La elocuencia del romanticismo

ISRAEL DAVID MARTÍNEZ JUN. 22, 2026 (Fotos: ©Rosella Mele)
La Iglesia de Santo Stefano a Cennano, en Castelmuzio, acogió el pasado 21 de junio uno de esos conciertos que justifican por sí solos la existencia de los festivales de verano italianos. El prestigioso Cuarteto de Cremona, acompañado por la pianista Maya Oganyan, ofreció un programa íntegramente romántico articulado en torno a dos de las grandes catedrales camerísticas de finales del siglo XIX: el Cuarteto en sol menor op. 27 de Edvard Grieg y el Quinteto en fa menor de César Franck.
Fundado en el año 2000 en la Accademia Stauffer de Cremona, el Cuarteto de Cremona se ha consolidado durante más de un cuarto de siglo como una de las formaciones camerísticas más relevantes del panorama internacional. Herederos de la gran tradición italiana del Quartetto Italiano y formados con figuras legendarias como Piero Farulli y Hatto Beyerle, Cristiano Gualco, Paolo Andreoli, Simone Gramaglia y Giovanni Scaglione han desarrollado un lenguaje interpretativo caracterizado por la profundidad analítica, la elegancia del fraseo y una extraordinaria cohesión sonora.
La interpretación del cuarteto de Grieg evidenció desde los primeros compases estas virtudes. La obra, concebida como una gigantesca expansión cíclica de un motivo generador, requiere una tensión estructural constante y una extraordinaria capacidad para equilibrar la densidad armónica con el impulso dramático. El Cuarteto de Cremona ofreció una lectura de gran refinamiento, particularmente admirable en la claridad de las voces intermedias y en la articulación de las complejas transiciones formales. Sin embargo, la decisión de interpretar la obra de pie planteó algunas cuestiones acústicas. La ausencia del habitual apoyo del violonchelo sobre el suelo –podio– redujo sensiblemente la proyección de los registros graves, elemento fundamental en una partitura donde Grieg construye gran parte de su arquitectura sonora sobre una base armónica robusta y expansiva. Desde una perspectiva puramente acústica, resultaría interesante experimentar, también, con una disposición alternativa situando el violonchelo entre la viola y el segundo violín, favoreciendo una mayor presencia y difusión de las frecuencias graves hacia la audiencia.

Esta circunstancia quedó plenamente resuelta en la segunda parte con el Quinteto de Franck. Una vez sentados todos los integrantes del conjunto, el equilibrio sonoro adquirió una homogeneidad ejemplar. La monumental obra franckiana, una de las cumbres absolutas de la música de cámara francesa, encontró aquí una interpretación de enorme intensidad expresiva. El característico cromatismo de Franck, su permanente inestabilidad tonal y la poderosa lógica cíclica que vertebra la partitura emergieron con admirable claridad.
Maya Oganyan asumió la exigente parte pianística con solvencia y compromiso artístico. Su lectura, detallista y siempre atenta al diálogo camerístico, evitó cualquier tentación concertante para integrarse orgánicamente en la compleja trama polifónica de la obra. Formada con destacados maestros de la tradición pianística rusa y europea, la pianista mostró una musicalidad sincera y una notable sensibilidad para la respiración colectiva del discurso.

Entre todos los intérpretes merecen una mención especial dos músicos excepcionales. Simone Gramaglia confirmó una vez más su condición de violista extraordinario, una voz de una nobleza poco común. El sonido de su instrumento —una Giovanni Paolo Maggini de comienzos del siglo XVII— posee una densidad tímbrica fascinante, capaz de proyectarse con idéntica autoridad en todos los registros. Su manera de construir el fraseo, siempre sustentada por una profunda comprensión armónica, convierte cada intervención en un acontecimiento musical. Por su parte, Cristiano Gualco se reveló como el auténtico eje gravitacional del conjunto. Su liderazgo natural se fundamenta en una combinación admirable de dominio, sensibilidad expresiva y capacidad comunicativa. La belleza de su sonido, la precisión de su articulación y la inteligencia de su discurso convierten cada frase en un modelo de elocuencia instrumental.
El resultado final fue una velada de altísimo nivel artístico que volvió a demostrar por qué el Cuarteto de Cremona ocupa un lugar de privilegio entre las grandes formaciones camerísticas de nuestro tiempo, una agrupación capaz de transformar la perfección técnica en auténtico pensamiento musical.
