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Una Noche De Revelaciones Y Contrastes En Pietrasanta

Una noche de revelaciones y contrastes en Pietrasanta


ISRAEL DAVID MARTÍNEZ     JUL. 20, 2025 (Fotos: Bernard Rosenberg)

No todas las noches son iguales. Algunas se deslizan con la previsibilidad de lo correcto, otras estallan con la fuerza de lo inesperado. Y hay noches, como la del 19 de julio en el Claustro de Sant’Agostino, que se construyen con capas sutiles de belleza, imperfección y asombro. Allí, bajo un cielo incierto y con una acústica casi íntima, el violín de Maxim Vengerov y el piano de Polina Osetinskaya ofrecieron al público reunido en Pietrasanta in Concerto un recital que no fue lineal, sino narrativo, lleno de momentos que invitaron a pensar tanto como a sentir.

Convendría tal vez reconsiderar un detalle que, sin ser esencial, influye de manera sutil pero decisiva en la experiencia estética de una velada musical. La hora de inicio. Cuando el concierto comienza bien entrada la noche, el cuerpo acusa ya el desgaste del día y la atención fluctúa en una penumbra que no siempre favorece la escucha plena. La música, que reclama disposición interior y un cierto recogimiento, florece mejor cuando aún queda un resquicio de luz, cuando el mundo no ha caído del todo en el silencio de lo cotidiano. Iniciar puntualmente hacia las 20:30 permitiría ese delicado equilibrio entre el afuera y el adentro, entre el ritmo de la vida y el tempo del arte. No es cuestión de cronómetros, sino de atmósfera. De saber intuir el momento justo en que la música puede suceder con plenitud.

El programa comenzó con la Sonatina nº 3 en sol menor de Franz Schubert. Aunque interpretada con solvencia, no logró abrir las puertas de la emoción. Ni Vengerov ni Osetinskaya pudieron hacer milagros con una partitura que carece de hondura, y que incluso en manos virtuosas se percibe como una obra elegante sin mayor alcance expresivo. Fue entonces cuando la naturaleza intervino. Una lluvia fina empezó a caer sobre el claustro, casi como un susurro. Vengerov, lejos de interrumpir, siguió tocando mientras bromeaba con el público sobre el clima, sin perder en ningún momento la concentración ni el fraseo. ¡Qué talento! Terminada la pieza, los intérpretes se desplazaron discretamente bajo cobijo, protegiéndose del agua junto al piano, en un gesto espontáneo que añadió una nota de humanidad a la noche.

Con la Sonata nº 3 en re menor, Op. 108 de Johannes Brahms llegó un primer destello de lo que podía ser un verdadero diálogo musical. El violín de Vengerov desplegó un sonido cálido y musculoso, lleno de intención y estructura. Sin embargo, el piano no siempre estuvo a la altura. Por momentos faltó presencia, masa sonora, claridad. Se perdió, aquí y allá, la densidad que Brahms exige. La obra quedó como un bello intento, prometedor pero inacabado.

La revelación llegó con la Sonata Op. 134 de Dmitry Shostakóvich. Aquí no hubo dudas, ni sombras, ni titubeos. Todo fue verdad. Vengerov alcanzó una dimensión superior, dirigiendo con su arco un relato que atravesó lo político, lo íntimo, lo trágico y lo sublime. Su violín habló en una lengua que solo se aprende con los años, con las cicatrices, con el coraje de no temer al abismo. Osetinskaya, ahora segura y precisa, sostuvo un discurso impecable, en el que cada pausa decía tanto como cada nota. Fue un momento de belleza desbordante, de esos que marcan una vida.

Conmovido, el público respondió con una ovación larga y sostenida. Sin embargo, tras tocar la cima, el dúo ofreció cuatro bises. Y ahí, paradójicamente, se desdibujó lo eterno. Cuando se alcanza la plenitud, lo mejor es guardar silencio. No añadir. No explicar. Dejar que la música repose en el aire, en los cuerpos, en la memoria. Tras Shostakóvich, todo estaba dicho.

Aun así, la noche queda. Con su arquitectura de contrastes. Con su lección implícita. Porque el arte, incluso cuando no es perfecto, puede rozar lo absoluto. Y cuando lo hace, aunque solo sea durante unos minutos, transforma todo lo que toca.

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