El Trovador: venganza cruzada
JOSÉ MARÍA GÁLVEZ JUL. 31, 2026 (Fotos: ©Javier Del Real)
Cierra la temporada el coliseo madrileño como ya lo hizo en la 2018-2019: con “Il trovatore” de Giuseppe Verdi (1813-1901). Misma producción y mismo conde de Luna en el reparto escuchado.
Amores, celos y venganza decía hace siete años, lo cual sigue siendo vigente, junto a odios ciegos siempre irracionales, de honda raíz que desconoce su origen, pero que perdura en el tiempo como cualquier lucha de clase mal disimulada por las apariencias. El poderoso tiene carta blanca y derecho de pernada.
En el libreto de Salvadore Cammarano (1801-1852) y de Leone Emanuele Bardare (1820-1874) esta es la base del drama que Verdi, a pesar de la estructura del propio libreto, o gracias a ello, construye musicalmente de forma magistral. El libreto se basa en el libro original de Antonio García Gutiérrez (1813-1884), un gaditano de hondo dominio sobre las letras, llegando a ser el libretista de zarzuelas como “El robo de la sabinas” de Francisco Asenjo Barbieri (1823-1894), estrenada en el Teatro de La Zarzuela en 1859, o “El grumete” de Emilio Arrieta (1821-1894) estrenada en el Teatro del Circo de Madrid en 1853.
El libro fija la acción en la España del siglo XV, aunque como tal no existía, tras la muerte de Martín I sin sucesor, ya que le había precedido en el viaje al más allá su hijo Martín el Joven, se promulgaron varios candidatos, entre ellos el hijo bastardo de Martín el Joven, es decir, el nieto bastardo Fadrique de Luna, el conde de Luna que partía con el beneplácito del papa Luna, Benedicto XIII, para el cargo de rey de Aragón. Este conde es uno de los puntales de la ópera verdiana. El otro, Manrico, representante de la facción Urgell en la sucesión que se cerró con el Compromiso de Caspe en 1412, creído hijo de una gitana y enamorado de la simpar Leonora, objeto de celos por parte del conde de Luna, se descubrirá, tras el degollamiento por parte del conde que eran hermanos, consumándose una venganza largamente esperada por parte de Azucena, la gitana.
EL CUBO Y LAS LLAMAS
La escena se reduce a un cubo vacío con algún ornamento o complemento circunstancial. Lejos de resultar insulsa, escasa o insustancial es altamente efectiva siendo el perfecto receptáculo de las emociones y del mundo interior, consciente y subconsciente de los personaje de la trama. Niños, gitanas y guadañas, todos ellos fantasmas o producto de la memoria de tiempos pasados, acompañan la narración, bajo una dirección escénica de Francisco Negrín, con escenografía y vestuario de Louis Desiré, que acierta en la atemporalidad de las prendas que no expulsan del contexto verdiano sino que lo hacen más imperecedero.
El tratamiento de los personajes huye de estereotipos del villano muy malo y del héroe muy héroe, y los humaniza per sin perder la esencia de lo que son. Eto hace más difícil la interpretación, porque siempre es más fácil escenificar las exageraciones o los estereotipos que la singularidades e, incluso, la normalidad.
A esta caracterización de las esencias de los personajes ayuda y resalta la iluminación, acertada dentro de la complejidad de la escenografía por aparentemente simple, de Bruno Poet, que hace un trabajo integrado entre escena y música.
En definitiva, aquella propuesta de 2019 sigue siendo efectiva siete años después, y sigue dando muestras de mostrar su potencial.
VOCES VIGOROSAS
El cuarteto formado por el conde de Luna, Leonora, Azucena y Manrico, columna vertebral del drama verdiano ha de ser de alto nivel y conocedores de papeles tan destacados. En la propuesta que presenta el Teatro Real como primer reparto se cumple satisfactoriamente.
Empezamos con las damas, que sin ellas no hay historia. Alrededor de Leonora se teje el relato de celos y envidias y en torno a Azucena, la desconfianza y la venganza. La lucha de clases en dos de sus niveles.
La soprano letona Marina Rebeka nos regala una Leonora llena de matices y brillantez. Agudos bien colocados y graves consistentes, tanto como el equilibrio entre el lirismo y el dramatismo que teje en la elaboración del personaje. Se hizo evidente esta calidad en “Tacea la notte placida” y sobre todo, suspendiendo la respiración del público, en “D’amor sull’ali rosee” del cuarto acto. Fue digna pareja en el juego de damas, la mezzosoprano uzbeka Ksenia Dudnikova que con instrumento robusto, dramático, sabe ofrecer y obtener matices de esa humanidad que asoma en su personaje y libra a Azucena de ser únicamente un ser desdichado por su origen y su pasado, que condiciona su futuro, coronando su actuación con el “egli era tuo fratello” que le dirige al conde de Luna y el “sei vendicata, o madre” al recuerdo de su madre asesinada, tras la muerte de Manrico a manos de su hermano. Dos voces de la antigua Unión Soviética que participan de las características de dicha escuela con color y robustez del cuerpo sonoro, a la vez que un lirismo cuidado coexiste con el drama impuesto.
Como conde de Luna el barítono polaco Artur Ruciński, al que ya se ha escuchado en diversos papeles verdianos en este Teatro. Garantía de interpretación correcta, no llega al nivel del trío restante pero alcanza momentos de reconocible admiración como la cavatina “Il balen del suo sorriso” del acto segundo. Manrico, su hermano raptado y contrincante político, social y amoroso, está representado por el tenor, también polaco, Piotr Beczała, brillando de forma poliédrica a lo largo de la interpretación. En matices, en color, cuerpo, que tienen especial recompensa para los oídos del aforo en arias como “A si, ben mio coll’essere” o el dúo “Di quella pira” con Leonora.
A destacar la Inés de la soprano granadina Rocío Faus, que sin ser un papel principal sabe poner en su sitio con oficio. Como Ferrando actuó el tercer polaco de la jornada, el bajo Krysztof Bączyk con una expresiva interpretaciónvocal y rayando lo didáctico en lo escénico. Dejo para el final las fugaces apariciones de voces tan gratas y bien puestas como las del tenor mexicano Fabián Lara como Ruíz y, del también tenor, granadino Moisés Marín, tan presente en este coliseo como poco aprovechado en papeles de más representación, salvando aquel alcalde corrupto que pudimos escuchar en “Enemigo del pueblo” de Francisco Coll García (1985) en la presente temporada.
ONICOLA LUISOTTI
La impronta de Luisotti se hace notar en la dirección del día a día con la orquesta y en lo verdiano se rebela un director con personalidad y capaz de trabajar una versión con cuerpo y rotundidad in que ello suponga detrimento alguno para las voces, tanto solistas como corales. Coro, eltitula del Teatro Real, que nos ofreció una noche más de las que nos tiene acostumbrados, con magistral uso de su herramienta, pero que sorprendentemente no estuvo en el saludo global tras la terminación de la obra.
Digno cierre de temporada sobre venganzas cruzadas.

