Perelada o la música como acto de fe
(O Vos Omnes, foto: © Toti Ferrer)
ISRAEL DAVID MARTÍNEZ ABR. 6, 2026
Hay festivales cuya razón de ser rebasa la lógica rutinaria de la programación y se adentra en una dimensión más honda, casi moral, de la escucha. El Festival de Pascua de Perelada pertenece a esa especie infrecuente. Su cuarta edición, celebrada del 2 al 5 de abril de 2026 en la iglesia y el claustro del Carmen, volvió a demostrar que todavía existen proyectos capaces de restituir a la música su antigua condición de rito, de espacio compartido para la contemplación, de ejercicio de interioridad frente al ruido cada vez más obsceno del mundo. En un tiempo dominado por la hipertrofia del acontecimiento, por la ansiedad del estreno y por la distracción elevada a sistema, Perelada ha preferido la concentración, la inteligencia del formato breve, el refinamiento de un repertorio que convoca recogimiento y pensamiento. Durante cuatro días consecutivos, el festival reunió conciertos íntimos y espirituales en el mejor sentido de la palabra, veladas donde la cercanía física entre intérpretes y oyentes devolvió a la experiencia musical una densidad casi olvidada. Hay algo profundamente civilizador en un encuentro así. Al salir de la iglesia del Carmen, uno sentía que la música todavía puede reparar una parte del daño, y que festivales de esta naturaleza, exigentes, sobrios y auténticos, mantienen viva una forma de fe en la humanidad que conviene defender con gratitud y con firmeza.

(Les Arts Florissants, foto: © Miquel González)
El Viernes Santo, William Christie y Les Arts Florissants ofrecieron un programa articulado en torno a Charpentier, Couperin y Marais, con las Leçons de Ténèbres como eje de la velada. Sobre el papel, todo invitaba a esperar una de esas ceremonias francesas donde la austeridad y el refinamiento se rozan hasta producir una emoción casi física. Y, sin embargo, el concierto encontró su verdadero sostén en las sopranos Lucía Martín-Cartón y Rachel Redmond, gracias a cuya inteligencia vocal la noche mantuvo interés y alcanzó verdadera altura, de manera muy especial en la tercera Leçon de Ténèbres de Couperin, donde el fraseo y la inflexión del texto encontraron al fin una respiración de plena necesidad. Christie, instalado en el órgano, optó por una densidad mínima en la cuerda y esa decisión debilitó el edificio sonoro. La música pedía un soporte más carnoso, más grave, más estable, y el resultado nunca acabó de asentarse con la plenitud deseable.

(Rachel Redmond y Lucía Martín-Cartón, foto: © Miquel González)
El Sábado Santo presentó dos conciertos muy distintos y, por ello mismo, reveladores. Por la tarde, Vox Luminis y Lionel Meunier abordaron un recorrido por el barroco alemán con obras de Scharmann, Selle, Schein, Geist, Michael, Briegel, Hammerschmidt, Schwemmer y Förtsch. La calidad de la ejecución resultó indudable, tanto en la parte vocal como en la instrumental. Hubo empaste, disciplina, nobleza de emisión y una seriedad expresiva muy acorde con el espíritu del programa. No obstante, la selección terminó produciendo una impresión de excesiva uniformidad. Faltaron contrastes, alguna torsión interna del discurso, quizá incluso una sombra más pronunciada que permitiera a la luz religiosa del repertorio respirar de otro modo. La ausencia de Bach se dejó sentir menos por una cuestión de canon que por la necesidad de una tensión superior, de una arquitectura capaz de reorganizar el conjunto desde dentro.

(Vox Luminis, foto: © Miquel González)
Por la noche llegó el segundo concierto, y con él una de esas experiencias que alteran la memoria de quien escucha. Officium Defunctorum de Tomás Luis de Victoria, interpretado por O Vos Omnes bajo la dirección musical de Xavier Pastrana, fue sin discusión el concierto del festival y uno de los más hondos que quien firma estas líneas ha vivido nunca. Clara Brunet, Eulàlia Fantova, Mercè Bruguera, Martí Doñate, Tomás Maxé y el propio Pastrana, con el sostén del bajón o dulciana, ofrecieron una lectura inmensa de una obra descomunal. El conjunto, dispuesto en círculo en medio de la iglesia y dando la espalda al público, mantuvo entre sus integrantes un contacto visual constante que intensificó la respiración común de la polifonía. La penumbra, la colocación espacial y la desnudez casi ritual del dispositivo escénico crearon la atmósfera exacta para una escucha íntima y radical. Aquello fue la obra en el mejor lugar, de la mejor forma, con la mejor luz. Hay experiencias que desafían el lenguaje y esta fue una de ellas. Extraordinaria, memorable, casi inenarrable.

(O Vos Omnes, foto: © Toti Ferrer)
La clausura del domingo 5 de abril reunió a la Franz Schubert Filharmonia, al Cor Francesc Valls, a Guillermo García Calvo y a los solistas Yewon Han, Marcela Rahal, Filipe Manu y Manuel Fuentes en un programa dedicado a Mozart y Schubert, con el Ave verum corpus, la Missa brevis KV 49 y la Misa en sol mayor D 167. La idea de cerrar el festival con una matinée de Domingo de Pascua es excelente y debería convertirse en tradición estable, porque aporta al conjunto una salida hacia la claridad, una última respiración de consuelo después de las densidades del Triduo. La dirección de García Calvo fue correcta, medida, cuidando las proporciones y evitando excesos. La concertino María Florea destacó con particular nobleza en la conducción de la cuerda, mientras que Yewon Han sobresalió por la belleza de su voz, tersa, luminosa y limpia de afectación. El concierto dejó, sin embargo, una objeción. Las reducidas dimensiones de la orquesta pasaron factura a la densidad sonora que Schubert necesita incluso en una misa juvenil. Escuchar una obra de este aliento con apenas dos violonchelos y un contrabajo resulta complicado; la base armónica pierde cuerpo y el discurso sacrifica espesor emocional. Aun así, la atmósfera general se sostuvo con dignidad y la clausura conservó su sentido celebrativo.

(Franz Schubert Filharmonia, foto: © Toti Ferrer)
Perelada ha demostrado, una vez más, que su Festival de Pascua ocupa un lugar necesario y singular en el calendario musical europeo. Necesario, porque ofrece algo que hoy escasea de manera alarmante, una experiencia de escucha concentrada, intelectualmente exigente y espiritualmente fértil, alejada de la lógica del consumo rápido y de la dispersión programática que tantas veces convierte los festivales en meras sucesiones de eventos sin una narrativa concreta. Singular, porque ha sabido construir una personalidad propia sin recurrir a la extravagancia ni a la hipertrofia del gesto. Su fuerza procede de una idea clara, la de que la música sacra, el recogimiento y la belleza todavía pueden convocar una comunidad verdadera de oyentes. Y esa claridad, en un tiempo tan dado a la confusión estética, tiene algo de rara valentía.

(Yewon Han, foto: © Toti Ferrer)
Ahora bien, preservar una identidad no exige inmovilidad. Al contrario, los proyectos verdaderamente vivos son aquellos que crecen sin diluirse, los que se abren sin perder su centro. En ese sentido, quizá se debería ensanchar el horizonte del festival hacia territorios más decididamente actuales, géneros donde la espiritualidad adopta formas nuevas, a veces más quebradas, más sombrías o más inciertas, pero no menos hondas. Sería apasionante escuchar en Perelada cómo ese espacio y esa atmósfera reciben a Pärt, a Lauridsen, a Arnalds, a Whitacre… incluso a páginas donde la trascendencia ya no se afirma desde la fe doctrinal, sino desde la herida, desde la duda o desde la memoria del desastre. La historia de lo sagrado en la música no termina en un periodo concreto, y un festival con la inteligencia de este podría convertir esa ampliación en una verdadera línea de pensamiento.
Porque eso es, en el fondo, lo más valioso de la Pascua de Perelada. Programa conciertos y, al mismo tiempo, propone una forma de tiempo. Un tiempo más lento, más atento, menos sometido a la tiranía de la novedad y del rendimiento. Un tiempo en el que la música vuelve a ser estancia, respiración, permanencia. Hay lugares donde las obras se interpretan. Y hay otros, mucho más raros e interesantes, donde las obras parecen encontrar por fin el ámbito para el que fueron soñadas. Perelada pertenece a esta segunda categoría. Press-Music volverá cada año con entusiasmo, y también con gratitud, a ese recinto donde la escucha aún conserva algo de ceremonia, donde la belleza no necesita imponerse porque simplemente comparece, y donde durante unos días el mundo parece recordar, en voz baja, que todavía es posible vivir de una manera más honda, más grave y más verdadera.

