Richter y la reinvención de la memoria musical

ISRAEL DAVID MARTÍNEZ SEP. 26, 2026 (Fotos: ©Martí E. Berenguer)
La música de Max Richter posee una rara capacidad para detener el tiempo. Sus armonías parecen permanecer suspendidas en el espacio mientras, bajo esa aparente quietud, pequeñas transformaciones van modificando nuestra percepción. Esa cualidad estuvo presente desde los primeros compases de On the Nature of Daylight, obra que abrió el concierto del Sant Pau Festival y que encontró en la Franz Schubert Filharmonia una lectura de gran precisión, delicadeza y profundidad sonora.
El programa propuso un recorrido por distintas formas de entender la música cinematográfica y contemporánea, desde Richter hasta Karl Jenkins, pasando por Meeting Laura, de Johnny Klimek, Reinhold Heil y Tom Tykwer, antes de regresar a Richter con Recomposed: Vivaldi – The Four Seasons. La selección encontraba su verdadera unidad en el tratamiento de la memoria, la repetición y la transformación del material musical.
Maria Florea fue una de las grandes protagonistas de la velada. Su violín mostró una notable capacidad para sostener las líneas de Richter con limpieza y concentración, especialmente en The Four Seasons Recomposed, donde el recuerdo de Vivaldi aparece fragmentado, desplazado y reconstruido. Richter conserva determinados gestos del original, pero altera radicalmente su percepción temporal. El Vivaldi reconocible permanece bajo la superficie, convertido en materia para una nueva arquitectura sonora.

También Montserrat Seró ofreció una actuación extraordinaria. En Meeting Laura, su voz aportó una dimensión íntima y evocadora, integrada con naturalidad en el tejido instrumental. Su emisión, claridad y sensibilidad contribuyeron a preservar ese carácter cinematográfico que exige una obra concebida desde la relación entre música e imagen.
Mientras tanto, el Sant Pau Festival continúa ganando presencia en la programación musical de Barcelona. Bajo el liderazgo de David Abrahamyan, el festival está construyendo con inteligencia una identidad propia, abierta a repertorios capaces de establecer puentes entre la música clásica, la creación contemporánea y el imaginario cinematográfico. La velada del Petit Palau fue una nueva confirmación de ese camino.
