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Serena Sáenz, El Vuelo Consciente

Serena Sáenz, el vuelo consciente


ISRAEL DAVID MARTÍNEZ     AGO. 15, 2025 (Fotos: Roger Fleixà/ Festival de Torroella)

El 14 de agosto, bajo la bóveda estival de Torroella, la soprano Serena Sáenz firmó un debut que confirma lo que algunos venimos observando desde hace tiempo. Su instrumento posee una combinación de pureza, esmalte y flexibilidad, y su técnica, asentada y silenciosa, permite que el color se despliegue sin esfuerzo aparente. Acompañada por la Orquesta Sinfónica del Vallés con Óliver Díaz en el podio, la velada titulada ‘Volar y soñar un viaje entre amores y destinos’ ofreció mucho de lo que promete el lema y también dejó materia para la reflexión.

El corazón del concierto fue la propia cantante. Sáenz mostró un control respiratorio que sostiene largas frases sin desdibujar el legato, una afinación escrupulosa y una dicción que confiere carnadura dramática incluso a los pasajes de puro virtuosismo. La voz asciende con naturalidad, no pierde la línea en el filado y conserva una paleta de medias voces que seduce por su limpieza. Hay inteligencia en cada cesura, en cada transición dinámica, en la manera de graduar el brillo sin confundirlo con el volumen.

La arquitectura del programa, con todo, resultó desconcertante. La segunda parte reunió Mozart con el aria ‘Ach, ich liebte’ de ‘El rapto del serrallo,’ Donizetti con ‘Salut à la France’ de ‘La fille du régiment’ y Verdi, un bloque de repertorio teatral que por densidad retórica habría funcionado mejor como apertura. El conjunto de canciones y arias que orbitan el universo del disco ‘Birds’ de la propia soprano, con Granados y su ‘Quejas o la maja y el ruiseñor’, Saint-Saëns, Gounod con ‘O légère hirondelle’ de ‘Mireille’, Braunfels y Offenbach con ‘Les oiseaux dans la charmille’, pedía el espacio de una segunda parte para desplegar con calma sus atmósferas. Invertir ese orden generó la sensación de una narrativa volteada, como si el concierto hubiese colocado el clímax antes de preparar del todo el camino.

En el capítulo orquestal hubo corrección, aunque el número de piezas sinfónicas intercaladas terminó por parecer muy excesivo. El público había acudido sobre todo para escuchar a Sáenz y la acumulación de oberturas o interludios, sin especial relieve interpretativo, ralentizó la dramaturgia de la noche. Óliver Díaz optó por un acompañamiento que no entorpeció, atento a la respiración de la solista y cuidadoso con los balances, pero sin suficiente perfil propio como para justificar tanta presencia instrumental autónoma.

Hubo, en cambio, una decisión de programación que conviene subrayar. ‘È strano… Sempre libera’ se escuchó con el inconfundible aire de pieza en tránsito, ese lugar intermedio en el que una soprano prueba su traje de escena ante un público atento. Sáenz debutará el 21 de agosto de 2025 ese rol en Copenhague en versión de concierto y lo que aquí se presentó fue una promesa verosímil de triunfo. La agilidad se mantuvo fresca, el sobreagudo limpio y la intención dramática bien delineada.

El bis, ‘O mio babbino caro’, cerró la velada con sencillez luminosa. No hubo alarde gratuito, sí una línea dulce y sostenida que pareció suspender el tiempo. El balance final deja una impresión nítida. Programa discutible en su orden, exceso de piezas orquestales y una dirección que acompañó sin mayor ambición. Y, por encima de todo, una soprano en plena expansión artística que convierte cada aparición en una declaración de principios. Serena Sáenz no solo vuela. Sabe hacia dónde.

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