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Janine Jansen Devuelve A Vivaldi La Dimensión Del Asombro

Janine Jansen devuelve a Vivaldi la dimensión del asombro

ISRAEL DAVID MARTÍNEZ     MAY. 1, 2026 (Fotos: ©Toni Bofill)

Algunas interpretaciones no se limitan a renovar una obra, alteran nuestra forma de escucharla. Eso ocurrió con Janine Jansen en Le quattro stagioni, en el Palau de la Música Catalana, junto a la Camerata Salzburg y Gregory Ahss. Ante una partitura convertida tantas veces en emblema reconocible antes que en experiencia viva, la violinista neerlandesa impuso una lectura de una intensidad, una inteligencia y una libertad expresiva realmente excepcionales.

Desde la entrada de La primavera quedó claro que aquello no iba a ser una lectura complaciente ni ornamental. Jansen abordó Vivaldi desde un lugar profundamente humano, alejado de cualquier automatismo historicista o de la brillantez vacía que tantas veces acompaña estas obras. Su sonido posee algo extraordinariamente difícil de definir, una mezcla de vulnerabilidad y tensión interna que hace que cada frase parezca surgir en el instante mismo de ser pensada. Todo en su interpretación respiraba libertad. La flexibilidad del arco, la manera de retrasar mínimamente ciertas resoluciones, el modo en que dejaba suspendidos algunos silencios antes de volver a lanzarse hacia delante construían un discurso vivo, imprevisible y lleno de electricidad.

En L’estate alcanzó momentos de una intensidad casi insoportable. La tormenta final apareció como una acumulación progresiva de energía, una materia sonora al borde del desbordamiento. Jansen convirtió la escritura de Vivaldi en puro teatro físico. En L’autunno, por el contrario, dominó una vitalidad rítmica luminosa y terrenal, mientras que L’inverno encontró una profundidad emocional extraordinaria, construida desde la contención y una sensibilidad casi dolorosa en los pasajes más íntimos.

La compenetración entre Jansen y la Camerata Salzburg fue absolutamente excepcional. Más que una solista acompañada por una orquesta, lo que apareció sobre el escenario fue una comunidad musical que respiraba unida. La formación austríaca volvió a demostrar por qué sigue siendo una de las grandes referencias europeas en este repertorio. Quienes tenemos la fortuna de escucharla regularmente en la Mozartwoche sabemos hasta qué punto su sonido combina transparencia, refinamiento estilístico y una flexibilidad camerística admirable. Cada intervención surgía con naturalidad, sin rigidez, sin academicismo, siempre al servicio de una pulsación interna profundamente orgánica.

En este equilibrio tuvo un papel decisivo Gregory Ahss, magnífico violinista y director, cuya manera de conducir el conjunto desde el violín posee una elegancia poco frecuente. Ahss evita cualquier gesto autoritario y trabaja desde la escucha mutua, favoreciendo una circulación continua de energía entre atriles. Su liderazgo se percibe en la respiración colectiva, en la precisión de las dinámicas, en la extraordinaria cohesión del fraseo.

También merece destacarse el trabajo inmenso de Stefano Guarino en el primer violonchelo. Su sonido aportó densidad, profundidad y una nobleza expresiva fundamental para sostener la arquitectura emocional de toda la interpretación.

La primera parte del concierto resultó mucho más problemática. El Concerto per l’archi de Nino Rota dejó una impresión amable y curiosa, aunque escasamente trascendente. El estreno del Piccolo Concerto grosso, op. 87, de Richard Dubugnon no aportó absolutamente nada memorable y confirmó cierta tendencia contemporánea a la sofisticación superficial. La obra de Geminiani apareció desubicada dentro del conjunto del programa, insertada de forma poco natural.

Todo adquirió sentido cuando apareció Janine Jansen y su Vivaldi. Entonces el concierto dejó de ser una sucesión de obras para convertirse en algo mucho más raro y valioso, una auténtica experiencia artística.

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