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La Elegancia De Daishin Kashimoto

La elegancia de Daishin Kashimoto

ISRAEL DAVID MARTÍNEZ     ABR. 20, 2026

El concierto del 17 de abril de 2026 en L’Auditori quedó marcado, ante todo, por la presencia de Daishin Kashimoto, un violinista cuya autoridad musical procede de una rara conjunción de disciplina, refinamiento intelectual y naturalidad expresiva. Su trayectoria explica mucho de lo escuchado. Formado entre Japón, Estados Unidos y Alemania, admitido con solo siete años en el programa precollege de Juilliard, discípulo más tarde de Zakhar Bron y de Rainer Kussmaul, vencedor de los concursos Menuhin, Colonia, Kreisler y Long-Thibaud, Kashimoto ocupa desde 2009 el puesto de primer concertino de la Filarmónica de Berlín, al tiempo que sostiene una carrera de solista y músico de cámara de primer rango. Esa doble condición, arquitecto del sonido orquestal y solista de vastísima experiencia, da a su arte una mezcla muy singular de nobleza, control y libertad. 

En el Concierto para violín n.º 3 de Saint-Saëns apareció justamente esa calidad superior. Kashimoto abordó la partitura más allá de un mero despliegue de virtuosismo, aun cuando este se manifestó con fulgor, para revelarla como una obra de pensamiento cantable, de elegancia nerviosa y de imaginación tímbrica. Desde la extensa entrada inicial del solista, se impuso un fraseo de extraordinaria limpieza, una emisión dúctil y una musicalidad de admirable naturalidad. Cada ascenso, cada arabesco, cada repliegue lírico encontró una respiración justa. Había brillo, pero también gravedad; había fuego, aunque siempre gobernado por una inteligencia del estilo que elevó la interpretación muy por encima de lo brillante. Kashimoto tocó como quien conoce el peso exacto de cada sonido y su porvenir en la memoria del oyente.

Thomas Søndergård condujo con solvencia a una OBC de buen nivel general en un programa enteramente francés que enmarcaba el Saint-Saëns entre la Petite Suite y Images de Debussy. La primera sonó con encanto, fluidez y cierta transparencia pastoral; la segunda dejó momentos de verdadero refinamiento colorista, aunque la impresión más duradera de la noche perteneció sin discusión al solista. El concierto confirmó que Kashimoto pertenece a esa estirpe infrecuente de violinistas en quienes la perfección técnica jamás sofoca la emoción, sino que la vuelve más pura. 

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