Guttman ilumina una velada de contrastes
ISRAEL DAVID MARTÍNEZ JUL. 31, 2026 (Fotos: ©Bernard Rosenberg)
La última comparecencia de la Brussels Chamber Orchestra en Pietrasanta in Concerto 2026 dejó una impresión desigual, marcada por un programa de notable eclecticismo cuya sucesión de obras dificultó encontrar un auténtico hilo discursivo. La convivencia entre Bach, Márquez, Bloch, Debussy, Bartók y Ravel podía haber dado lugar a un recorrido sugerente por distintas maneras de entender el color instrumental y la escritura concertante; sin embargo, la selección terminó transmitiendo una cierta sensación de discontinuidad. Un programa de concierto no constituye únicamente una suma de partituras, también construye un relato, propone una dirección estética y establece relaciones entre las obras. En esta ocasión, esa lógica resultó difícil de percibir.
La velada comenzó con el Concierto para violín y oboe BWV 1060R de Johann Sebastian Bach, interpretado por Philippe Graffin y Patricia Khachkalyan. Pese a la solvencia individual de ambos músicos, el diálogo entre los dos instrumentos no llegó a alcanzar la complicidad que exige esta partitura. La respiración común, la articulación del fraseo y la sensación de conversación permanente que constituyen la esencia del concierto permanecieron en un plano más correcto que verdaderamente inspirado, dando como resultado una lectura que nunca terminó de adquirir el relieve esperado.
El ambiente cambió de forma inmediata con el Danzón n.º 2 de Arturo Márquez. La orquesta encontró aquí una naturalidad expresiva muy superior, desplegando un sonido cálido, flexible y lleno de vitalidad rítmica. La escritura del compositor mexicano permitió apreciar la excelente cohesión del conjunto y confirmó, una vez más, la extraordinaria versatilidad de una formación capaz de adaptarse con idéntica convicción a lenguajes muy diversos.

El momento culminante del concierto llegó con Baal Shem de Ernest Bloch. Michael Guttman ofreció una interpretación de enorme profundidad expresiva, alejada de cualquier efectismo, construida desde la introspección y el control absoluto del discurso. La belleza de su sonido, la amplitud del arco, la nobleza del fraseo y la intensidad emocional con la que desarrolló cada una de las inflexiones de la obra convirtieron esta interpretación en el punto artístico más elevado de toda la velada. Fue una lectura de gran humanidad, capaz de transformar la escritura de Bloch en un auténtico relato espiritual.
También dejó una magnífica impresión Anneleen Lenaerts en las Danses de Claude Debussy para arpa y orquesta de cuerdas. La prestigiosa arpista belga desplegó una técnica deslumbrante puesta siempre al servicio de la música, con una sonoridad luminosa y un refinamiento tímbrico que dialogó con elegancia con el tejido orquestal. La transparencia de su interpretación permitió apreciar toda la riqueza armónica de una de las páginas más delicadas del repertorio para arpa.

La selección de los 44 dúos de Béla Bartók para dos violines y la versión para orquesta de cuerdas de Tzigane de Maurice Ravel —excelente arreglo de Mario Villuendas— condujeron el programa hacia un final de marcado virtuosismo antes del regreso a Bach con el Concierto para dos violines BWV 1043, cierre que reforzó todavía más la impresión de un itinerario concebido desde la yuxtaposición antes que desde una verdadera unidad conceptual.
Más allá de estas reservas sobre la concepción del programa, la Brussels Chamber Orchestra volvió a confirmar por qué constituye uno de los pilares artísticos de Pietrasanta in Concerto. Su compromiso, calidad sonora y capacidad de adaptación quedaron nuevamente fuera de toda duda en la que fue su última actuación del festival. Una despedida que invita, como cada verano, a esperar con interés el reencuentro con la formación residente en la próxima edición.


