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Mitridate. La Audacia De Un Adolescente

Mitridate. La audacia de un adolescente

JOSÉ MARÍA GÁLVEZ     ABR. 2, 2025 / Fotos: © Monika Rittershaus

Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791) escribió a la edad de 14 años su quinta ópera, “Mitridate. Re di Ponto, K.87/74a” donde despliega su arte temprano, lejos aún de las grandes obras de madurez pero superior a muchos que quedarán lejos de escribir como este niño en todos los años de su vida. La destreza, imaginación, musicalidad y audacia que derrocha el joven Wolfgang se arroja al escenario desde el foso y desde la propia escena desde la Sinfonía u Obertura de inicio hasta el quinteto que cierra la ópera.

Claus Guth

Mitridate”, es una ópera seria sobre tema serio, el del sometimiento de los pequeños pueblos ante el imperio, en este caso el romano. El libreto escrito por Vittorio Amadeo Cigna-Santi (1728-1799) se basa en la obra “Mithridate” de Jean Racine (1639-1699), escrita 97 años antes que la obra mozartiana. Ópera que escénicamente puede tender al estatismo, sin esperar grandes alardes hasta que Claus Guth pone en pie toda una propuesta que trata con naturalidad la coexistencia entre un mundo familiar, de saga, realista, donde se pueden dar las situaciones de engaño, cobardía, infidelidad y traición que padre e hijos, examante y novia, tejen en paralelo a la dignidad frente al opresor paternalista del imperio, y un mundo onírico, abstracto, minimalista, que deja desnuda la piel del alma. Este contraste funciona a la perfección, dinamiza la escena y diferencia entre arias y recitativos de un carácter u otro. La dirección de escena de Claus Guth no va contra la música, dificultando a los propios cantantes o entorpeciendo la deseable audición al público como tantas veces ha pasado en estas tablas, sino que la acompaña, la coloca como protagonista, aunque de eso ya se ocupó Mozart al escribirla. Se integra la escenografía de Christian Schmidt, al que ya hemos visto en los últimos años sobre la escena del Real y la iluminación de Olaf Winter. Terna que ha trabajado conjuntamente en varias de las últimas producciones del Teatro Real, no siempre con la fortuna que han mostrado en esta última ocasión. 

Mitridates VI quería impedir el dominio de la hegemónica República romana y morir con dignidad en la guerra contra Roma, lo que lleva a cabo suicidándose, por sugerencias de su hijo Farnaces II, tras la derrota contra Cneo Pompeyo Magno, también conocido como Pompeyo el Grande. Poco se trata en el libreto de Vittorio Amadeo Cigna-Santi la pugna continua contra Roma mas que en algunas pinceladas que ponen en situación el contexto histórico. En cambio, el monarca del Reino del Ponto se pasa toda la ópera en las intrigas contra su pareja y sus hijos, para resolverse de forma feliz en la última escena. La realidad es que las intrigas existieron desde su niñez, cuando su madre Laódice IV heredó el reino y los complots de su hermano y su madre le hacen huir, regresando posteriormente para deponerlos y encarcelarlos. Vida llena de intrigas que no acabarán hasta que su hijo Farnaces le obliga a suicidarse para heredar él el trono.

La esencia de lo anterior es captada por Claus Guth y consigue, en lo escenográfico, que el espectador sienta esa angustia que la duda y el recelo siembra en los personajes. También es de efecto como viva representación del estado de ánimo y de los sentimientos de los personajes, cual viaje astral alrededor de sus humores, que 12 bailarines desdoblen en varios pliegues a la familia de Mitridate y sus invitados. Todo ello con coreografía de Sommer Ulrickson.

Segundo reparto con primeras voces

A la cabeza del reparto, como papel del patriarca, del Rey, querido y envidiado y vuelto a querer, se encuentra el tenor surafricano Siyabonga Maqungo, de gran presencia física y no siempre de pareja voz, pero que defiende su papel con dignidad, imprimiendo el carácter amargo que domina al rey, pero con lágrimas de dignidad que lo mantienen a salvo. Su prometida, de nombre Aspasia, novia, viuda antes que esposa, vedova pria che sposa, como dice en el recitativo de la escena segunda del primer acto, corre a cargo de la soprano maña Ruth Iniesta, que con una excelente presencia escénica dio más valor a su notable canto, de línea suave, conocedora de su instrumento nos ofreció lo mejor de él, como en la cavatina de la escena cuarta del tercer acto. Junto a ella -y en más de un sentido- estuvo Sifare, hijo del rey del Ponto, en la bellísima voz de Vanessa Goikoetxea. Esta soprano vizcaína, de nacimiento norteamericana -ya se sabe que los vascos nacen donde quieren- demostró que sabe imprimir firmeza con la misma fortuna que es capaz de dialogar de manera íntima con una trompa natural sobre el escenario, como ocurre en el aria Lungi da te mio bene, de la escena séptima del acto II. Además de una muy afortunada escenificación de su personaje. El otro hijo, el hermano de Sifare es Farnace, que sería fuera de la ficción el siguiente Re di Ponto, y pactó con Roma, con ese Capitolio ante el que nunca cederían: non si ceda al campidoglio. Una paz tramposa, solo para recomponer a su ejército, lo que no sirvió más que para traer más muerte, así como su padre murió a manos de Pompeyo, Farnace cayó ante Julio César. Su vida interesó a músicos de la talla de Leonardo Vinci (1690-1730), cuya ópera “Farnace” fue compuesta en 1724, o el “Farnace, RV 711-G” escrita en 1727 por Antonio Vivaldi (1678-1741) o la del Maestro de la Capilla Real de Madrid, Francesco Corselli (1705-1778) homónima de las anteriores y estrenada esta última en 1739 en el Real Coliseo del Buen Retiro. Este Farnace cobró vida gracias al contratenor británico Tim Mead, que luce un muy correcto instrumento en la sección central, perdiendo matices y seguridad en las regiones extremas. Escénicamente no terminaba de definir su papel, dando la sensación de plato a medio hacer. El siguiente personaje que brilla con luz propia es Ismene, producto de la imaginación del libretista Vittorio Amadeo Cigna-Santi, pues no aparecía en el original de Jean Racine. Sabina Puértolas, soprano navarra que con el tiempo ha engrandecido su voz, más en timbre y fraseo que en volumen, como pone de manifiesto a lo largo del drama en arias como In faccia all’oggetto de la escena decimoprimera del primer acto. Cierran el elenco vocal, que no el teatral, los papeles de Marzio y de Arbate, estando el primero a cargo del tenor oscense Jorge Franco, que en su corto papel nos regala una grata interpretación, no pudiendo afirmar lo mismo del contratenor croata Franko Klisović, que a pesar de su divertida escenografía y buena presencia no siempre su instrumento es el más apropiado para Arbate. No se puede olvidar al personaje sin voz que se incluye en esta puesta en escena: el mayordomo, representado por el actor José Luis Mosquera, auténtico hilo conductor de no pocas secuencias de la ópera.

La despedida

Ivor Bolton se despide de la titularidad musical que ha desempeñado en los últimos años ante la Orquesta Titular del Teatro Real, y lo hace como nos ha enseñado a lo largo de muchas representaciones. De forma artesana, conocedor del estilo, huidizo de efectos que no aportan. Lo hizo como el druida que con el dibujo de sus dedos en el aire va sacando de la partitura que descansa ante él un cuerpo etéreo que llena el espacio de forma natural y envuelve al público en un Mozart casi adolescente que lo levantará al final para una gran ovación a cantantes, orquesta y director.

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