Hasse en Torroella, rigor sin teatro
ISRAEL DAVID MARTÍNEZ AGO. 18, 2025 (Fotos: ©Roger Lleixà/Festival de Torroella)
El Festival de Torroella acogió el 17 de agosto una rara joya del primer Hasse, la serenata ‘Marc Antonio e Cleopatra’. Obra de juventud escrita en Nápoles en 1725 con libreto de Francesco Ricciardi, se ofrece con plantilla contenida y ambición declarada. Dos voces enfrentadas en la intimidad del afecto y el poder, un pequeño conjunto de cuerdas y un bajo continuo bien definido. La pieza nace como tarjeta de presentación del compositor en la capital partenopea y condensa lo aprendido con Porpora y Scarlatti sin renunciar a un pulso propio que ya anuncia al maestro venerado por su siglo.
La dramaturgia es mínima y la música hace el resto. Ocho arias y dos dúos bastan para levantar un arco de emociones que sabe oscilar entre la bravura y la ternura. Hasse tiene 26 años y muestra un oficio sorprendente en la disposición de tonalidades, afectos y tempi. La escritura vocal parte del virtuosismo de sus destinatarios originales, Vittoria Tesi y Farinelli, y pide hoy igual entrega y conciencia del estilo. En Torroella, Emöke Baráth como Cleopatra y Anna Bonitatibus como Marc’Antonio asumieron el reto con solvencia y gusto. Baráth lució un timbre luminoso, línea depurada, ornamentos siempre con intención y un legato que sostuvo los momentos de mayor morbidez. Bonitatibus aportó densidad expresiva, dicción neta y autoridad en los pasajes de furor, con graves asentados y medias voces bien apoyadas. No se trató de una noche de fuegos artificiales sin control sino de un barroco con cabeza, al servicio de la palabra.
Vespres d’Arnadí, bajo la dirección desde el clave de Dani Espasa, ofreció una lectura pulcra, rítmicamente elástica y atenta al detalle retórico. El continuo respiró con las cantantes y sostuvo la arquitectura. La cuerda sonó homogénea y flexible, con ataques limpios y dinámicas bien graduadas. Si hay que destacar nombres propios dentro de la formación, merece mención destacada la extraordinaria concertino Farran Sylvan James, impecable en afinación, articulación y carácter, y también Cati Reus, cuyo violín dialogó con inteligencia y sensibilidad, sumando brillo sin invadir el plano vocal. El trabajo de Espasa se percibió en la claridad de las transiciones, en la naturalidad del recitativo y en la medida de los afectos, siempre con una respiración común entre foso y voces.

La velada dejó, con todo, una reflexión necesaria sobre el formato y sus inercias. La obra es la que es, fruto de una práctica donde el da capo cumple una función estructural y retórica. Escuchar todas las repeticiones tal como se hicieron añade fidelidad y permite el lucimiento ornamental, pero también puede imponer una sensación de dilatación que hoy exige una imaginación escénica o una invención en el ornamento aún más marcada. Aquí se echó en falta una propuesta semi escenificada que ayudara a encender la ilusión teatral de esta serenata pseudodramática. Las solistas no separaron la vista de la partitura, lo que recortó la comunicación directa entre personajes y público. Hubiera sido muy distinto con los papeles memorizados y una mínima guía de movimiento, luz y gesto, recursos que no traicionan la música y que, en cambio, la potencian.
Con todo, el balance musical fue positivo. Hubo estilo, hubo conocimiento histórico y hubo respeto por una pieza que explica el despegue de Hasse en la ciudad que dictaba modas. Queda la sensación de que el Festival ha puesto sobre la mesa un eslabón decisivo de la ópera seria y que el equipo artístico lo ha servido con rigor y musicalidad. Falta convertir esa pulcritud en teatro vivo. Cuando la música de Hasse respira mirada, cuerpo y acción, el reloj deja de pesar y la serenata revela su sentido primero, el de iluminar la noche con una ficción breve y ardiente. Aquí la luz estuvo en la partitura y en el sonido. La próxima vez convendría que también estuviera en escena.

