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La Soledad. Amor Sin Amor

La soledad. Amor sin amor

JOSÉ MARÍA GÁLVEZ / Fotos: Javier del Real

Programa doble, o triple, entre el 17 y el 28 de marzo en el Teatro Real. Dos, o tres, monodramas protagonizados por la mujer, la mujer siempre distinta y siempre única frente al amor y la soledad que trae el no tenerlo.

Dos monodramas de gran factura, estrenados con una diferencia de treinta y cinco años y de dos estilos contrapuestos lo que no impide que su escucha consecutiva sea de lo más afortunado.

El amor. Eterno retorno

La voix humaine, FP 171” de 1958 de Francis Poulenc (1899-1963) y libreto de Jean Cocteau (1889-1963) abre el programa y “Erwartung, Op. 17”de 1909 de Arnold Schönberg (1874-1951) y libreto de Marie Pappenheim (1882-1966) lo cierra. Como intermedio se ofrece una pieza denominada exploración poética y teatral de Rossy de Palma y Christof Loy titulada “Silencio”.

Cuando Francis Poulenc escribe y estrena “La voix humaine, FP 171” habían transcurrido 7 años desde la muerte de Arnold Schönberg y casi 50 del estreno de “Erwartung”, años en los que en Europa se escuchaba “Gesang der Jünglinge” de Karlheinz Stockhausen (1928-2007), “Metastasis” de Iannis Xenakis (1922-2001), “Le marteau sans maître” de Pierre Boulez (1925-2016) o “Móvil I” de nuestro Luis de Pablo Costales (1930-2021) y en América “Music of Changes” o “Radio music” de John Cage (1912-1992) u “Horizontes” de Julián Carrillo (1875-1965) entre otras muchas. Es evidente que Poulenc no estaba musicalmente en el presente, como podía ocurrirle a su compatriota Darius Milhaud (1892-1974) o al resto del grupo que se dio en denominar Les Six, herederos de un pasado reciente glorioso pero que los vaivenes de la Europa de la primera mitad del siglo XX habían dejado muy lejano. En contra de lo esperable, en cambio, la música de Poulenc no es anacrónica y el libreto de Cocteau aún más actual por atemporal que muchos de los que emanaban de la realidad. Atemporal, pero en el momento justo, porque ¿qué monodrama sería esta Voz Humana en un mundo de emoticonos vacíos como el actual?. Mejor no responder.

En 1909, medio siglo antes, Arnold Schönberg presenta “Erwartung, Op. 17” todo un experimento sonoro que si bien ya se vislumbraba en las “Fünf Orchesterstücke, Op. 16” de ese mismo año, en la siguiente obra de la que hoy somos testigos la escritura orquestal acompaña, envuelve y arroja sobre el oyente el drama que vive y comparte la protagonista, una mujer sin nombre, una soprano con una capacidad dramática encomiable, con dominio de los graves y registros medios sin vacilaciones para alcanzar en grandes saltos interválicos los registros más agudos de su instrumento, instrumento que es la voz, la voz del drama, ficticio y brumoso primero, real después y alucinado y paranoico finalmente. La escritura abría puertas desconocidas en su momento, atonal o politonal si se prefiere, en continua variación, sin tema reconocible que sirva de conductor, pero profundamente arraigada en la tradición centroeuropea, en la tradición vienesa, sutil antesala del expresionismo que se desarrollará en años posteriores. La línea vocal no es aún el sprechgesang que domina “Pierrot lunaire, Op. 21” solo dos años después, sino canto en continua exploración sin concesiones a nada que se parezca al bel canto, lo que hace extremadamente difícil su interpretación pero impresionantemente bello el resultado.

Agridulce escenografía

El Teatro Real ofrece una nueva producción en coproducción con Teatr Wielki de Varsovia (de la Ópera Nacional Polaca), con la que ya trabajó la producción de “La pasajera, Op. 97” (1968) de Mieczysław Weinberg (1919-1996), en la que la dirección de escena recae en Christof Loy junto a la escenógrafa extremeña Guadalupe Holguera.

Nos encontramos ante dos obras que son protagonizadas por sendas mujeres heridas por el amor que no está ni estará. En el caso de Poulenc, con libreto de Jean Cocteau, la acción se desarrolla en la vivienda de ella a través de una conversación telefónica, conversación fingida porque nosotros solo conoceremos la parte de ella, el monólogo de ella, en el que incluso con beneplácito asume la culpa de haber sido la causante de la separación, la causante de que la otra punta de la línea tenga otro amor, pero incapaz de asumir que eso significa la ruptura completa, la partición de una yema que germinará aparte, el amor incondicional que ella le profesa le lleva a la humillación y al fallido suicidio. En Schönberg la mujer desespera ante la ausencia del amado y sospecha, duda, culpa, pero nunca a si misma, sino a ese hombre que le ha sido infiel, primero con sus delirios y después con el abrazo de la eterna amante, la muerte.

La escena en La voix se desarrolla en la casa, dormitorio, estancia de la mujer, donde el teléfono, la cama y los paseos sin norte tienen todo el protagonismo escénico en el libreto. La escenografía ideada por Loy es austera pero efectiva y acertada, a excepción del uso de una figurante, en este caso Rossy de Palma, que se dedica a pasear y hacer constar su presencia no siendo nada que añada al sentido de la obra, ni al libreto ni a la representación.

En Erwartung el divorcio entre la escenografía y el libreto es evidente aunque se plantee aquella desde el punto de vista del subconsciente, tan de boga en la Viena de Sigmund Freud (1856-1939). Christof Loy plantea un híbrido entre el dormitorio de la mujer que espera y el bosque al que nos traslada el libreto hasta que en la escena cuarta se adentra en la casa al que uno de los caminos del bosque le llevará, pero desde la que volverá al bosque inmediatamente. Nada de esto, y menos su relación con el cuerpo, se consigue con la escenografía ni con la participación del actor madrileño Gorka Culebras como muerto campante. 

Jaho y Byström

Las dos obras representadas al principio y al final de estas veladas, en medio estaría la pieza caprichosa de Rossy de Palma y Christof Loy para deleite de sus fans y alargamiento de la duración, tuvieron como protagonistas indiscutibles a dos sopranos de talla.

La albanesa Ermonela Jaho, encargada de dar vida a la mujer en la tragedia lírica de Poulenc, profesional en la escena y en el canto teje con seguridad un papel donde delicadeza y dolor lacerante se entremezclan y ofrecen con la misma intensidad, creciente a lo largo de los cuarenta minutos de la obra.

Mientras que la sueca Malin Byström se mueve en un registro con la región grave media muy robusta y potente, limpia aunque áspera cuando tiene que serlo y sin dificultad para los grandes saltos interválicos y de carácter que Schönberg exige. Byström ha crecido desde que hace 5 años la escucháramos en “Capriccio” de Richard Strauss (1864-1949) curiosamente acompañada en escena por Christof Loy como ahora, pero con evolución dispar para el escenógrafo. La soprano sueca consigue hacer olvidar que nos encontramos ante una soprano y no ante un todoterreno que es capaz de pisar dos terrenos distintos a la vez y mantenerse en pie y firme.

Orquesta al completo y con acordeón.

La intervención de la Orquesta Titular del Teatro Real fue correcta en el caso de Poulenc, con buen sonido y acompañamiento vivo a la voz pero sin las reminiscencias francesas que destila la música del compositor francés. En cambio la orquesta brilló con la partitura schönbergiana, fluida y llena de aristas, poliédrica y politonal, en las manos del director Jérémie Rhorer, que tuvo que encajar el regalo de introducir y dirigir, poco pero algo al fin, en la así llamada exploración poética y teatral “Silencio” (nada que ver con John Cage) de Rossy de Palma y Christof Loy, que sirve para lucimiento de su coautora y del acordeonista Teodor Martinov, despertando, como he dicho anteriormente, el entusiasmo de los fans de la actriz.

Más información:

https://www.teatroreal.es/es

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