Cuando el calor se convierte en el peor enemigo de la música
ISRAEL DAVID MARTÍNEZ AGO. 3, 2026
Tras recorrer durante el verano de 2026 diversos festivales de música clásica y ópera en distintos países europeos, resulta imposible no advertir una constante que trasciende las diferencias de programación, presupuesto o tradición: el calor extremo se ha convertido en el principal enemigo de la experiencia musical. La reflexión que sigue no nace de un caso aislado, sino de una realidad observada de manera reiterada a lo largo de estas semanas en escenarios de muy diversa naturaleza. Hay momentos en la historia en los que la realidad cambia con tanta rapidez que las instituciones solo tienen dos opciones, adaptarse o convertirse en una reliquia de sí mismas. Los festivales de verano de música clásica y ópera parecen encontrarse hoy exactamente ante ese dilema. Durante décadas construyeron una identidad basada en escenarios al aire libre, claustros, plazas monumentales, jardines históricos e iglesias centenarias. Aquellos espacios conferían una atmósfera irrepetible a las veladas estivales y acabaron formando parte de la personalidad de cada festival. Sin embargo, el paisaje climático que hizo posible esa tradición ha desaparecido. Europa vive hoy veranos marcados por temperaturas extremas, noches tropicales y olas de calor cada vez más prolongadas. Pese a ello, demasiados organizadores continúan actuando como si nada hubiera cambiado, mirando hacia otro lugar y aferrados a una liturgia que confunden con la tradición cuando, en realidad, no es más que una preocupante incapacidad para evolucionar. Ninguna manifestación cultural puede aspirar a la excelencia si ignora deliberadamente las condiciones en las que esa cultura debe ser vivida.
Las consecuencias de esa resistencia al cambio son visibles en prácticamente cualquier festival europeo visitado este verano. Iglesias cuya admirable arquitectura se transforma durante los meses estivales en un inmenso acumulador de calor, patios de piedra donde la temperatura permanece asfixiante hasta bien entrada la noche y escenarios al aire libre sin climatización que convierte la espera del concierto en un ejercicio de resistencia física. El resultado es devastador. Los intérpretes afrontan repertorios de enorme exigencia mientras luchan contra la deshidratación, el sudor y el agotamiento; el público deja de escuchar para empezar a sobrevivir. Cuando el cuerpo reclama auxilio, la inteligencia deja de prestar atención a un fraseo, a un pianissimo o a una modulación armónica. La emoción estética desaparece porque la fisiología termina imponiéndose al arte. La música jamás debería competir contra el calor. Es una batalla que siempre pierde.
Sorprende que un sector capaz de cuidar con extraordinaria minuciosidad cada detalle artístico acepte con semejante naturalidad un problema que afecta directamente al núcleo mismo de la experiencia musical. Se discute durante meses el diseño de la programación o la contratación de una gran figura internacional, pero apenas se reflexiona sobre la temperatura que soportarán quienes interpretan y quienes escuchan. La adaptación al cambio climático no constituye una concesión al confort ni una extravagancia contemporánea; forma parte de la responsabilidad cultural de cualquier institución seria. Resulta difícil comprender que todavía existan festivales incapaces de climatizar provisionalmente determinados espacios o, sencillamente, de reconocer que algunas sedes, por muy bellas que sean, han dejado de reunir las condiciones mínimas para albergar un espectáculo de estas características.
A esa obstinación se añade otra costumbre igualmente anacrónica: los horarios. Continúan programándose conciertos a las 21.15 e incluso más tarde bajo el argumento, repetido hasta la saciedad, de que así el calor disminuye. Basta consultar cualquier termómetro para comprobar que esa afirmación pertenece más al terreno de la nostalgia que al de la realidad. Las ciudades conservan durante horas el calor acumulado en la piedra y el asfalto, de modo que el descenso térmico apenas resulta perceptible. Lo único que realmente cambia es que el concierto termina cerca de la medianoche y obliga al público a cenar cuando las cocinas están cerrando y los camareros observan resignados la llegada de los últimos clientes. La solución, sin embargo, parece extraordinariamente sencilla: comenzar puntualmente a las ocho de la tarde, proteger del sol a músicos y espectadores mediante cubiertas temporales cuando sea necesario y diseñar programas que no superen aproximadamente una hora y veinte minutos. La calidad artística nunca ha dependido de la duración de un concierto, sino de la inteligencia con la que este se concibe.
Los festivales europeos representan uno de los patrimonios culturales más valiosos del continente y precisamente por ello deberían situarse a la vanguardia de los cambios que exige nuestro tiempo. La fidelidad a la tradición jamás ha consistido en repetir mecánicamente las mismas fórmulas equivocadas y obsoletas, sino en preservar el espíritu que las hizo posibles. Persistir en modelos organizativos incompatibles con la realidad climática no constituye una defensa del legado, sino una forma de ponerlo en peligro. Convendría que sus responsables comprendieran cuanto antes que el verdadero riesgo ya no es perder patrocinadores, subvenciones o espectadores. El verdadero riesgo consiste en acostumbrarnos a que asistir a un concierto de verano sea un acto de sufrimiento, un acto heroico. Y cuando el sufrimiento sustituye al placer de escuchar, la cultura deja de cumplir su misión esencial. Ningún festival debería esperar a que ocurra una tragedia para comprender una evidencia tan elemental. La inteligencia consiste, precisamente, en anticiparse a ella.
