Diáguilev, o el arte de hacer posible lo imposible
ISRAEL DAVID MARTÍNEZ JUN. 28, 2026
Hay figuras que exceden el marco de una disciplina y terminan inscribiéndose en la historia misma de la modernidad. Serguéi Diáguilev pertenece a esa estirpe. Sin haber sido compositor, coreógrafo, pintor ni bailarín, resulta imposible comprender la música, la danza, la escenografía y las artes visuales del siglo XX sin su intervención. La biografía que Sjeng Scheijen le dedica, publicada por Akal bajo el título Serguéi Diáguilev. Una vida por el arte, devuelve al personaje toda su complejidad, lejos tanto de la estatua como de la caricatura.
El gran mérito del libro reside en presentar a Diáguilev como una inteligencia histórica singular. Su talento consistía en detectar, reunir, forzar, seducir y organizar el genio ajeno hasta hacerlo producir algo todavía inexistente. En torno a él gravitaron Stravinski, Nijinski, Bakst, Benois, Fokine, Picasso, Cocteau, Massine, Poulenc, Prokófiev o Balanchine. Esa constelación no opera como simple nómina de celebridades, sino como el tejido vivo de una revolución estética. Diáguilev comprendió antes que casi nadie que la modernidad nacería de la contaminación entre lenguajes artísticos.
Scheijen escribe con una admirable voluntad documental. Se ha de subrayar el valor de su trabajo en archivos rusos y occidentales, así como el uso de diarios y correspondencias que iluminan zonas menos transitadas por biografías anteriores. Frente al Diáguilev puramente legendario, empresario tiránico y taumaturgo de la vanguardia, aparece un hombre atravesado por la inseguridad, la ambición, la ruina, el deseo y la dependencia emocional. El retrato gana densidad precisamente porque evita la absolución. Su genio organizador convivió con una notable capacidad para la manipulación, el control y la devastación afectiva.
Uno de los aspectos más interesantes del volumen es la atención concedida a los años rusos. Diáguilev no irrumpe en París como un meteorito oriental arrojado sobre la escena occidental. Procede de una cultura específica, de una Rusia aristocrática y burguesa en proceso de descomposición, de un mundo donde la educación estética funcionaba todavía como forma de prestigio social y promesa de salvación. La revista Mir iskusstva, las exposiciones de arte ruso y sus primeras empresas culturales permiten entender que los Ballets Rusos fueron la culminación de un largo aprendizaje.
El libro muestra también hasta qué punto Diáguilev fue un artista cuya obra consistió en hacer posible la obra de los demás. Esa condición lo convierte en una figura incómoda para los relatos tradicionales del genio. Su materia fue la relación entre artistas, instituciones, dinero, deseo y público. Hizo de la producción una forma de creación. En ese sentido, su modernidad resulta casi profética, pues anticipa la figura contemporánea del curador, del programador y del mediador cultural entendido como autor de contextos.
Scheijen tampoco oculta las sombras. La relación con Nijinski, marcada por la fascinación, la posesión y la violencia emocional, ocupa un lugar central en cualquier aproximación seria a Diáguilev. También aparece su habilidad para convertir la amistad en dependencia y la admiración en obediencia. El libro evita, sin embargo, el juicio moral simplificador. Presenta a un hombre que entendió que la belleza, en el mundo moderno, exigía una negociación permanente con el poder, el dinero y la fragilidad humana.
Akal incorpora así a su catálogo una biografía imprescindible. Reconstruye una vida excepcional y obliga a pensar una pregunta mayor. ¿Quién hace realmente posible el arte? Diáguilev no escribió Petrushka, no coreografió L’après-midi d’un faune, no diseñó los decorados de Schéhérazade. Pero sin él, buena parte de esas obras quizá no habría existido del modo en que las conocemos. Esa es la paradoja que Scheijen explora con inteligencia: la de un hombre cuya grandeza consistió en vivir dentro de las obras ajenas hasta transformarlas en destino histórico.
