Achúcarro en Torroella, memoria y fuego

ISRAEL DAVID MARTÍNEZ AGO. 17, 2025 (Fotos: Roger Lleixà/ Festival Torroella)
En Torroella el tiempo adquiere textura cuando Joaquín Achúcarro se sienta al piano. Regresó un verano más para celebrar el trigésimo quinto aniversario de su debut en el festival, aquel 7 de julio de 1990 que inició una fidelidad rara en la vida musical. Lo hizo con un recital que reunió a los compositores que han acompañado su travesía y con el gesto generoso de introducir cada bloque con breves palabras, no como erudición de museo sino como conversación con viejos amigos. La relación entre artista, lugar y público apareció entonces como un triángulo de confianza que explica por qué ciertas noches se guardan en la memoria.
El coral de Bach que abre camino con su melodía serena propuso una lección de respiración y transparencia. Achúcarro equilibra planos con una naturalidad que evita la retórica y deja oír el canto interior sin perder la firmeza del bajo. El ‘Adagio en si menor’ de Mozart prolongó ese clima con una gravitas íntima, minuciosa en la agógica, sin peso muerto en el pedal y con una melancolía que nunca se vuelve sentimentalismo. El Intermezzo en la menor de Brahms añadió una sombra de confidencia, piano de sala, voz baja que narra sin subrayado.
Chopin llegó en forma de tres preludios del Opus 28. El número 12 con su empuje de oleaje, el número 15 con la cadencia de la gota que todo lo impregna y el número 22 con una urgencia que Achúcarro maneja a fuerza de acentos internos y respiraciones microscópicas. Debussy trajo la ironía de la niebla que vela y desvela en Brouillards y la caricatura lúcida de Général Lavine, donde el pianista alternó la sonrisa con un control rítmico impecable. Gershwin sirvió de bisagra entre mundos con dos preludios convertidos en miniaturas de swing civilizado, fraseo elástico y pulso certero.

Mompou fue un hogar. Los preludios primero y noveno recordaron que el susurro puede decir más que el grito cuando hay oído para el silencio y sentido del timbre. Rachmaninoff reclamó músculo y cantabilidad, y obtuvo ambos. El ‘Preludio en sol sostenido menor del Opus 32’ y el célebre en ‘Do sostenido menor del Opus 3’ se alzaron sin grandilocuencia, sostenidos por una mano izquierda que respira y una derecha que canta con nobleza clásica. Albéniz, en el ‘Tango’ reimaginado por Godowsky, se volvió filigrana pianística antes de que Falla cerrara el arco con la ‘Danza ritual del fuego’, vigor controlado, artesanía de acentos, calor sin estridencia.
A sus noventa y dos años Achúcarro conserva lucidez, instinto teatral y una técnica depurada que se impone por economía de medios. Es verdad que al final asomó el cansancio, pero carece de relevancia frente al despliegue de musicalidad que había sostenido la velada. Más importante fue comprobar que la conexión con el festival sigue intacta, vínculo cultivado durante décadas y convertido en récord de permanencia en un mismo escenario.
Conviene reconocer la inteligencia curatorial de Montse Faura -directora artística- al propiciar encuentros que son, a la vez, homenaje y presente vivo. No se trata solo de celebrar efemérides. Se trata de afirmar una idea de festival que honra a quienes lo han hecho crecer y que devuelve al público el privilegio de escuchar a un maestro en su casa artística. En Torroella la música sonó como su propia historia. Y Achúcarro, una vez más, la escribió al piano.
