El porvenir del sonido en Pietrasanta

ISRAEL DAVID MARTÍNEZ JUL. 23, 2025 (Fotos: @Bernard Rosenberg)
Hay momentos en los festivales en que la música se vuelve semilla. Donde no se celebra solo lo logrado, sino lo que está por venir. Donde el foco no se posa en la perfección, sino en la promesa. La velada del 22 de julio en Pietrasanta in Concerto fue precisamente eso. Una ofrenda al futuro. Bajo el título Young Soloists of the Violin and Viola Masterclass, el claustro de Sant’Agostino se convirtió en un escenario de aprendizajes y revelaciones, en una atmósfera donde la juventud y la maestría convivieron con naturalidad y hondura.
Coordinada con sabiduría por la gran violonchelista Jing Zhao, esta nueva iniciativa representa un acierto notable dentro de la programación del festival. Lo que distingue a los festivales verdaderamente vivos es su capacidad para transformarse, para educar sin renunciar a la excelencia, para sembrar belleza y recoger vínculos. En este sentido, la propuesta de involucrar a los grandes solistas en un proceso de formación activa con jóvenes talentos es tan valiosa como necesaria. Porque el virtuosismo, cuando se comparte, se convierte en escuela. Y porque la generosidad artística, cuando es real, siempre se traduce en crecimiento colectivo.

La velada comenzó con un gesto de altura. Los profesores Eva Bindere y Pavel Berman ofrecieron una lectura impecable de la Sonata para dos violines en La menor, Op. post. de Eugène Ysaÿe. Su sonido, lleno de carácter y refinamiento, fue ejemplo de cómo la técnica puede ponerse al servicio de una musicalidad profunda, sin alardes innecesarios. Fue una interpretación tan sobria como inspiradora, y sirvió como carta de presentación para una noche que quiso ser celebración del aprendizaje.

Entre los jóvenes intérpretes destacó la presencia luminosa de Juliette Guttman-Zhao, nacida en 2016, que ofreció un Beethoven delicioso, equilibrado y sorprendentemente maduro. Fue una de esas interpretaciones que revelan no solo talento, sino sensibilidad. También brillaron los violinistas Greca Puddu, Tiantian Lu, Alexandre Sahatci y Yaozhang Wang, todos con discursos personales y una técnica sólida. En el apartado de viola intervinieron Manon Bohomme, Sara Hamdoun, Adele Vannieuwenhuyze y Paul Erdmann, cada uno aportando matices propios y una gran capacidad de concentración escénica.

El sostén esencial de toda la velada fue la pianista Alexandra Ducariu. Su acompañamiento, preciso y musical, supo amoldarse a cada joven sin perder nunca el hilo interno de la obra. Su labor fue de una elegancia ejemplar, y merece un reconocimiento explícito por su entrega y su escucha atenta.

Como sugerencia para futuras ediciones, sería deseable que este concierto de jóvenes promesas evolucionara hacia un formato más camerístico. La formación de tríos, cuartetos o pequeñas orquestas de cuerdas podría dar lugar a una experiencia musical más rica, más compartida, menos fragmentada. No se trata de renunciar al valor de la audición individual, sino de abrir el repertorio hacia dinámicas colectivas que favorezcan la escucha, la complicidad y la madurez interpretativa.

Dicho esto, conviene subrayarlo sin ambages. La iniciativa es excelente. No solo por lo que ofrece al público, sino por lo que significa para los jóvenes. Espacios como este deberían formar parte estructural de cualquier festival que aspire a algo más que a aplaudir la posteridad. En Pietrasanta in Concerto se hace música, sí. Pero también se construye comunidad. Se cuida la transmisión. Se entiende el arte como un puente entre generaciones. Todo ello es posible gracias al talento y a la visión de Michael Guttman, cuya presencia discreta pero esencial está detrás de cada gesto que hace de este festival una referencia. Lo que ocurre aquí no es casual. Es fruto de una convicción. Y eso, en el mundo del arte, vale más que mil discursos.

