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Bartók. Desgarrador

Bartók. Desgarrador

JOSÉ MARÍA GÁLVEZ      NOV. 18, 2025 (Fotos: ©Javier Del Real)

Los sentimientos más encontrados se acarician y colisionan en el Teatro Real. Amor, egoísmo, crueldad, miseria, empatía, desafección, deseo, ira, espiritualidad, muerte y falsa resurrección, con Béla Viktor János Bartók (1881-1945) o como es conocido, Béla Bartók, como el perfecto hacedor de tamaña empresa.

El Coliseo madrileño ofrece el ballet pantomima “El mandarín maravilloso, Op. 19, Sz 73, BB 82” de 1924 y estrenado en 1926, seguido de la ópera en un acto “El castillo de Barbazul, Op. 11, Sz 48, BB 62” escrita definitivamente en 1917 y estrenada en 1918, y lo hace con la propuesta escénica de Christof Loy, responsable también de la coreografía para el ballet pantomima.

La escena imaginada por Loy juega con el paisaje desolado que es el alma humana cuando convierte el ensayo de amar en violencia física y psíquica, en violencia ignorante y gratuita. O eso pretende. Christof Loy no ha estado en su mejor versión, siempre ha ofrecido más de cal que de arena, y aquí ha arrojado toda la arena que sobraba. Anodino, confuso, con una idea de fondo pero que de fondo se queda. Al menos hay que celebrar que no imposibilita la acción de los intérpretes y la lectura musical. También tiene que ver que la primera obra es un ballet y la segunda una ópera con solo dos personajes.

El amor como fracaso

El doble programa que presente dos obras muy cercanas en el tiempo como “El mandarín maravilloso” de 1926 y “El castillo de Barbazul” de 1918 habla del dolor que genera el amor mal entendido, el amor sin filtros que se convierte y genera violencia, ya sea psíquica o física, real o virtual, tan general en nuestros días. Y lo hace desde distintos lados del prisma. Desde la violencia abrupta, desnuda y cruda del Mandarín, aun encontrando una laguna de amor sereno en su interior, hasta la violencia callada, soterrada y oculta de las siete puertas del castillo.

La historia del Mandarín es la de la mujer obligada a prostituirse por tres vagabundos para vivir de su esclavitud. Cómo desfila por el cuerpo de la mujer todo tipo de clientes, representados en el ballet por tres, la pesadilla el primero, el romántico el segundo y el bueno el tercero. Pero el alma podrida de proxenetas y el espíritu anulado de la chica le llevan a desconfiar de tanta humanidad que destila el Mandarín, cómo un cliente puede tener tanta bondad, lo que genera en ellos una espiral de locura hasta los múltiples intentos de asesinato, coronados en la muerte última del Mandarín en brazos de la chica. He aquí la historia de la bondad. Algo de lo que los explotadores, tiranos y otros vasallos de la desgracia siempre han renegado.

Béla Bartók escribe este ballet pantomima con la conclusión imperturbable del asesinato y muerte del mandarín maravilloso que nos visita, que siempre podemos encontrar y del que se hablará mal para enfangarlo y despreciarlo. Pero vivimos en una sociedad que quiere dulcificar el desastre y reescribir los cuentos y, en este caso, Christof Loy ha considerado que el mandarín debe resucitar cual mártir cristiano y sobrevivir a la muerte.

Si la excusa era escuchar el primer movimiento de otra obra señera de nuestro autor, la “Música para cuerdas, percusión y celesta, Sz 106, BB 114” de 1936, podía haberse dispuesto a telón bajado y oscuras mientras se manipula el escenario para “El castillo de Barbazul”, pero si lo que se quiere es reescribir el ballet para que la esperanza no muera, me pregunto qué necesidad hay de este apéndice que desnaturaliza la obra, las obras en este caso, del compositor. ¿Porqué lo que sería impensable, por ejemplo en la orquesta modificando la instrumentación a gusto del director porque le parece que suena más luminosa o más dramática, o porque le gusta más el xilófono que el contrabajo, sí es en cambio posible en la escena y en el propio argumento de la obra?. Esta solución solo la salva escuchar esa fuga discreta y eterna que es el primer movimiento del Sz 106 bartokiano con los ojos cerrados.

Todo lo que Loy daña en lo escénico y en ese cambio de argumento lo engranda con la coreografía de la que es responsable. Danza actual, vigorosa y contundente, con una buena base académica que está a cargo de unos estupendos Nicky van Cleef, David Vento, Joni Österlund y Mario Branco como lo tres vagabundos convertidos en proxenetas y como libertino el último de ellos. Y con unos sobresalientes Gorka Culebras en el papel del Mandarín y la versátil Carla Pérez Mora como la joven. Ambos, ya habituales en este coliseo, realizan trabajos sin fisuras, que el de los secundarios no desmerece, redondeando una pantomima dura y árida que refleja la sociedad en cualquiera de sus épocas.

Los secretos de las siete puertas

Ese prisma catalizador y caleidoscópico que nos muestra las distintas versiones de un amor confuso, que precisa de una música de pulsión, ritmo y desgarradora en el mandarín y de lirismo y delicadeza, intimismo casi obsceno que se torna intromisión de los pliegues del alma en Barbazul, nos planta ante un castillo con siete puertas que la recién desposada Judith con el duque Barbazul quiere abrir. Quiere ventilar y dejar que entre la luz a tan cerrado y oscuro lugar, sin atender a los ruegos y advertencias de su marido. Cada puerta es la entrada a un secreto de su existencia y los secretos son siempre silentes y huidizos.

El libreto, escrito por el poeta y dramaturgo Béla Balázs (1884-1949) se basa en el cuento de Charles Perrault en el que la siete puertas llevaban a los cadáveres de las anteriores esposas de Barbazul. En la ópera las puertas entran en la mente y el alma del duque, con resultados no tan ajenos a encontrarse con siete cadáveres y saber que eres la siguiente.

El viaje por esta apertura de puertas y ventanas que, en principio debía airear e iluminar cada estancia y, por ende, el castillo entero, consigue el efecto contrario, el de generar una corriente que en la que el hedor da cuerpo y una oscuridad que ciega a la protagonista, creída aun que el conocimiento pleno de su esposo les harán más amados.

El drama se sustenta en solo dos personajes de los que dependen el buen resultado o no de la representación según se identifiquen con la psiquis de Barbazul y de Judith, siendo en estas funciones el bajo alemán Christof Fischesser y su compatriota la mezzosoprano Evelyn Herlitzius los que llevaron a buen puerto el viaje sensorial al que Bartók nos empuja. Con aromas debussianos, pero de una fuerte personalidad que el autor húngaro ya había demostrado, la línea expresiva de las voces, llenas de matices y colores, acompañadas por una orquesta densa, tiene unos formidables embajadores en sendos intérpretes. La redondez, seguridad, legato y carácter de Fischesser junto a su presencia en el escenario, seguro del papel que representa y la rotundidad, con un registro agudo sobrecogedor, el matiz, la respiración, la facilidad para simultanear el lirismo de la pieza con el oscuro drama que le subyace, así como la seguridad escénica de la mutación de su personaje hace de Evelyn Herlitzius una intérprete ideal para Judith.

Un prólogo para dos mundos

La ópera Barbazul comienza con un prólogo narrado que introduce al oyente, o al espectador en vivo, en qué tipo de experiencia va a adentrarse, sobre las historias que son de siempre, sobre lo que es interior o exterior y su exploración, con una invitación final de escuchar lo que viene: “Tik is hallgassátok”.

En la presente producción este prólogo también se realiza de manera previa al Mandarín estando a cargo, en ambas ocasiones, del actor holandés Nicolas Franciscus, responsable de las dos tesituras en las que enmarca cada prólogo y con las que consigue una clara diferenciación entre los caracteres de cada pieza.

Confirmación anunciada

Espléndida la labor de la Orquesta titular, y del Coro en su brevísima aparición, bajo la dirección del maestro Gustavo Gimeno que confirma el buen hacer que ya le preveíamos en anteriores crónicas. Responsable de la urdimbre de ritmos y colores en la estrepitosa pantomima donde el frenesí crece ante la locura de los personajes, con polirritmias sabiamente llevadas y de la lectura de densos planos en los que el simbolismo argumental está plenamente identificado en la partitura donde se expresa el color del alma tras cada puerta.

En definitiva, un recorrido, más que digno en lo musical, por sendas obras del catálogo bartokiano que transitan los angulosos perfiles del alma humana, siempre dispuesta a mancillar y humillar, aparte de ser capaz de guardar tras siete llaves otra para el remedio.

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