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Belleza Tranquila De Un Elisir Conocido

Belleza tranquila de un Elisir conocido

ISRAEL DAVID MARTÍNEZ     NOV. 24, 2025 (Fotos: ©Antoni Bofill)

La velada del 22 de noviembre en el Liceu ofreció una lectura de L’elisir d’amore que avanzó con serenidad y con el encanto propio de una obra querida por el público. Desde el comienzo la función se situó bajo el signo de lo inesperado debido a la indisposición de Javier Camarena. Su ausencia, recibida con comprensión y afecto, dio paso a la aparición del joven tenor Filipe Manu, quien asumió el papel de Nemorino con una evidente entrega y una musicalidad cuidada. Su voz, delicada y de timbre agradable, mostró un fraseo atento aunque su proyección no siempre logró expandirse plenamente en la amplitud de la sala. Aun así su interpretación transmitió sinceridad y un cierto candor que armonizaba con la naturaleza del personaje.

Sobre esta circunstancia volvió a desplegarse la veterana producción de Mario Gas. Sus colores, su aire cinematográfico y su minucioso retrato de un mundo rural preservan un encanto probado a lo largo del tiempo. No obstante, esa misma solidez también le resta sorpresa, porque el espectador reconoce cada gesto y cada transición. El encanto no desaparece, pero se convierte en algo familiar, casi en una postal escénica que el Liceu ha contemplado muchas veces. La eficacia continúa ahí, aunque ya no produce el efecto revelador de antaño.

En medio de este paisaje equilibrado emergió con claridad una figura que se impuso sobre el resto. Ambrogio Maestri encarnó al Doctor Dulcamara con una energía expansiva que reorganizaba cada escena. Su voz, amplia y algo rugosa, mantiene una capacidad expresiva notable y su presencia escénica proyecta un magnetismo que no depende del volumen. Maestri construyó un personaje lleno de astucia y humanidad, consciente de que el negocio del elixir no funciona por el engaño en sí, sino por la voluntad del público de creer en él. Su actuación fue el verdadero motor dramático de la noche.

El resto del reparto ofreció un nivel que, sin resultar deslumbrante, mantuvo el conjunto en un terreno sólido. Seren Sáenz, en el papel de Adina, mostró una interpretación correcta en lo vocal y elegante en lo escénico. Su línea de canto fue limpia y precisa, aunque sin llegar a desprender una personalidad arrolladora. La dirección musical sostuvo la función con rigor y equilibrio, aunque faltó ese impulso decisivo que otorga relieve emocional a las escenas más delicadas.

La representación avanzó con profesionalidad y buenos modales. Todo estuvo en su sitio, todo funcionó con la seguridad de una maquinaria bien ensamblada. Sin embargo la ópera, como la propia historia del elixir que narra, depende también de un componente invisible que escapa a la técnica. Es ese instante milagroso en el que la emoción se filtra entre las notas y transforma lo ordinario en algo irrepetible. Esa chispa apareció de forma esporádica, sobre todo en los momentos que Maestri convirtió en pequeños destellos de teatralidad verdadera. El resto de la velada quedó en una corrección que, aunque digna, difícilmente será recordada como una noche histórica en el Liceu.

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