Memoria en resonancia

ISRAEL DAVID MARTÍNEZ AGO. 16, 2025 (Fotos: Roger Lleixà/ Festival de Torroella)
En el corazón del Festival de Torroella, la velada del 15 de agosto propuso un itinerario que trascendía lo puramente musical para adentrarse en los pliegues de la memoria y el porvenir de la tradición. La violonchelista Mariona Camats y el pianista Eudald Buch ofrecieron un concierto que, más allá de la interpretación de obras concretas, pareció reclamar la necesidad de reescuchar con atención los márgenes del repertorio y los vínculos sutiles entre las diferentes genealogías estéticas.
El programa se abrió con Josep Cercós, compositor que este año cumpliría cien años de su nacimiento y cuya música, aún insuficientemente difundida, conserva un misterio intelectual y expresivo de notable envergadura. En las Dues gloses per a violoncel i piano, la densidad armónica y el rigor estructural convivieron con un lirismo tenso, revelando un pensamiento que nunca se conformó con lo aparente. La posterior Courante de l’il·lusionista, más ligera y juguetona, no dejaba de esconder esa ironía especulativa que atraviesa la obra del barcelonés. En ambas partituras, Camats y Buch supieron articular con claridad la lógica de la escritura, aunque fue en el transcurso del concierto cuando su seguridad y complicidad alcanzaron mayor madurez interpretativa.
La presencia de Ravel, mediada por transcripciones para violonchelo y piano, ofreció un contraste evidente. La Vocalise-Étude en forme de Habanera y la Pavane pour une infante défunte desplegaron su seducción refinada, aunque el recurso a versiones adaptadas dejó entrever cierta limitación conceptual. Tal vez hubiera sido más fértil confrontar directamente al violonchelo con una obra original, como por ejemplo la Sonata de Debussy, por citar una sola.
La gran revelación de la velada fue la Sonata en Fa mayor de Juli Garreta, obra que condensa la tensión entre la herencia romántica y la aspiración mediterránea de claridad. El segundo movimiento, con su melodía casi suspendida, alcanzó una hondura que justificó por sí sola la programación. Camats, en particular, encontró aquí un vehículo idóneo para desplegar un fraseo noble y pleno, mientras Buch sostuvo con solidez la arquitectura armónica de una obra que exige concentración y resistencia.
Este concierto, más que un simple recorrido por partituras de épocas diversas, funcionó como una reflexión sobre la fragilidad y la permanencia del repertorio. Entre el rigor de Cercós, la sofisticación arreglada de Ravel y la fuerza lírica de Garreta, emergió el relato de una tradición catalana que no teme dialogar con lo universal. El debut de Mariona Camats en el festival, acompañado con acierto por Eudald Buch, dejó la impresión de que la música no solo se interpreta sino que se redescubre cada vez que alguien la ofrece con honestidad y convicción.
