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Una Isolde Para La Historia En El Liceu

Una Isolde para la historia en el Liceu

ISRAEL DAVID MARTÍNEZ     ENE. 14, 2026 (Fotos: ©Sergi Panizo)

El estreno de Tristan und Isolde de Richard Wagner en el Gran Teatre del Liceu el pasado 12 de enero de 2026 ha confirmado, por encima de cualquier debate escénico, que la obra sigue siendo un abismo emocional capaz de devorar al espectador cuando la interpretación musical alcanza el nivel de la gran tradición wagneriana. Y esta vez el centro de gravedad absoluto de la velada tuvo un nombre propio. Lise Davidsen firmó una Isolde sencillamente descomunal, una interpretación destinada a permanecer en la memoria del teatro durante décadas.

Desde su primera intervención quedó claro que no se trataba solo de potencia vocal, aunque esta sea imponente y de una amplitud casi arquitectónica. Davidsen posee una voz de una belleza poco común, homogénea en todos los registros, con un centro carnoso y luminoso, unos graves firmes y unos agudos que se expanden con naturalidad sin jamás endurecerse. Pero lo verdaderamente extraordinario fue su capacidad para habitar el personaje desde la palabra y el aliento, para transformar cada frase en una confesión íntima y cada estallido en una herida abierta. Su Isolde vive, ama y muere. No se impone, arrastra consigo al oyente hacia el núcleo mismo del deseo y la aniquilación. El Liebestod final, sostenido con una línea de canto de una pureza casi insoportable, alcanzó una dimensión metafísica que justificó por sí sola toda la representación. Pocas veces se ha escuchado en el Liceu una Isolde de esta altura artística, tan completa en lo vocal como en lo expresivo.

Frente a una protagonista de semejante calibre, Clay Hilley asumió el reto de Tristan con inteligencia y progresión. Su interpretación fue creciendo a lo largo de la velada, ganando cuerpo y proyección conforme la partitura avanza hacia territorios de mayor exigencia física y emocional. Si en los primeros compases se mostró prudente, el tercer acto reveló a un Tristan plenamente entregado, capaz de sostener la interminable agonía final con dignidad musical y una intensidad bien medida.

El resto del reparto contribuyó de forma decisiva a la solidez global de la función. Tomasz Konieczny construyó un Kurwenal de gran presencia escénica y nobleza vocal, Roger Padullés dotó a Melot de un perfil claro y eficaz, Ekaterina Gubanova ofreció una Brangäne musicalmente refinada y de hermoso fraseo. Mención especial merece Brindley Sherratt como el Rey Marke, cuya autoridad vocal y profundidad expresiva elevaron cada una de sus intervenciones, aportando una humanidad dolorida que resonó con especial fuerza en el segundo acto.

La orquesta del Liceu fue uno de los grandes pilares de la noche. El trabajo colectivo fue inmenso, sostenido por una pasión evidente por la partitura y una atención exquisita al color, a las dinámicas y a los infinitos matices del tejido wagneriano. El sonido alcanzó momentos de auténtica magnificencia, envolviendo la sala con una densidad sonora que nunca perdió transparencia.

En el podio, Susanna Mälkki ofreció una lectura correcta y fluida, pero en exceso orientada hacia el avance continuo. Su concepción privilegió el movimiento sobre la suspensión, el discurso sobre la herida. En una obra que exige detener el tiempo para explorar el dolor, el deseo y la espera, se echó en falta una mayor inmersión en los abismos emocionales que Wagner propone. Es una cuestión de madurez interpretativa que, sin duda, el tiempo y la experiencia pueden corregir.

La producción escénica de Bárbara Lluch resultó, sin embargo, el punto más débil de la velada. Sosa, previsible y de una pobreza conceptual llamativa para una obra de esta envergadura, no aportó una lectura significativa ni dialogó con la música. La iluminación de Urs Schönebaum fue especialmente desafortunada, llegando a resultar molesta para el público, mientras que el vestuario de Clara Peluffo despertó curiosidad sin terminar de construir un universo coherente.

A pesar de estas carencias escénicas, la función se impuso como una oportunidad excepcional para disfrutar del mejor Wagner. Y, sobre todo, como la consagración de una Isolde histórica. Por Lise Davidsen, y por la música cuando alcanza este nivel de verdad, la noche mereció plenamente ser vivida.

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