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Todo En El Mundo Es Una Burla… Y Menos Mal

Todo en el mundo es una burla… y menos mal

ISRAEL DAVID MARTÍNEZ     JUL. 10, 2026 (Fotos: ©Antoni Bofill)

Hay pocas despedidas tan inteligentes como la de Giuseppe Verdi. Después de haber entregado al teatro algunas de las mayores tragedias de la historia de la ópera, el compositor decidió cerrar su carrera con una carcajada de fondo amargo y lúcido, nacida de la conciencia de que las grandezas, las miserias, los celos, el amor, el poder y el orgullo terminan formando parte de una misma comedia humana. Falstaff ocupa así un lugar singular en su catálogo. Sin alcanzar la hondura trágica ni la fuerza monumental de sus grandes obras maestras, revela a un Verdi extraordinariamente libre, refinado y moderno, capaz de despedirse del teatro con ironía, ligereza y una asombrosa inteligencia escénica.

El Gran Teatre del Liceu ha recuperado esta partitura para clausurar la temporada 2025-2026 con una producción de Laurent Pelly concebida originalmente en coproducción entre el Teatro Real de Madrid, La Monnaie de Bruselas, la Opéra National de Bordeaux y la Tokyo Nikikai Opera Foundation.

Pelly traslada la acción a un universo contemporáneo sin violentar el espíritu shakespeariano. La propuesta resulta elegante, inteligente y visualmente muy atractiva. Barbara de Limburg firma una escenografía de gran eficacia dramática, mientras que el propio Pelly diseña un vestuario lleno de personalidad que contribuye decisivamente a caracterizar cada personaje. Durante el primer acto el espectáculo seduce con facilidad. La comicidad fluye de forma natural y la maquinaria teatral funciona con precisión admirable. Sin embargo, conforme avanzan los minutos, la producción comienza a mostrar cierta reiteración en sus mecanismos escénicos. El ingenio inicial termina perdiendo parte de su capacidad de sorpresa y la propuesta se instala en una cómoda previsibilidad. Continúa siendo una producción notable y llena de aciertos, pero uno tiene la impresión de que el recorrido dramático ofrecía posibilidades todavía más ambiciosas.

En el plano musical, el primer reparto reunió un elenco de gran solvencia. Luca Salsi construyó un Falstaff extraordinariamente convincente. Lejos de convertir al personaje en una caricatura grotesca, supo encontrar el equilibrio entre la comicidad, la humanidad y esa entrañable vanidad que hace del viejo caballero uno de los personajes más fascinantes de Shakespeare y de Verdi. Su dominio escénico sostuvo buena parte de la representación y permitió comprender por qué Falstaff continúa despertando más simpatía que censura.

Carolina López Moreno ofreció una Alice Ford de gran elegancia vocal y escénica. Serena Sáenz volvió a confirmar el extraordinario momento artístico que atraviesa con una Nannetta luminosa, refinada y de gran belleza tímbrica, especialmente en sus intervenciones del tercer acto. Ambas aportaron frescura, inteligencia teatral y un encanto que terminó convirtiendo al universo femenino en el verdadero motor dramático de la función, tal como el propio Verdi había concebido.

El resto del reparto respondió con notable profesionalidad, mientras que Josep Pons dirigió una lectura correcta, equilibrada y respetuosa con la extraordinaria sofisticación de la escritura verdiana. Falstaff exige una precisión casi camerística, donde la continuidad musical y el refinamiento orquestal sustituyen definitivamente la estructura tradicional de números cerrados. La Orquesta Sinfónica del Gran Teatre del Liceu respondió con solvencia a ese delicado entramado de transparencias, contrapuntos y juegos tímbricos.

Más allá de la representación, la velada prolongó su mejor humor cuando cayó el telón. Durante el cóctel celebrado en la terraza del último piso del Liceu, entre cantantes, invitados, copas de cava y ese movimiento incesante que convierte cualquier estreno en una pequeña comedia social, Paty Rodríguez y Blanca Vázquez me acompañaron para aportar el ingrediente decisivo. Con ellas, las anécdotas circularon con más agilidad que los camareros, los comentarios adquirieron una deliciosa precisión quirúrgica y algunos cotilleos demostraron tener bastante más argumento que muchas producciones completas. De pie, desplazándonos de un corrillo a otro y enlazando artistas, saludos y confidencias, quedó claro que el espectáculo había terminado en el escenario, aunque la noche todavía conservaba varios actos memorables. Ellas son fantásticas. Si Verdi hubiera estado presente, probablemente habría añadido un cuarto acto.

La gran fuga final concluye recordándonos que «Tutto nel mondo è burla». Todo en el mundo es una burla. También las reseñas, los estrenos, los aplausos y las discusiones operísticas. Conviene no olvidarlo nunca. Así que ya lo saben. En el próximo estreno búsquennos durante el cóctel. Quizá no resolvamos los grandes misterios de la musicología, pero les aseguramos que pasarán un rato extraordinariamente divertido. Porque, al fin y al cabo, la vida —como comprendió Verdi a los ochenta años— siempre resulta mucho más llevadera cuando uno aprende a reírse también de sí mismo.

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