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Génisson Y La Elegancia Francesa

Génisson y la elegancia francesa

ISRAEL DAVID MARTÍNEZ     JUN. 23, 2026 (Fotos: ©Rosella Mele)

La noche del 21 de junio de 2026, el Parco delle Mura “Ornella Pancirolli” de Trequanda acogió una velada sugerente. Bajo el evocador título Midnight in Paris, la Orquesta de Cuerdas de Milano Classica y el clarinetista francés Pierre Génisson propusieron un recorrido por distintos paisajes de la sensibilidad musical francesa y francoamericana del siglo XX. Un programa concebido como un viaje estilístico y emocional cuyo auténtico centro de gravedad terminó siendo la extraordinaria personalidad artística del solista.

Pierre Génisson pertenece a esa selecta estirpe de instrumentistas cuya excelencia técnica ha alcanzado tal grado de integración con el discurso musical que acaba desapareciendo de la percepción del oyente. Todo en su arte parece surgir con una naturalidad desarmante. Heredero de la gran escuela francesa del clarinete y formado junto a figuras legendarias como Michel Arrignon, Génisson ha construido una carrera internacional sustentada sobre un ideal sonoro de rara perfección: emisión impecable, homogeneidad absoluta en todos los registros, refinamiento tímbrico y una capacidad expresiva que transforma cada frase en una experiencia profundamente humana. Lo verdaderamente excepcional en su interpretación reside en la cualidad vocal de su sonido. Cada línea melódica adquiere la flexibilidad del lenguaje hablado; cada matiz dinámico encuentra una justificación expresiva; cada respiración participa de la arquitectura global del discurso. En tiempos donde el virtuosismo suele confundirse con la velocidad o la exhibición, Génisson recuerda que la verdadera grandeza interpretativa nace de la capacidad de dotar de sentido a cada nota.

La velada se abrió con A New Satiesfaction, recreación de la célebre Gymnopédie n.º 1 de Erik Satie realizada por Koncz. El arreglo, imaginativo y elegante, preserva la atmósfera suspendida del original mientras la proyecta hacia nuevos espacios tímbricos. La escritura para cuerda permitió que la característica inmovilidad armónica de Satie adquiriera una dimensión casi cinematográfica, generando un sugestivo umbral para el resto del programa.

El Tema y variaciones para clarinete y cuerdas de Jean Françaix ocupó el segundo lugar de la noche. Compuesta originalmente para clarinete y piano en 1974 y posteriormente revisada por el propio compositor, la obra constituye un ejemplo paradigmático de la estética neoclásica francesa de posguerra: ingenio, transparencia formal, brillantez instrumental y una elegancia siempre controlada. Sin embargo, más allá de su impecable factura artesanal, la partitura apenas trasciende el ámbito de la música de agradable consumo cultural. Su discurso evita cualquier conflicto expresivo profundo y rara vez alcanza la densidad poética presente en las grandes contribuciones del siglo XX al repertorio del clarinete. La inteligencia musical de Génisson consiguió insuflar interés y relieve a una obra cuyo principal valor reside precisamente en ofrecer al intérprete un espacio para desplegar imaginación, estilo y sofisticación sonora.

La culminación artística de la noche llegó con Un americano en París de George Gershwin en el brillante arreglo de Michele Mangani. Aquí confluyeron todos los atributos que distinguen al clarinetista francés: libertad expresiva, elegancia estilística, dominio absoluto del color y una comprensión intuitiva del lenguaje gershwiniano. Génisson transitó con asombrosa fluidez entre la tradición clásica europea y los ecos jazzísticos que impregnan la partitura, desplegando un fraseo de extraordinaria naturalidad. Cada intervención parecía surgir espontáneamente, como si la música se estuviera inventando en el mismo instante de la ejecución. Fue una interpretación sencillamente memorable, capaz de reconciliar virtuosismo, emoción y autenticidad en una síntesis de altísimo nivel artístico.

La segunda parte estuvo dedicada al Cuarteto en Fa mayor de Maurice Ravel en la versión para orquesta de cuerdas realizada por el Cuarteto Indaco. La propuesta plantea una cuestión fundamental acerca del sentido mismo de la transcripción. El cuarteto original constituye una de las cimas absolutas de la literatura camerística, una obra cuya perfección formal y equilibrio tímbrico alcanzan una rara condición de inevitabilidad estética. Cualquier ampliación de plantilla exige, por tanto, la construcción de una nueva perspectiva sonora capaz de justificar su existencia. En esta ocasión, dicha transformación nunca terminó de materializarse plenamente. La ampliación de efectivos no produjo una expansión significativa de las posibilidades expresivas ni una relectura particularmente reveladora de la partitura. La transparencia contrapuntística característica de Ravel perdió definición en algunos pasajes y determinados desajustes afectaron a la cohesión del conjunto. El resultado sonoro permaneció sorprendentemente próximo al universo camerístico original sin alcanzar, al mismo tiempo, la espectacularidad tímbrica que podría esperarse de una formación orquestal más amplia. La impresión final fue la de una obra maestra contemplada a través de un prisma que añadía dimensiones cuantitativas, pero escasas transformaciones cualitativas.

Dentro de la orquesta merecen especial reconocimiento la elegancia y autoridad musical de Eleonora Matsuno como concertino, la solidez de Ida Di Vita, la nobleza sonora de Jamiang Santi en la viola principal y, de manera muy particular, el extraordinario trabajo de Cosimo Carovani, cuya calidad instrumental destacó constantemente por la belleza de la emisión y la profundidad de su musicalidad.

Y, como ya es habitual cuando hablo de Milano Classica, me resulta imposible cerrar esta reseña sin mencionar a Elena Favilla. Su simpatía, experiencia, cercanía y capacidad para conectar con el público constituyen una parte esencial de la identidad artística de esta formación. Ella posee el raro don de convertir cada concierto en una experiencia compartida. Su presencia es para el que escribe, sencillamente, una luz resplandeciente que ilumina la vida musical de quienes la rodean.

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