Ayer ocurrió el milagro
ISRAEL DAVID MARTÍNEZ SEP. 14, 2025
El Palau de la Música Catalana vivió el 13 de septiembre de 2025 una noche que permanecerá en la memoria de quienes la habitaron. El proyecto Sing Along Concert Barcelona 2025, organizado por Interkultur, convocó a cuatrocientas cincuenta voces llegadas de treinta y nueve países que, unidas al Cor de Cambra del Palau, respiraron juntas tras tres días de convivencia musical. Bajo la dirección de Eric Whitacre, y con el sostén refinado de Jordi Armanegol al piano y Laia Puig al violonchelo, se encendió un espacio donde la música no fue simple repertorio sino una liturgia compartida.
Las obras de Whitacre, con su transparencia armónica y su manera de suspender el tiempo, tejieron un aura de consuelo que transformó la suma de voces en una comunidad sonora. Las páginas de Moses Hogan, con su raíz espiritual y su vitalidad rítmica, recordaron que el canto colectivo es también celebración y resistencia. La delicadeza contemporánea de Laura Mvula abrió una ventana a la ensoñación, un territorio donde la multitud sonó íntima y cercana. Y The Sacred Veil, con su desgarradora historia de amor y pérdida, convirtió el dolor en belleza coral, sostenida por el violonchelo como una voz humana que abrazaba el recuerdo. Cada obra fue una estación distinta en un viaje interior que unía culturas y memorias.

Pero el verdadero milagro se produjo en un instante inesperado. El público entero estaba impregnado de voces, pues la platea misma estaba llena de cantantes, y en el escenario aguardaba el coro junto al director. Whitacre, en el centro, convocó a todos hacia una partitura que pertenece tanto a la historia como al misterio: Come, Sweet Death, en el arreglo de Bach/London/Sandberg. Entonces ocurrió lo inefable. La primera sonoridad no fue mero sonido, fue revelación. Las voces emergieron como si fuesen una sola respiración de la humanidad, un susurro convertido en plegaria que se expandía por la sala hasta tocar el silencio.
La escritura, que combina la gravedad bachiana con una sensibilidad contemporánea, encontró en ese coro inmenso la posibilidad de sonar a eternidad. No había fronteras, no había idiomas, no había diferencia entre escenario y platea. Todo el Palau era un cuerpo sonoro atravesado por un rayo de luz invisible. Cuando llegó el último acorde, un silencio absoluto sostuvo a los presentes, un silencio que no era vacío sino plenitud. En ese momento, María Mancera –compositora y cantante de gran talento– y yo nos miramos con lágrimas en los ojos. Sabíamos que habíamos asistido a algo irrepetible, un momento que se guarda en la memoria con la fuerza de lo sagrado.
El trabajo de los cantantes fue impecable, la dirección de Whitacre de una grandeza serena y generosa, y el impulso de Interkultur digno de gratitud. No todos los días se asiste a la revelación de lo eterno en un concierto. Anoche, en Barcelona, ocurrió.

