‘El recreo de los perdidos’, la nueva novela de Israel David Martínez
ARIÁN MARTÍNEZ OCT. 30, 2026 (Foto: ©Bernard Rosenberg)
Publicada por Onada Edicions en octubre de 2026, la novela se adentra en las vidas de quienes deben reconstruirse después de perder aquello que creían seguro. Una conversación sobre literatura, música, soledad y la posibilidad de volver a empezar.
–Hay una pregunta casi obligada para comenzar. ¿Qué es ‘El recreo de los perdidos’?
Creo que la respuesta más honesta sería decir que es una novela sobre personas que intentan reconstruirse cuando descubren que la vida ha dejado de parecerse a la que habían imaginado.
A menudo se dice que las novelas son historias. Yo nunca he estado completamente de acuerdo. Las buenas novelas no nacen de una historia, sino de una pregunta. Durante años conviví con una que me perseguía constantemente: ¿qué hacemos cuando comprendemos que el proyecto de vida que habíamos construido ya no existe?
Todos los personajes del libro responden de manera distinta a esa pregunta. Algunos se refugian en el trabajo, otros en el arte, otros en la angustia, otros en la rutina y algunos, sencillamente, dejan de saber quiénes son. La novela nace de ese territorio de incertidumbre.
–El título resulta especialmente sugerente. ¿Quiénes son realmente «los perdidos»?
Espero que el lector termine la novela sin poder responder con facilidad a esa pregunta.
Vivimos rodeados de una idea de éxito extraordinariamente agresiva. Parece que todos debemos saber qué queremos hacer con nuestra vida, cuál es nuestro camino, cuál es nuestro propósito. Sin embargo, la realidad suele ser mucho más desordenada.
Los perdidos no son los fracasados. Los perdidos somos todos cuando atravesamos un momento en el que dejamos de reconocernos. Creo que cualquier persona entenderá inmediatamente de qué estoy hablando.
–La novela está ambientada en Londres. ¿Por qué esa ciudad?
Porque Londres es una paradoja maravillosa. Es una de las ciudades más bellas, cultas y sofisticadas del mundo y, al mismo tiempo, uno de los lugares donde resulta más fácil sentirse completamente solo. Me interesaba muchísimo esa contradicción. Todos los personajes viven rodeados de millones de personas y, sin embargo, arrastran una profunda sensación de aislamiento.
Londres no es un decorado. Es un personaje más… respira, condiciona, empuja, observa… y termina modificando la vida de todos ellos.
–Usted es una gran melómano. ¿Hasta qué punto la música condiciona la novela?
Muchísimo más de lo que parece. Hay conciertos, compositores y músicos, naturalmente, pero eso es casi anecdótico. La verdadera influencia de la música está en la estructura. Nunca pensé la novela como una sucesión de capítulos. La pensé como una partitura. Los personajes funcionan como voces independientes que dialogan constantemente entre sí. No hay un protagonista absoluto. Existe una polifonía narrativa. Intenté escribir una gran sinfonía utilizando palabras.
–Esa construcción coral recuerda a algunas grandes novelas europeas del siglo XX
Me alegra que lo diga porque esa era exactamente la intención. Siempre me han interesado más las novelas donde el protagonista termina siendo una comunidad que aquellas construidas alrededor de un único héroe. Mann, McEwan, Joyce, Roth, por citar a algunos, son autores que han demostrado que una ciudad puede convertirse en un organismo vivo y que los personajes modifican continuamente la existencia de los demás. Creo que la vida funciona exactamente así. Nadie cambia solo. Siempre cambiamos porque alguien aparece. O desaparece.
–Hablando de personajes, resulta difícil olvidar a Ofelia Ecnedurp
Bueno, es una más. Hay lectores que empiezan odiándola y terminan queriéndola. Eso me hace muy feliz. Ofelia representa una idea que me interesa muchísimo. Las personas más desagradables no siempre son malas personas. Muchas veces son personas que llevan demasiado tiempo sintiéndose solas. Su agresividad es una forma desesperada de pedir afecto. Nunca quise ridiculizarla. Quise comprenderla. Y creo que ahí reside la diferencia.
–También sorprende el equilibrio entre humor y tragedia
Porque creo que la vida nunca separa ambas cosas. He desconfiado siempre de las novelas donde todo el mundo habla brillantemente y cada escena parece escrita para producir una emoción concreta. La realidad es muchísimo más caótica. Uno puede estar atravesando el peor momento de su existencia y, cinco minutos después, encontrarse riéndose por una estupidez. A mi me pasa a menudo. Eso no disminuye el dolor. Lo hace más humano. El humor de la novela nunca pretende restar importancia al sufrimiento. Pretende impedir que el sufrimiento se vuelva solemne.
–El arte ocupa un lugar central
Porque creo profundamente en él. No como solución. Nunca he pensado que una obra pueda detener una guerra o que una novela cure una depresión. Eso sería ingenuo. Pero sí creo que el arte posee una capacidad extraordinaria para reorganizar nuestra mirada. Después de leer a los grandes seguimos viviendo en el mismo mundo. Sin embargo, ya no lo observamos exactamente igual. Eso me parece un poder inmenso.

–¿Es una novela sobre artistas?
No. Es una novela sobre personas. Da la casualidad de que algunas son artistas. Pero también hay profesores, editores, empresarios, ancianas insoportables, millonarias, médicos… Nunca me interesó escribir sobre el mundo cultural. Me interesaba escribir sobre la condición humana.
–Pero el lector encontrará numerosas referencias musicales y literarias
Sí. Pero nunca como exhibición cultural. Eso me aburriría muchísimo. Las referencias aparecen porque forman parte natural de la vida de los personajes. Daniel enseña literatura inglesa. Aidan es compositor. Georgina descubre la pintura. Sería extraño que no hablaran de libros o de música. Pero siempre intenté que esas referencias enriquecieran la narración y nunca la sustituyeran.
–El amor también ocupa un lugar importante
Aunque quizá no de la manera habitual. Creo mucho más en esos encuentros que parecen prepararse durante años sin que los protagonistas lo sepan. Hay personas que comienzan a formar parte de nuestra vida mucho antes de conocerlas. Empiezan en nuestras heridas. En nuestras ausencias. En nuestras esperas. Y un día aparecen. La novela habla mucho de esa idea.
–El final conduce al lector hasta Ruanda. Una decisión poco habitual
Precisamente por eso. No quería terminar la historia donde había comenzado. Necesitaba un lugar donde el sufrimiento individual pudiera encontrarse con una memoria colectiva mucho mayor. Ruanda representa esa posibilidad. No aparece como un escenario exótico. Aparece como un espacio donde los personajes descubren que su dolor forma parte de algo mucho más amplio. Y, curiosamente, esa conciencia termina siendo profundamente liberadora.
–¿Qué espera que encuentre el lector cuando abra el libro?
Espero que encuentre personas. Que pueda reconocer a alguien. O incluso reconocerse. Me bastaría con que, en algún momento de la lectura, alguien pensara: “Eso también me ocurrió a mí.” Creo que ahí comienza la verdadera literatura.
–Usted ha dedicado buena parte de su vida al periodismo. ¿Qué le ha dado la novela que la prensa no podía ofrecerle?
Tiempo. La novela permite acompañar durante cientos de páginas a una conciencia. Permite observar cómo alguien cambia. Cómo se contradice. Cómo aprende. Cómo fracasa. La literatura concede un tiempo que el periodismo solo puede sugerir. Creo que ambas disciplinas se complementan maravillosamente.
–¿Ha cambiado usted mientras escribía ‘El recreo de los perdidos’?
Muchísimo. Y creo que esa es la mejor señal posible. Siempre he pensado que un escritor debería terminar una novela siendo una persona distinta de la que la empezó. Si uno permanece exactamente igual, quizá solo haya escrito un libro. No una experiencia.

–Su novela insiste en la idea de la reparación. ¿Está de acuerdo?
Completamente. Pero me gustaría matizar una palabra. Nadie sale completamente ileso de la vida. Lo que creo es en la posibilidad de reorganizar ese dolor. Encontrarle una forma. Compartirlo. Hacerlo habitable. Y quizá esa sea la verdadera función del arte.
–Si tuviera que convencer a un lector para que comprara la novela utilizando una única frase, ¿cuál elegiría?
No intentaría convencerlo. Le haría una pregunta. ¿Ha sentido alguna vez que la vida que imaginó ya no existe? Si la respuesta es sí, probablemente esta novela tenga algo que decirle.
–¿Y qué le gustaría que ocurriera cuando el lector cerrara la última página?
Que permaneciera unos minutos en silencio. Pensando en las personas que forman parte de su propia vida. En aquellas que ya no están. En las que quizá todavía no han llegado. Y que, al salir de casa al día siguiente, mirara de otra manera a quienes se cruzan con él por la calle. Me gustaría que conservara algo de esa mirada, una atención más profunda hacia los demás, incluso cuando la historia ya hubiera terminado.

