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Una Viuda Elegante Bajo Las Estrellas De Macerata

Una viuda elegante bajo las estrellas de Macerata


ISRAEL DAVID MARTÍNEZ     28, JUL. 2025 (Fotos: Simoncini)

Una noche tibia de julio en el Sferisterio de Macerata puede transformarse en algo más que un simple evento operístico. Bajo su inmenso cielo abierto y sus columnas silenciosas, La Vedova Allegra de Franz Lehár volvió a escena el 27 de julio con una propuesta que, sin grandes alardes, supo complacer a un público dispuesto a dejarse llevar por el encanto melódico y la ligereza cómica de la opereta vienesa.

La nueva producción firmada por Arnaud Bernard -estreno en Macerata- encontró en el Sferisterio un espacio complejo pero hospitalario. Lejos de reinventar la obra, Bernard optó por una lectura directa, clara, sin aristas, donde la acción fluye con sencillez y eficacia. El resultado es una opereta clásica, funcional, elegante en su discreción, que permite que los intérpretes y la partitura respiren sin ser devorados por el espacio.

El elemento visual más celebrado fue, sin duda, el vestuario de Maria Carla Ricotti. Rico en texturas, detallado hasta la obsesión, con ecos art nouveau y una suntuosidad nada impostada, Ricotti consiguió lo que muchas puestas en escena no logran, es decir, dar coherencia estética a cada momento sin robar protagonismo a la música. En un escenario monumental como el Sferisterio, donde todo se amplifica, su trabajo ofreció una guía visual precisa, refinada y emocionalmente sugestiva.

Mihaela Marcu encarnó a Hanna Glawari con nobleza vocal y presencia segura. Su interpretación creció en el transcurso de la velada, mostrando un fraseo elegante y una expresividad sobria. Alessandro Scotto di Luzio fue un Danilo correcto, con timbre claro y dicción cuidada, especialmente en los dúos más íntimos. Cristin Arsenova aportó vivacidad a Valencienne, mientras que Alberto Petricca como Zeta sostuvo la comedia con profesionalidad. El conjunto vocal funcionó, sin sobresaltos ni momentos memorables, pero con unidad de criterio.

Marco Alibrando dirigió con gesto claro a la Orchestra Filarmonica Marchigiana. Su aproximación fue refinada, con atención a las dinámicas y a los planos instrumentales. Sin embargo, algunos tempos excesivamente lentos restaron ligereza a ciertos números clave, diluyendo la chispa rítmica tan necesaria en Lehár. La amplificación parcial de las voces en los diálogos, ausente en los momentos cantados, generó una disonancia que interfirió sutilmente con la experiencia auditiva.

La velada se vio interrumpida brevemente a falta de apenas quince minutos por una ligera llovizna inesperada. Huelga decir que fue un incidente menor, pero significativo tras la polémica cancelación de Macbeth la noche anterior, cuando el público esperó más de dos horas y media bajo la lluvia sin una resolución clara por parte del festival. En este contexto, la breve pausa de La Vedova Allegra se vivió con un nerviosismo contenido, pero terminó resolviéndose sin mayores consecuencias.

El público, que llenó las gradas del Sferisterio con entusiasmo, respondió con aplausos generosos a lo largo de las más de tres horas de representación. Fue una ovación más agradecida que apasionada, una señal de aprobación a una producción que, sin revolucionar nada en absoluto, supo ofrecer una noche musical, visualmente atractiva y artísticamente coherente.

Así, entre paraguas timoratos al salir del recinto, La Vedova Allegra cerró con cierto estilo una jornada que recordó que la opereta, cuando se ejecuta con elegancia, puede seguir siendo una fórmula eficaz incluso en escenarios tan imponentes como este. El Sferisterio, una vez más, volvió a ser protagonista silencioso de una noche de música bajo las estrellas.

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