Brasil íntimo en Pietrasanta

ISRAEL DAVID MARTÍNEZ. JUL. 21, 2025 (Fotos: Bernard Rosenberg)
Pocas geografías despiertan un imaginario tan amplio y sugerente como Brasil. Su música, enraizada en la cadencia del trópico y en la herida abierta de la historia, ha sido desde hace décadas fuente de fascinación para compositores e intérpretes. El 20 de julio, Pietrasanta in Concerto dedicó una velada entera a explorar ese universo sonoro, desde lo culto hasta lo popular, desde el trío camerístico hasta la canción de raíz. Fue una noche extensa, rica en texturas y momentos inspirados, aunque con algunos problemas estructurales.
La propuesta era ambiciosa. Reunir sobre el mismo escenario a artistas de perfiles y formaciones muy diversos, hilando el programa con un delicado equilibrio entre piezas brasileñas de repertorio, obras contemporáneas y canciones tradicionales. En sí misma, la idea era sugerente. No obstante, la ejecución resultó algo intermitente, y no tanto por las interpretaciones, en su mayoría solventes, como por el diseño del evento. La sucesión de agrupaciones y configuraciones distintas —duos, tríos, solos, combinaciones mixtas— implicó constantes ajustes escénicos. Cambios de sillas, atriles, micrófonos y luces se sucedieron con una frecuencia que quebró el ritmo interno de la velada. Este aspecto logístico, normalmente secundario, cobró aquí protagonismo, sobre todo al no contar con una pausa intermedia. Durante dos horas y media el público permaneció inmóvil, sin la oportunidad de levantarse, estirar el cuerpo o simplemente salir unos minutos del espacio de escucha. En estos casos, una breve pausa no es solo un alivio físico sino también una respiración musical. La ausencia de ella, sumada a un programa excesivamente generoso, pesó sobre la experiencia global.
Aun así, hubo momentos de verdadera intensidad. El más revelador fue, sin duda, el estreno en Italia del Trío para violín, cello y piano del compositor brasileño Antonio Santana. Una obra escrita con noble oficio, de lenguaje claro, sin artificios ni vanguardias forzadas, que supo conectar con la tradición sin perder identidad. La música fluía con coherencia y naturalidad, como si naciera de un lugar íntimo y sincero. Michael Guttman, Jing Zhao y Cristina Marton-Argerich ofrecieron una lectura comprometida y apasionada, revelando las capas de lirismo y tensión interna que habitan en la partitura. Fue un momento de belleza verdadera.

Las intervenciones posteriores, con obras para dos pianos a cargo de Marton-Argerich junto a Antonia Miller, y la guitarra virtuosa de Artyom Dervoed, fueron interpretadas con corrección y solvencia. No alcanzaron la vibración emocional del trío de Santana, pero aportaron variedad tímbrica y mantuvieron el interés del público, a pesar del cansancio acumulado.

Y cuando la noche parecía declinar, llegó la sorpresa final. La maravillosa Nani Medeiros, acompañada por su esposo Joan Pita a la guitarra, ofreció un ramillete de canciones tradicionales brasileñas que devolvieron al concierto un aliento cálido y profundamente humano. Su voz, cargada de matices, caminó entre la añoranza y la celebración con una naturalidad conmovedora, con una belleza real y a la vez arrolladora. Fue un cierre perfecto en su capacidad de reconectar al público con lo esencial.

En una velada tan extensa, Brasil emergió al fin no como un concepto o una etiqueta, sino como una emoción. A través del trío de Santana, del canto de Medeiros, de ciertos destellos camerísticos, la música logró recordar al oyente por qué existe el arte. No para exhibir habilidades, ni para llenar programas, sino para crear ese instante único donde todo lo demás se detiene. Aunque no todo fluyera con la ligereza deseada, la noche dejó un poso profundo. Y eso, al final, es lo que perdura.

