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Oh, Maravilloso Mundo Feliz

Oh, maravilloso mundo feliz

© A. Bofill

JAIME BERMÚDEZ ESCAMILLA    OCT. 11, 2019

Cualquier empuje artístico bajo el mandato de abrir camino tendrá necesariamente que hacer frente al estático reproche del purismo. Del mismo modo, cualquier intento de preservar intacto el resplandor de un glorioso pasado en tiempo de cambio es fruto de una melancolía infértil. Este pensamiento debió de guiar la mano de Puccini durante la creación de su testamento cuando, consciente de su papel como último heraldo de la tradición italiana, quiso capturar el signo de su tiempo. Esa misma intención marca las celebraciones del vigésimo aniversario de la reapertura del Gran Teatro del Liceu, recuperando la obra inaugural de entonces en una nueva producción que supone el debut operístico de Franc Aleu en la dirección de escena. Una producción que alterna cotas de angustioso dramatismo y de delicada belleza. Dramatismo en la ferocidad de concertantesencrespados de movimiento impulsivo, en un caos ordenado que se arremolina para el gran final. Belleza en el mesmerismo de la invocación a la luna, o en el triste padecimiento de la joven Liú.

Aquellos asistentes a esta segunda noche que hubiesen acudido a los periódicos en busca de validación para la inversión realizada, esperarían expectantes el aria de salida de Iréne Theorin. La soprano sueca, arrebatada por la fuerza irrefrenable del dramatismo de su personaje, incidía en el sobreagudo con violencia hasta quebrarlo. Fue en el dueto final donde consiguió dominar su propia inercia, asestando las tres pruebas con las punzadas de sus certeros agudos y su exánime pianissimo. A la llegada del huérfano acto final, la soprano sueca supo encontrar en la derrota una calidez febril de una nueva profundidad. Al reverso de la pareja protagonista, Jorge de León hizo gala de una capacidad de proyección muy holgada, y del color galante que requiere el embelesado personaje. Con la pequeña salvedad del inicio, donde le fue difícil contener su ímpetu, el segundo acto fue de una precisión matemática. Llegado el momento del gran reclamo de la obra, el tenor acudió al rubor de una lírica de líquido rubato, cosechando el pertinente aplauso. La raíz belcantista del compositor toscano encontró a sus mensajeros en las voces del bajo Alexander Vinogradov, de tremolada redondez, y de Ermonela Jaho. La soprano albana recibió la gran ovación de la noche con un lirismo delicado, si bien enérgico. Con la frágil calidez de su pianissimo, Jaho cubrió de unsuave ungüento suSignore, escolta. Las líneas finales de la soprano dibujaron volutas nubosas sobre los últimos compases que escribió Puccini. Por su parte el trío cómico de Marsol, Vas y Atxalandabaso, que se había fundido en un solo ente tímbrico durante el primer acto, perdió el equilibrio al inicio del segundo. De entre la desigualdad en la proyección salió a relucir sin embargo la melancólica ensoñación del barítono.

© A. Bofill

La visceral dirección de Josep Pons midió respetuosamente el pulso de la acción, estimulando la emoción del espectador hasta la extenuación. También hubo de rescatar alguna aventurada incursión a los confines del tempo producida sobre el escenario. Su dirección colorista desmembró la orquesta buscando la sugerente individualidad de los timbres, poniendo la dinámica al servicio del momentum. En esos espacios el coro del Gran Teatro del Liceu reclamó su papel como el octavo personaje. Bajo la dirección de Conxita Garcia, el coro hablaba con la ominosa voz de las masas, respaldado por la despersonalización de la acertada puesta en escena. En un ejemplo de innovación bien entendida, la dirección escénica de Franc Aleu compone una galería de estampas megalómanas de fuerza hierática, mágicamente revestidas por la luz de Marco Filibeck. Si la partitura de Puccini era reflejo de la obsolescencia de un tiempo empujado por nuevos pulsos, el escenógrafo parece buscar lo propio con su propuesta, clara deudora de la distopía de inspiración orwelliana. Probablemente aquellos que a la salida vilipendiaban el “despropósito” jamás lo habrían reconocido, pero la dirección de Aleu consigue ser fiel desde la ruptura. La puesta en escena translitera el libreto de Adami y Simoni con la impudorosa literalidad de sus metáforas visuales, donde astutamente Aleu se valió de su bagaje en el videoarte.

© A. Bofill

En esta nueva producción, a la que parece augurar un largo recorrido, Liú cobra relevancia como símbolo de la muerte de la razón, del sometimiento y de los efectos deshumanizantes del progreso mal entendido. El foco está puesto en nuestro contexto, trayendo a la palestra los peligros del totalitarismo, la necesidad de pertenencia y la admiración ciega por lo exuberante. Una visión comprometida y aperturista que marca el inicio de la tercera década del “inmortal” Liceu, que ya hace veinte años se sobrepuso a las llamas de aquel infortunio gracias a la princesa de hielo.

liceubarcelona.cat

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