El arte del encuentro
ISRAEL DAVID MARTÍNEZ
No todos los festivales consiguen que la excelencia interpretativa se traduzca en una experiencia de auténtica comunicación. Pietrasanta in Concerto lo logra desde hace años gracias a un modelo artístico que sitúa el encuentro entre músicos en el centro de cada programa. El concierto del 25 de julio fue un buen ejemplo de ello: una sucesión de propuestas estilísticamente diversas, unidas por una misma idea de escucha compartida y por una constante voluntad de convertir el virtuosismo en vehículo de expresión antes que en mero espectáculo.
La Brussels Chamber Orchestra asumió el protagonismo de la primera parte con una lectura de notable refinamiento del Capriccio en mi menor, op. 81 n.º 3, de Mendelssohn. La limpieza del entramado contrapuntístico y la flexibilidad del fraseo permitieron apreciar una escritura que, pese a su aparente ligereza, exige un equilibrio permanente entre las distintas voces del conjunto.
Ese cuidado por la transparencia encontró continuidad en la Scène andalouse, op. 7, de Joaquín Turina, probablemente la propuesta de mayor interés desde el punto de vista tímbrico. La obra apareció despojada de cualquier tentación pintoresca para revelar la influencia de la Schola Cantorum y el refinamiento armónico del joven compositor sevillano. En este contexto sobresalió la aportación de Pierre-Henri Xuereb, cuya viola aportó densidad y nobleza sonora al discurso, mientras Alessandra Ammara construyó una parte pianística de exquisita sensibilidad, siempre integrada en el tejido camerístico y ajena a cualquier protagonismo innecesario.
Con el Concierto para piano n.º 1 en sol menor, op. 25, Roberto Prosseda confirmó una vez más su afinidad con el universo mendelssohniano. Su interpretación rehuyó deliberadamente el énfasis virtuoso para privilegiar la claridad formal, el equilibrio dinámico y una articulación de admirable naturalidad. Particularmente logrado resultó el Andante, concebido con una respiración amplia y un lirismo contenido, antes de afrontar un movimiento final resuelto con brillantez técnica y absoluta limpieza de textura, sostenido por una orquesta siempre atenta al diálogo con el solista.
La segunda parte cambió radicalmente de atmósfera con la Fantasía sobre La Traviata de Donato Lovreglio, en el arreglo para orquesta de cuerda de M. Villuendas. La intervención de Dionysis Grammenos puso de manifiesto la extraordinaria calidad de su sonido, homogéneo en todos los registros, así como una notable capacidad para transformar la escritura virtuosística en un discurso de auténtico canto instrumental. Lejos de la exhibición gratuita que con frecuencia acompaña este repertorio, su interpretación preservó siempre la elegancia melódica heredada del original verdiano.
El giro definitivo llegó con la Utyosov Fantasy, de Vladimir Pushkarev, donde hicieron su aparición Pavel Vernikov y Svetlana Makarova. Ambos violinistas ofrecieron una interpretación llena de vitalidad, alternando precisión técnica, espontaneidad y una evidente complicidad musical. Esa atmósfera festiva encontró su prolongación natural en los dos bises. Fantasy and Freilachs, de Leónidas Hoffman, convirtió el escenario en un espacio de brillante interacción entre los intérpretes, mientras Volver, de Carlos Gardel, en el delicado arreglo de Daniela Mastrandrea, aportó el contrapunto lírico de la noche mediante una lectura sobria, elegante y cargada de nostalgia.
Si todos los solistas dejaron una huella personal —la inteligencia musical de Prosseda, la sensibilidad de Ammara, la calidad sonora de Xuereb, la impecable musicalidad de Grammenos o la elegancia de Makarova—, la figura de Pavel Vernikov terminó articulando el desenlace del concierto. No sólo por la autoridad de su violín, de fraseo libre y sonido intensamente expresivo, sino por una cualidad mucho menos frecuente: su capacidad para establecer una relación inmediata con el público. Sus intervenciones habladas, el humor siempre oportuno y la complicidad que proyectó hacia sus compañeros eliminaron cualquier distancia entre escenario y sala. Ese clima de cercanía, nacido de la naturalidad y no del artificio, terminó otorgando al concierto un carácter celebratorio que constituye, probablemente, la mejor definición del espíritu de Pietrasanta in Concerto: un festival donde la excelencia artística nunca renuncia al placer de compartir la música.
