Rigoletto ante el abismo del Sferisterio

ISRAEL DAVID MARTÍNEZ JUL. 26, 2025 (Fotos: Luna Simoncini)
Macerata no es solo una ciudad con historia sino también un enclave lírico que, verano tras verano, transforma su monumental Sferisterio en un laboratorio de ópera a cielo abierto. El Macerata Ópera Festival, en su 61.ª edición, ofreció una nueva oportunidad de escuchar Rigoletto de Verdi bajo las estrellas. La producción de Federico Grazzini, presentada anteriormente en 2015 y 2019, regresó al escenario con una familiaridad que no buscó reinventarse, dejando que fueran algunos aciertos vocales los que sostuvieran el pulso de la noche.
El Sferisterio, ese majestuoso coliseo del siglo XIX originalmente dedicado al juego del pallone col bracciale, es más que una localización. Su geometría austera y su acústica peculiar lo convierten en un escenario tan inspirador como exigente. Allí, donde la distancia entre artistas y público puede parecer insalvable, la ópera necesita proyectarse no solo con sonido sino con imaginación escénica.
La propuesta de Grazzini sitúa la acción en un parque de atracciones decadente, una metáfora visual del vacío moral en el que se mueve la corte del duque. La idea, aunque prometedora, quedó a medio camino. Las escenas se mostraron planas, los cuerpos apenas se desplazaban, y el espacio monumental del Sferisterio quedó desactivado por una dirección escénica que renunció a su potencia expansiva. La iluminación de Alessandro Verazzi y la escenografía de Andrea Belli intentaron llenar el vacío, pero sin conseguirlo del todo.
Musicalmente, Jordi Bernàcer aportó energía y pulso desde el podio. La Orchestra Filarmonica Marchigiana respondió con oficio, aunque el sonido no siempre alcanzó la plenitud deseada. Las cuerdas quedaron en ocasiones absorbidas por la amplitud del recinto, y los momentos más líricos exigieron un cuidado en la dinámica que no siempre se alcanzó. El trabajo del director fue evidente, su gesto generoso, pero los resultados fueron desiguales.
El reparto vocal ofreció claroscuros. Ruth Iniesta, como Gilda, fue sin duda lo más luminoso de la noche. Su canto fluido, emotivo y técnicamente sólido llenó el espacio con una frescura que contrastó con el tono general. Sus arias, en particular Caro nome, fueron recibidas con entusiasmo. Iniesta mostró sensibilidad, dominio del estilo y una presencia escénica natural.

Ivan Magrí, como Duca, ofreció una versión irregular. Su timbre no siempre se proyectó con seguridad y su fraseo fue desigual. Mostró momentos de intensidad pero también zonas de fatiga. Damiano Salerno, como Rigoletto, aportó entrega y honestidad escénica. Su interpretación fue más voluntariosa que refinada, aunque se agradece el compromiso con el personaje. Su voz no siempre mostró la flexibilidad deseada, pero construyó un bufón humano, herido, frágil.
Luca Parc cumplió como Sparafucile, con graves sólidos. Carlotta Vichi como Maddalena aportó el color justo en sus breves intervenciones. Aleksandra Meteleva, como Giovanna, completó el reparto con solvencia. El coro Lírico Marchigiano “Vincenzo Bellini” actuó con corrección, sin fisuras, aunque sin brillo particular.
En conjunto, esta reposición de Rigoletto no alcanzó la potencia dramática que su escenario y su historia prometían. El festival, sin embargo, sigue siendo un ejemplo de cómo la ópera puede seguir buscando nuevas formas de hablar al presente. A veces con aciertos, otras con titubeos, pero siempre con el deseo de que la música, incluso en la noche más inmóvil, siga respirando.
