Cacciaconti mira al futuro
ISRAEL DAVID MARTÍNEZ JUN. 26, 2026 (Fotos:© Rossella Melle)
La Iglesia de los Santi Pietro e Andrea de Trequanda acogió el 25 de junio de 2026 el recital de Alexander Lonquich dentro del Cacciaconti Music Festival, una cita que, más allá del resultado concreto de la velada, confirmó algo de mayor alcance. El festival empieza a adquirir una identidad propia, reconocible y necesaria dentro del paisaje musical italiano. En un tiempo en que muchos proyectos culturales parecen nacer fatigados, este posee todavía una energía inaugural, una mezcla de ambición, fragilidad y convicción que conviene cuidar.

El programa reunía L’isle joyeuse y el segundo libro de los Préludes de Claude Debussy junto a la Sonata para piano n.º 18 de Franz Schubert. La propuesta tenía una indudable coherencia poética, aunque no necesariamente prudencia estructural. Debussy exige una escucha microscópica, una atención al color, al intervalo y a la evaporación del gesto. Schubert, por el contrario, demanda una respiración larga, casi metafísica, donde la forma no avanza tanto como se expande. Reunir ambos universos puede resultar fascinante, pero también plantea un riesgo evidente cuando la duración global sobrepasa el umbral razonable de concentración. Lonquich ofreció una interpretación correcta, seria y de oficio indiscutible. Hubo inteligencia en el fraseo y una comprensión natural de los planos sonoros, aunque la velada no alcanzó siempre esa zona de revelación que transforma un recital en acontecimiento. El principal problema no estuvo tanto en la calidad de la ejecución como en la arquitectura temporal del concierto. Los recitales sin pausa, o con una interrupción meramente simbólica de cinco minutos, no deberían superar los setenta minutos. No se trata de una exigencia caprichosa, sino de una cuestión elemental de dramaturgia musical. Un concierto debe dejar al público con el deseo de volver, nunca con la sensación de haber superado una prueba de resistencia.

Sería injusto, sin embargo, reducir esta noche a una cuestión de duración. Lo verdaderamente importante se encuentra en el horizonte que el Cacciaconti Music Festival ha empezado a dibujar. Esta edición ha consolidado muchas de sus virtudes. Algunas cuestiones deberán perfilarse todavía. Otras han funcionado con una claridad admirable. La programación diseñada por Ariana Kim y Steven Slade ha demostrado inteligencia, sensibilidad artística y una idea nada convencional de lo que debe ser un festival de música de cámara. Existe una voluntad evidente de construir algo más que una sucesión de conciertos. Se pretende generar una experiencia cultural vinculada al territorio, al patrimonio y a una manera pausada de escuchar.

(Ariana Kim, Directora artística del Festival)
Dentro de ese proyecto resulta imposible no destacar el trabajo extraordinario de Domitilla Consonni. Su labor ha sido sencillamente inconmensurable. Ha sostenido con discreción una organización de enorme complejidad y ha conseguido que cada detalle funcionara con una naturalidad admirable. Quienes hemos tenido la fortuna de compartir estos días con ella hemos podido comprobar que su profesionalidad, su simpatía, su elegancia y su permanente disponibilidad han sido pilares esenciales del festival. Hay personas cuya aportación no siempre se percibe desde la platea, pero sin las cuales un proyecto de esta magnitud jamás podría existir. Domitilla encarna con claridad esa forma imprescindible, generosa y silenciosa de hacer posible un festival.

(Domitilla Consonni, Directora ejecutiva del Festival, junto a Israel David Martínez, Director de Press-Music)
Igualmente imprescindible ha sido el trabajo de Alessia Capelletti al frente de la comunicación. En un ámbito donde tantas veces la difusión cultural se limita a transmitir información, ella ha demostrado que comunicar también significa crear vínculos, generar confianza y construir una identidad. Finalmente tuvimos la fortuna de conocernos personalmente y la impresión no hizo sino confirmar lo que ya intuíamos. Trabajar a su lado constituye un auténtico privilegio y esperamos seguir haciéndolo siempre que ella quiera. Del mismo modo, conviene reconocer la magnífica labor de Rossella Mele, cuya sensibilidad fotográfica ha sabido convertir cada concierto en memoria visual del festival.
El Cacciaconti Music Festival posee algo extraordinariamente difícil de conseguir. Tiene personalidad. Tiene ilusión. Tiene un equipo humano excepcional y un proyecto artístico que merece crecer sin perder su esencia. Todavía quedan aspectos por perfeccionar, como sucede en cualquier iniciativa joven, pero el camino emprendido invita al optimismo. Regresaremos el próximo año con la misma ilusión con la que abandonamos Trequanda. Ojalá muchos más aficionados a la buena música decidan acompañarnos, porque descubrir este festival significa, en cierto modo, reencontrarse con la razón más profunda por la que seguimos asistiendo a los conciertos.

