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El Embrujo De Freischütz Sobre El Lago Constanza

El embrujo de Freischütz sobre el lago Constanza


ISRAEL DAVID MARTÍNEZ      AGO. 2, 2025 (Fotos: bregenzerfestspiele.com )

Asistir a Der Freischütz en el Bregenzer Festspiele es aceptar que la ópera, al aire libre y frente al lago Constanza, ya no se parece del todo a la ópera. La noche del 1 de agosto de 2025 se convirtió en un recuerdo tan fascinante como incómodo, una de esas experiencias donde la emoción estética convive con la resistencia física. El escenario flotante, con el horizonte acuático desplegándose hasta Alemania y Suiza, promete un espectáculo que solo puede existir allí, bajo ese cielo inmenso.

Philipp Stölzl ha creado una producción que roza lo inverosímil. Su concepción no es solo grandiosa, es hipnótica y cinemática. El lago deja de ser un marco para volverse protagonista. El agua se integra en la dramaturgia con una naturalidad poética que parece desafiar la lógica. Los cantantes emergen desde las profundidades y desaparecen en ellas, los personajes cruzan superficies líquidas como si fueran pasarelas invisibles, y la noche entera se pliega al relato de Weber. Por momentos la ópera parece suceder en un mundo paralelo, suspendida entre lo real y lo onírico.

Esa deslumbrante invención visual convive con una renuncia esencial. La orquesta, oculta en el auditorio contiguo, nunca aparece ante el público del lago. Las voces y los instrumentos viajan a través de la amplificación, y la tecnología, lejos de ser invisible, delata sus límites. La música suena filtrada, sin la inmediatez ni el latido físico que la ópera necesita. La experiencia se aproxima así a un espectáculo sinfónico-visual de altísimo impacto, pero distanciado de la esencia teatral de la obra.

El público, en cambio, parece haber aceptado estas reglas con entusiasmo. Llegué vestido para una velada lírica, mientras a mi alrededor desfilaban miles de espectadores con mochilas, maletas, mantas, botas de agua, anoraks, plásticos y bolsas enormes para hacer mudanzas. El ritual en Bregenz no es solo artístico, también es físico. Se va a la ópera como quien se prepara para acampar bajo las estrellas, con la determinación de resistir la intemperie, de resistirlo todo.

Durante casi toda la representación, el clima fue benevolente. Pero a 45 minutos del final comenzó a lloviznar. Pensé que la función se detendría, pero nadie se movió. Los cantantes siguieron como si nada, los instrumentos sonaron inmutables desde su refugio invisible y el público, inmóvil, se convirtió en parte de la escena. Me pegué a la protección de mi vecina de asiento que llevaba un impermeable digno de cubrir un camión, recubierto de grasa animal y que, por esta razón, protegía del agua. La tormenta llegó poco después, antológica, con monumentales ráfagas de agua que calaron en segundos. Allí me rendí. Crucé el recinto empapado en busca de abrigo. Intenté seguir el final desde el interior, pero no hay visibilidad ni tampoco me permitieron estar en la sala de la orquesta. Mi noche terminó antes que la ópera, con la ropa colgada en el hotel y el sonido de la lluvia como último recuerdo.

La función deja una impresión ambivalente. Visualmente es una obra maestra, capaz de grabarse en la memoria con la fuerza de un sueño. Musicalmente, la distancia y la amplificación diluyen parte de su verdad. Me es muy difícil opinar sobre los cantantes y los intérpretes en esas condiciones. Y la lluvia, que Bregenz asume como un elemento más de su dramaturgia natural, convierte cada función en una prueba de resistencia. Una solución parece evidente: una cúpula que proteja al público y a los intérpretes sin renunciar a la vista del lago. Su coste sería asumible para un festival de esta magnitud, aunque quizá el mito de Bregenz necesite esa épica del cuerpo mojado para seguir siendo lo que es.

Al final, lo que queda es la certeza de haber asistido a algo irrepetible. Una ópera que se transforma en espectáculo total, un escenario que pertenece tanto al arte como a la naturaleza, una noche donde el asombro y la incomodidad caminaron de la mano hasta que la tormenta escribió el último compás.

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