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Il Est Blessé, Il Est Vaincu…

Il est blessé, il est vaincu…

JOSÉ MARÍA GÁLVEZ     FEB. 5, 2026 (Fotos: Javier Del Real)

Con estas palabras define Ariadna a su recién esposado Barbazul después de conocer la verdad de su castillo, que también es la verdad de su vida, tras la boda. No son palabras que Charles Perrault (1628-1703) pusiera en boca de nuestra protagonista, sino de Maurice Maeterlinck (1862-1946), dramaturgo belga, que transformó profundamente la forma y el fondo del cuento con moraleja del siglo XVII, en un ensayo poético con profunda carga emocional y feminista, aunque ni el término, ni el concepto fueran coetáneos al libretista. Maeterlinck, que ganaría el Premio Nobel de Literatura en 1911, escribió el libreto de Ariane et Barbe-Bleue sin encargo previo, a partir del que buscó compositor. Para fortuna de todos, dicho compositor fue Paul Abraham Dukas o, más comúnmente, Paul Dukas (1865-1935), exigente e inconformista como pocos. Su catálogo está formado por una docena de obras vivas, pues poco antes de morir destruyó todo aquello que había escrito y no consideraba digno de su buen hacer para dejar como testimonio, tomando la sensata decisión de dejar con vida la partitura de Ariane et Barba-Bleue estrenada en 1907 en la Opéra-Comique de Paris.

Por momentos podemos sentir la sombra del Pelléas et Mélisande de Claude Debussy (1862-1918) sobrevolar la presente partitura, pero con la gran diferencia de que el Pelléas es ampliamente representado y Ariane está en el ámbito de lo desconocido para el público, De hecho, no se representaba en el Teatro Real desde febrero de 1913, en el curso de la sexagésimo tercera temporada del Coliseo madrileño. No se lo merece: Ciento trece años de ostracismo. La obra del galo está al nivel de las mejores de la época que le tocó vivir. De carácter oscuro, porque penetra en los pliegues de la conciencia, pero clara y luminosa, porque libera a la mujer asesinada y le revela su belleza, que no es siempre la exterior. El flujo continuo de emociones de un libreto en el que la acción es más interior que exterior, convierte a la obra en un gran fresco sinfónico-coral que mantiene al oyente en un viaje perpetuo. Un viaje que comienza con la venida, la llegada de los novios, que en esta producción se liga a un acierto pleno en la escenografía, y que finaliza con la ida, la marcha de Ariane y la nodriza por aquella puerta que deja entrar la luz del exterior, ese exterior al que, como en el ángel exterminador que retrató Luis Buñuel (1900-1983), las esposas malogradas no conseguirán salir jamás.

Ollé. La experiencia positiva

Un libreto como el de Ariane necesita de una escenografía que no cree mundos paralelos, sino que marque y potencie el universo de Maeterlink. Esta producción del Teatro Real juntamente con la Opéra National de Lyon, está a cargo del director de escena Àlex Ollé, que no olvida el laberinto en el que Ariadna extenderá su hilo para que otras hallen la salida y escapen de ese mundo de vejaciones y maltratos. La escena, con la liberación de las esposas previas de Barbazul, se hermana con la liberación de la mujer, liberación de dependencias vacuas, inútiles y supremacistas, tan necesario como delicado en un mundo en el que cada vez hay más barbazules. Tampoco olvida el castillo y sus estancias, en las que, como ocurre en muchas situaciones de la vida en las que la misma parte siempre acaba mal, las esposas de Barbazul encuentran seguridad y recogimiento, entregándose a ese opresor que dice ser su salvador y su seguridad, cuando únicamente es el tirano que las castiga al infierno. Ollé maneja con inteligencia material e ideas que dejan en primer plano las conciencias de los protagonistas, apoyándose en un equipo solvente como el escenógrafo Alfons Flores o el iluminador Urs Schönebaum, al cual hay que reconocerle un excelente trabajo lumínico. El trabajo del equipo es arriesgado, desde el mismo inicio con la proyección de un video, en el que somos viajeros que vuelven la mirada atrás cuando en su auto dejan el escenario anterior a su boda para implantarse en un terreno desconocido para la novia, hasta la pirámide de sillas y mesas del final del acto segundo, convirtiendo en funambulistas a Ariadna y a las cinco esposas encerradas en vida, metáfora de su huida sin fin que no lleva a ninguna parte.

Ariadna de principio a fin

El papel de Ariadna exige de una preparación vocal y psíquica de principio a fin. Se hace cargo del mismo la mezzosoprano irlandesa Paula Murrihy con una determinación y seguridad fuera de serie. Ariadna era ella. La firmeza en el cuerpo de su voz, la seguridad en la proyección, el acierto en el vibrato y la facilidad en la entonación las mantuvo a lo largo de las dos horas que se encuentra sobre las tablas. Su segunda, su Ama o Nodriza, con nombre propio aquí, Silvia Tro Santafé, la mezzosoprano valenciana, asienta en el ánimo y la conciencia el temor por la vuelta del tirano, por su venganza o su golpe directo. La musicalidad de la valenciana la hace digna pareja de Ariadna, formando un tándem escénico-musical con cuerpo propio en el escenario. Barbazul, ese tirano caprichoso, redundancia de tirano, que impone su voluntad hasta que el pueblo lo doblega, está en manos del bajo italiano Gianluca Buratto, que muestra una desenvoltura teatral que está a la par de su calidad en el registro que le toca y claridad de emisión y fraseo. Las esposas encarceladas tras la última puerta, aquella que recuerda a la desgracia del árbol del conocimiento del bien y del mal, son representadas por un afortunado plantel de voces de calidad que empastaron adecuadamente sobre la escena. Estas son la mezzosoprano francesa Aude Extrémo como Sélysette haciendo gala de un impecable instrumento, la soprano argentina Jaquelina Livieri, a la que recordamos como Gran Sacerdotisa en la Aida de la temporada 2022-2023, como Ygraine, la mezzosoprano norteamericana Renée Rapier como Bellangére y como Mélisande (curiosa resonancia del Pelléas debussiano) la soprano barcelonesa Maria Miró que vuelve a convencernos en una interpretación sin falla. Por último, tres papeles medianamente breves, pero no por ello poco musicales o prescindibles. Se tratan de tres campesinos, aquellos que representan al pueblo y que son capaces de enfrentarse al tirano a riesgo de morir en el intento. El bajo malagueño Luis López Navarro, el tenor José Ángel Florido y el bajo Nacho Ojeda, siendo estos dos últimos, miembros destacados del Coro Intermezzo, titular del Teatro Real, ofrecen una lectura más que acorde al papel desempeñado.

Steinberg un acierto en el foso

El veterano maestro israelí Pinchas Steinberg conduce con suma inteligencia voces e instrumentos, de tal manera que ambos planos colaboran en la construcción de la estructura sonora que da cobijo a la trama psicológica sin excesos pero sin desfallecimiento. La recuperación de este director después de dieciséis años desde la última vez que estuvo en el podio del Real, era más que necesaria. Bajo su mando, orquesta y coro nos han recordado aquello de N’entrez pas au château / Retournez / N’entrez pas! N’entrez pas!/ C’est la mort. Algo que más de uno se arrepentirá de no tomar en serio.

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