Anduaga abre su Werther en el Liceu
ISRAEL DAVID MARTÍNEZ MAY. 8, 2026 (Fotos: ©Sergi Panizo)
Werther pertenece a esa estirpe de papeles que han servido para medir la temperatura espiritual de un tenor. Georges Thill le dio nobleza idiomática y una línea de canto casi escultórica. Tito Schipa lo acercó al arte del secreto, de la media voz, del acento suspendido. Alfredo Kraus lo convirtió en una cima de elegancia, control y desesperación contenida. Nicolai Gedda aportó claridad, estilo y una inteligencia musical cristalina. José Carreras encendió el personaje desde una juventud vocal abrasada. Plácido Domingo lo llevó hacia una densidad más carnal, más sombría. Roberto Alagna y Jonas Kaufmann, desde naturalezas opuestas, han prolongado la fascinación por una figura que todavía nos observa desde el borde del abismo romántico.
El papel exige una combinación rarísima de recursos. Hace falta legato francés, dicción trabajada, línea flexible, esmalte en el centro, expansión en el agudo y capacidad para sostener la emoción sin convertirla en desbordamiento vulgar. Werther vive siempre al límite de la combustión, aunque muchas de sus frases parezcan escritas para ser dichas en voz baja. El tenor debe sugerir fragilidad y arrebato, juventud y pensamiento, lirismo y pulsión de muerte. Cantarlo bien requiere técnica. Hacerlo creíble exige una forma de intemperie interior.

En su debut en el rol, el 4 de mayo de 2026 en el Gran Teatre del Liceu, Xabier Anduaga ofreció un Werther de consistencia considerable. La voz apareció generosa, franca, luminosa, con esa facilidad de emisión que en los grandes momentos permite que la música avance sin esfuerzo aparente. Pero lo más importante estuvo en la conexión constante con el personaje. Anduaga cantó desde dentro de la herida, atento al texto, al color de cada frase, a la respiración emocional de Massenet. Su Werther tuvo hondura, juventud, nobleza y una vulnerabilidad muy bien administrada.
El momento culminante llegó con «Pourquoi me réveiller». Anduaga lo abordó con una amplitud espectacular, con fraseo sostenido y un sentido poético de la progresión que evitó la mera exhibición tenoril. El aria creció como una llamarada cuidadosamente alimentada. Primero la evocación, luego el temblor, finalmente esa expansión donde el personaje parece descubrir que la belleza también puede conducir a la catástrofe. Fue una interpretación de gran impacto, cantada con voz importante y con una emoción que encontró su verdad en la línea musical.

Kristina Stanek compuso una Charlotte de gran entidad. Cantó con carácter, con una voz preciosa y bien asentada, y supo dar al personaje una mezcla persuasiva de firmeza, deber y desgarro. Su Charlotte tuvo peso dramático y una humanidad reconocible, lejos de cualquier rigidez decorativa. En los papeles secundarios destacaron David Oller como Albert, Cristòfol Romaguera como Bruhlmann, Stefano Palatchi como el alcalde, Josep Fadó como Schmidt, Enric Martínez-Castignani como Johann y Sofía Esparza como Sophie, todos integrados en una lectura musical dirigida por Henrik Nánási al frente de la Orquestra Simfònica del Gran Teatre del Liceu.

El vestuario de Robby Duiveman merece un elogio rotundo. Su belleza, su elegancia cromática y su capacidad para definir época, carácter y atmósfera lo sitúan entre los trabajos más hermosos vistos en el Liceu en los últimos años. La producción de Christof Loy, en cambio, resultó escénicamente devastadora por razones equivocadas. Una pared inmensa, una puerta y una obstinación visual convertida en penitencia. Durante casi tres horas, el drama quedó encerrado en una sequedad conceptual que confundía austeridad con profundidad. Esa gran pared horizontal que, según el planteamiento dramatúrgico pretende encerrar a los personajes y asfixiarlos emocionalmente, acaba asfixiando al espectador. Massenet pide penumbra moral, fiebre, naturaleza interior, aire para que el deseo respire antes de destruirse. La escena levantó un muro y permaneció mirándolo. La música abrío la carne. La producción la tapió.

