiempo, unidos por una misma preocupación por la forma, el movimiento y la expresión.

El Concertino para orquesta de cuerda de Gerhard, compuesto entre 1927 y 1928, reveló con particular nitidez esa posición fronteriza del compositor entre la tradición y las nuevas corrientes europeas. La escritura, de una transparencia casi camerística, permite percibir la independencia de las líneas y el refinamiento de sus relaciones contrapuntísticas. Bajo la apariencia de un discurso todavía vinculado a las formas clásicas emerge, sin embargo, una sensibilidad que ya participa de la progresiva disolución de la tonalidad funcional. Morlot abordó la obra con precisión y agilidad, favoreciendo su arquitectura sin convertir su modernidad en una cuestión meramente superficial.

Jan Lisiecki asumió después el Concierto para piano n.º 2 de Chopin con una notable combinación de elegancia, lirismo y solvencia técnica. El pianista canadiense, nacido en 1995 y formado internacionalmente desde muy joven, ha desarrollado una carrera de considerable proyección, particularmente vinculada al repertorio romántico y al universo de Chopin. Su interpretación encontró en el Larghetto un espacio especialmente propicio para esa cualidad introspectiva que constituye una de las señas de identidad del compositor. Lisiecki evitó tanto la afectación como el virtuosismo exhibicionista, y Morlot proporcionó un acompañamiento atento, flexible y equilibrado.

La Séptima Sinfonía de Beethoven planteaba finalmente un desafío de naturaleza distinta. Morlot apostó por tempos muy rápidos y por una concepción de extraordinaria energía cinética. El resultado fue estimulante en los movimientos extremos, donde la pulsación adquiere una fuerza casi física, pero menos convincente en el Allegretto. Su carácter procesional y sombrío necesita una tensión interna que no depende exclusivamente de la velocidad. El tempo escogido redujo en determinados momentos el peso de los silencios, las suspensiones y el progresivo crecimiento del ostinato. El último movimiento recuperó, en cambio, toda la potencia dionisíaca que Wagner percibió en esta partitura.

La inauguración tuvo también una dimensión de encuentro y celebración que merece ser valorada. Durante el descanso se ofreció al público una copa de cava, un gesto acorde con la apertura de la nueva temporada, aunque sería enriquecedor incorporar en futuras ocasiones alguna alternativa adicional para quienes prefieran otras opciones. Tras el concierto, la recepción destinada a prensa, invitados, dirección y artistas permitió prolongar ese espacio de encuentro en un ambiente cordial. Quizá, precisamente por la relevancia de una noche inaugural, este apartado podría beneficiarse en el futuro de una atención algo más cuidada a la dimensión gastronómica y hospitalaria. Pequeños detalles de esta naturaleza contribuyen también a construir la experiencia de una gran institución musical y a acompañar, con la misma sensibilidad, aquello que sucede sobre el escenario.

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